No nos quitéis el Valle
La abadía benedictina es heredera y transmisora de la más elevada cultura, historia y belleza musical que durante siglos ha cultivado la Iglesia.

Miembros de la Escolanía y de la Comunidad benedictina de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, interpretando su pieza "No hay honor de alcalde".
Todo el que conozca la historia de la cultura occidental, en concreto la europea, siente un gran respeto y estima por la palabra “monacato”. Desde que San Basilio en Oriente y San Benito de Nursia en Occidente crearon los primeros monasterios para unir en comunidad –bien regulada por las dos Reglas que ellos escribieron– a los santos varones que cultivaban en una ascética soledad su vida espiritual, los monasterios se distinguieron en multitud de lugares por su actividad no sólo religiosa, sobre todo litúrgica, sino también social y altamente cultural.
En primer lugar, los monasterios fueron siempre lugares especializados en recorrer el arduo camino que conduce a la santidad. Basta, por ejemplo, ver la lista de los santos canonizados que fueron abades de monasterios cistercienses.
Esmaltaron la vida diaria con el cultivo de la liturgia y la dotaron de esa joya cultural que es el canto gregoriano. Nos maravilla observar que en los llamados “tiempos bárbaros”, la primera década después de Cristo, se haya forjado día a día una forma de canto que se movía entre la tierra y el cielo y se convertía en una expresión del gozo contenido pero profundo de las almas que viven en un continuo tránsito del tiempo a la eternidad. Por ese moverse a medio camino, el gregoriano no conoce las barras de compás, que parecen apegarse a las seguridades del anclaje en la tierra. De ahí que sea difícil a los coros laicos darle al canto gregoriano el carácter airoso del que se siente peregrino hacia la verdadera patria. Los monjes supieron asumir la excelente técnica griega de los ocho “modos”, otras tantas formas de expresar nuestros sentimientos más altos –de alegría y de pena, de esperanza y de desconsuelo…–, bien motivados por un espíritu de marcha hacia lo alto sin apego a lo terreno. El gregoriano ahondó de tal modo en las fuentes de la belleza musical que tuvo fuerza suficiente para inspirar lo que iba a ser privilegio de Occidente: primero la música madrigalesca, luego, tras el invento casual, pero increíblemente eficaz, de la “armonía” musical –maravilla que debemos a los austeros monjes de la Europa central–, las iglesias cristianas se llenaron de los acordes dulces y expresivos de la polifonía italiana de Giovanni Perluigi da Palestrina y del sacerdote español Tomás Luis de Vitoria. Como sabemos, este descubrimiento de la técnica polifónica dio lugar primero al genial barroco del italiano Vivaldi y los alemanes Haendel y Bach, que inspirarán a los fundadores del clasicismo vienés –Joseph Haydn, Wolfgang Amadeus Mozart, Ludwig van Beethoven, Johannes Brahms, Robert Schumann…–, luego a los románticos Richard Wagner y Félix Mendelssohn Bartoldy, y a tantos otros genios que enriquecieron la vida musical con nuevas técnicas y diversas sensibilidades. Pero, no olvidemos, toda esta grandeza de nuestra querida y admirada Europa procedió un día del silencio de los claustros monacales.
Por otra parte, los monjes enseñaron a los campesinos que rodeaban a los monasterios a cultivar las tierras. Recuérdese, entre otros muchas labores, la parte decisiva que tuvieron los monjes cistercienses en el aprendizaje del cultivo de la vid en el sur de Francia… Debido a esa labor social se formaron innumerables pueblos alrededor de los monasterios.
Más conocida y valorada es la decisiva labor cultural que realizaron los monjes en la transmisión escrita de las grandes culturas antiguas, sobre todo la hebrea, la griega y la latina. Nunca olvidaré cuando, gracias a la benevolencia de un bibliotecario pude tener en mis manos durante unos minutos un ejemplar original de las Cantigas de Alfonso X el Sabio… Me pareció estar acariciando a buena parte de la mejor Europa…
Para suavizar un tanto la aspereza de los amplios monasterios se los dulcifica con las voces blancas de las escolanías, que alcanzan a menudo las alturas del virtuosismo. Pensar en nuestro Silos o en el francés Solesmes, es traer a la memoria el encanto no sólo del gregoriano sino de Nuestro inmortal Vitoria o el gran Palestrina italiano.
Personajes
Los benedictinos del Valle incorporan un nuevo miembro a su comunidad, el segundo más joven
José María Carrera / ReL
Por eso, en nombre de la mejor cultura europea no nos quiten el Valle, no lo cambien; si lo tocan, que sea para ensalzarlo todavía más. Recuerden que durante siglos iban los papas a buscar en la paz de los monasterios a personas de gran talla para encomendarles la nobilísima tarea de dirigir las diócesis y enriquecer así la vida de la Iglesia, tanto en la vida diaria, como en los grandes concilios que se fueron convocando para enderezar la nave eclesial cuando las aguas de la teología se volvían turbulentas. Si a mí me dice alguien de pronto: “Dime una de las cinco palabras decisivas en la Historia de la Iglesia católica e incluso de toda la cultura occidental”, yo respondería sin duda: “monasterio”. Por eso, no nos quiten el Valle. Si son capaces, como yo bien creo, mejórenlo, conviértanlo en un “María Laach”, donde se modeló el “Movimiento Litúrgico” alemán, o un “Monte Casino”, donde se refugió el gran Tomás de Aquino para iniciar su imponente carrera universitaria. Ambos son monasterios benedictinos.
Hay personas bien dotadas que se retiran un tiempo a un monasterio antes de tomar una decisión fuerte, o para reconducir su vida, o elevarla a niveles más prometedores, o incluso preservarla de peligros inminentes. Yo, en mi juventud, conocí y atendí a una de estas últimas, que, a su vez, tuvo la deferencia de introducirme en la gran cultura filosófica y teológica alemana, que tan útil me resultaría después. Soy testigo de las grandes capacidades creativas que, a lo largo de los años, pueden suscitarse en los sosegados claustros monásticos. Por eso permítanme que insista en que no nos quiten el Valle.
Cuando tengo ocasión de visitarlo y oigo allí, en su fuente, las mejores melodías gregorianas, no tan refinadas como las de Solesmes, pero acordes a la quintaesencia religiosa de este canto, me parece volver a los orígenes, cuando unos inspirados monjes supieron unir la técnica griega con la elevación cristiana, y crear una andadura musical que se despega de los lazos terrenos del compás y se mantiene a medio camino entre el peregrinar terrestre y el reposar celeste. Por esa honda razón, mantener el gregoriano de sus mejores tiempos en su lugar debido es, en buena medida, privilegio de los monasterios y de cuantas comunidades, religiosas o laicas, beben de sus fuentes.
Lean libros de convertidos. Muchos subrayan el papel que tuvieron los monasterios en su vuelta a la casa paterna.
Sean ustedes cristianos o no, por favor consérvennos el Valle, digo más: enriquézcanlo, porque este gesto pondrá su nombre en el gran libro de quienes hicieron algo grande por España, más allá de pobres rencillas políticas de vuelo gallináceo. Esto que les pido con el mayor respeto se hallaría en otro nivel. Pertenecería a esas alturas admirables que sólo alcanzan los pueblos escogidos y sus dignos gobernantes.
Alfonso López Quintás
Catedrático universitario y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.