Religión en Libertad

El efecto Noelia: advertencias sobre una civilización (I)

El fracaso es de una sociedad entera que ha debilitado gravemente la capacidad de otorgar un sentido profundo a la existencia.

Noelia Castillo intentó suicidarse varias veces, y el Estado y varios funcionarios han insistido hasta que lo consiguió

Noelia Castillo intentó suicidarse varias veces, y el Estado y varios funcionarios han insistido hasta que lo consiguiócaptura pantalla antena 3

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Una reflexión sobre el trasfondo moral de una cultura que ha terminado por desdibujar el valor inviolable de la vida humana, confundiendo derecho, libertad y compasión hasta legitimar lo que, en su raíz, niega la propia dignidad del hombre.

¿Qué cabe esperar, en términos morales e intelectuales, de una civilización que ha terminado por entronizar la muerte en el vientre de sus mujeres, que la ofrece a los jóvenes como respuesta al sufrimiento y que la presenta a sus mayores como solución a la soledad o al coste sanitario, como si la vida humana fuera disponible y su dignidad, en último término, negociable?

¿Qué cabe esperar de una cultura que ha positivizado como derecho aquello que contradice su propio fundamento, desnaturalizando la función misma del orden jurídico como instrumento de justicia —dar a cada cual lo suyo—, y que, bajo el ropaje retórico de la autonomía y la compasión, termina por conferir apariencia de legitimidad a la eliminación deliberada del más débil, hasta el punto de diluir en la práctica la distinción esencial entre la tutela debida a la vida humana y su indebida disposición?

Dignidad del ser humano

En el fondo de todo ello se encuentra una cuestión primera, de la que dependen todas las demás: la dignidad intrínseca del ser humano. Una dignidad que no procede de la voluntad de nadie ni del reconocimiento social, sino que es inherente a la persona por el mero hecho de serlo, creada a imagen de Dios. 

Cuando esta verdad se oscurece, la vida deja de ser inviolable y se convierte en disponible. Es entonces cuando prácticas como el aborto o la eutanasia dejan de percibirse como lo que son —la eliminación directa de una vida humana— y pasan a presentarse como soluciones aceptables, cuando en realidad resultan, desde ese mismo fundamento, radicalmente incomprensibles y moralmente aberrantes.

El debate suscitado por el triste caso de Noelia se ha centrado, sin embargo, en tres frentes equivocados: el supuesto fracaso del Estado para proteger a sus ciudadanos, la apelación a la legalidad de la eutanasia y la invocación de una pretendida libertad absoluta del individuo para decidir sobre su propia vida. Ninguno de estos enfoques resiste un análisis serio. 

No hay Estado, por poderoso o benefactor que se pretenda, capaz de proteger en todo momento a cada ciudadano de sí mismo o de las decisiones de terceros; la legalidad no convierte en moralmente bueno aquello que es intrínsecamente injusto; y la libertad humana, lejos de ser absoluta, está siempre referida a la verdad del bien y limitada por la dignidad propia y la ajena, de modo que no ampara ni la disposición de la vida de otros ni la propia cuando se trata de su eliminación, excepto para prevenir el llamado encarnizamiento terapeútico.

Fracaso de una sociedad entera

Culpar al Estado de lo que excede su propia naturaleza, ampararse en la legalidad para revestir de legitimidad leyes profundamente inicuas o sostenerlas sobre una noción de libertad que solo se invoca cuando afecta de manera letal a los más débiles constituye, en los tres casos, un enfoque carente de rigor racional. Más aún: revela el preocupante empobrecimiento intelectual y moral de una sociedad en la que no pocos han hecho de la opinión ideológica un instrumento de adoctrinamiento masivo.

Porque, en última instancia, el fracaso no es del Estado. El fracaso es de una sociedad entera que aún no ha tomado conciencia de vivir inmersa en un clima nihilista, en el que se ha debilitado gravemente la capacidad de otorgar un sentido profundo a la existencia. 

Solo desde ese horizonte se entiende que las leyes aspiren a sustituir el juicio moral y que el concepto de libertad haya llegado a grados de distorsión tan severos.

«…si Dios no existe, todo está permitido»

En este contexto adquiere una fuerza singular el célebre pasaje de Friedrich Nietzsche, cuando el loco irrumpe en la plaza con su farol encendido en pleno día y proclama: «¿Dónde está Dios? […] ¡Lo hemos matado —vosotros y yo! ¡Todos nosotros somos sus asesinos!». Y añade, en un tono que es a la vez acusación y diagnóstico: «¿Qué hemos hecho al desatar esta tierra de su sol? […] ¿No vagamos como a través de una nada infinita?». 

En esa misma línea de consecuencias, Fyodor Dostoievsky, pone en boca de uno de sus personajes una formulación de extraordinaria densidad moral: «…si Dios no existe, todo está permitido». Ambas intuiciones convergen en un mismo punto: cuando se pierde el fundamento último, también se desdibuja el límite moral y se pierde el sentido auténtico de la existencia. No se trata, en ninguno de los dos casos, de una tesis teológica en sentido estricto, sino de la constatación de una deriva cultural en la que la distinción entre el bien y el mal queda expuesta a la arbitrariedad.

Casi tres millones de abortos en España

A la luz de esta pérdida del fundamento último —a la que apuntan, desde registros distintos, Nietzsche y Dostoievski—, las cifras permiten tomar la medida concreta de esa deriva. 

En España, desde 1985 se han practicado más de 2,7 millones de abortos, mientras que en el conjunto de Europa —considerada en sentido amplio— se registran en torno a 3,3 millones de abortos anuales, lo que sitúa el acumulado desde 1990 por encima de los 110 millones. 

En materia de suicidio, España contabiliza alrededor de 4.000 casos al año —más de 120.000 desde 1985—, frente a más de 120.000 suicidios anuales en Europa, con un acumulado desde comienzos de siglo que supera los 3 millones. 

Por su parte, la eutanasia, legalizada solo en algunos países, presenta cifras aún menores pero en clara expansión: en España se sitúa ya por encima de 400 casos anuales (unos 1.000 acumulados desde 2021), mientras que en Europa supera los 14.000 casos al año, con un acumulado desde su implantación en distintos países que rebasa las 200.000 muertes. 

En todos los supuestos en que existe cobertura legal, las series oficiales muestran una tendencia sostenida al alza, especialmente acusada en Países Bajos, Bélgica y, más recientemente, España.

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