Religión en Libertad

Dios, el ego y un premio en México

Hace unos días me comunicaron que el Senado de la República Mexicana me concedía un premio a la libertad de expresión por mi trabajo periodístico. Y voy a ser sincera: me hizo ilusión

No se mata la verdad, matando periodistas

No se mata la verdad, matando periodistasVanguardia Manantial Informativo, Grupo Sinergia Oro

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Rara vez hablo de mí en primera persona. En esta columna sí cuento cosas que me inquietan, me preocupan, me hastían o me parecen profundamente bellas, pero yo como yo aparezco bastante poco. Y no sé si eso es madurez, pudor o una falsa modestia ligeramente sofisticada. Supongo que un poco de todo.

Porque si algo intento vigilar desde hace años es el ego. Para mí es probablemente el gran cáncer espiritual de esta época. Y además uno especialmente peligroso porque suele disfrazarse muy bien. A veces de autoestima mal entendida. Otras de superioridad moral. Y otras —las peores— de humildad performativa, esa gente que presume de no querer protagonismo mientras mira de reojo si alguien está observando lo poco protagonistas que son.

El ego tiene muchísimo sentido del espectáculo.

Y claro, una intenta combatirlo mientras al mismo tiempo trabaja en una profesión donde el reconocimiento, la opinión y la exposición pública forman parte del paisaje cotidiano. Algo parecido a intentar hacer dieta viviendo dentro de una pastelería.

Hace unos días me comunicaron que el Senado de la República Mexicana, me concedía un premio a la libertad de expresión por mi trabajo periodístico. Y voy a ser sincera: me hizo ilusión. A nadie le amarga un dulce. Tampoco hace falta fingir desapego monástico cuando te dan una alegría.

Pero además, cuando un reconocimiento así viene de México, la expresión “libertad de expresión” adquiere un peso distinto. Porque allí no es una frase elegante para mesas redondas universitarias ni una etiqueta simpática para biografías de Twitter. Allí ha habido periodistas que han pagado con su vida el simple hecho de contar la verdad. Personas que escribieron sabiendo que cada artículo podía ser el último.

Y eso obliga a recibir cualquier homenaje relacionado con este oficio con muchísima más humildad. Porque uno entiende que detrás de esas palabras hay compañeros que murieron defendiendo algo tan básico y tan frágil como el derecho a narrar la realidad sin miedo.

Pero la verdadera emoción no venía tanto del premio como de otra cosa: quienes te nominan son compañeros de profesión. Y eso, en periodismo, tiene bastante de milagro sobrenatural. Este oficio puede ser generoso, brillante y apasionante, pero también ferozmente competitivo. Así que que otros periodistas piensen en ti para algo así tiene un valor especial.

Y además estaba México.

Tengo una relación afectiva enorme con ese país. México no homenajea: México celebra. Los mexicanos son capaces de entregarte un diploma en una calle perdida de Tepito y hacerte sentir una mezcla exacta entre García Márquez, Edith Piaf y un astronauta recién llegado de la luna. Son los reyes absolutos del homenaje sentido. Allí todavía saben mirar a las personas con una calidez que Europa, sinceramente, ha ido perdiendo por el camino.

El problema apareció después.

La fecha de la entrega coincidía exactamente con el viaje apostólico del Papa a España. Y además había algo todavía más inquietante: el lema del viaje era “Alzad la mirada”.

Y claro… aquello empezó a darme bastante que pensar.

Porque, de repente, la cuestión ya no era solamente elegir entre México o España, entre un premio o una cobertura periodística. La pregunta era mucho más incómoda: hacia dónde iba a mirar realmente mi decisión.

Si hacia mí misma —lo cual tampoco sería pecado, porque recibir cariño y reconocimiento es bonito— o hacia algo más grande que yo.

Porque el Señor últimamente está especialmente elocuente conmigo. Tiene una ironía finísima cuando quiere recolocarte las prioridades. Una elegancia espiritual ligeramente cómica.

Durante varios días le di vueltas. México o gira papal. Homenaje o trabajo. Premio o misión. Y cuanto más lo pensaba, más incómoda me sentía, porque ambas opciones eran buenas. No había una decisión “mala”.

Hasta que rezando apareció un pensamiento muy claro dentro de mí.

Si iba a México, el centro iba a ser yo.

Me iban a cuidar, homenajear, celebrar, abrazar, aplaudir. Y probablemente disfrutaría muchísimo. Porque, insisto, los mexicanos cuando quieren hacerte sentir querida despliegan una potencia emocional que desafía cualquier protocolo diplomático.

Pero si me quedaba en España trabajando en la cobertura del Papa, entonces el centro dejaba de ser yo para ser Otro.

Y ahí entendí la respuesta.

No como una heroicidad absurda ni como un gesto de falsa humildad de esos que luego uno cuenta esperando secretamente que le feliciten por humilde. No. Simplemente entendí algo muy sencillo: a veces el lugar correcto es aquel donde desapareces un poco.

Y curiosamente eso trae mucha más paz de la que imaginamos.

Así que el premio lo recogerá mi queridísima comadre, la fotógrafa Mónica Guerrero, que además tiene la capacidad de representar cualquier cosa importante con muchísimo más arte y glamour que yo. Yo mandaré un vídeo de agradecimiento y viajaré a México en otoño, que además me permitirá comer tacos con menos culpa litúrgica.

Y mientras tanto me quedaré haciendo aquello por lo que precisamente me conceden el premio: contar historias.

Historias de fe, de dolor, de esperanza, de personas que intentan seguir adelante en medio del ruido del mundo.

Porque al final quizá la vocación consiste un poco en eso: en recordar constantemente que uno no es el protagonista de su propia vida.

Aunque el ego, naturalmente, siga intentando renegociar el contrato todos los días.

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