Religión en Libertad

La libertad que no creí posible

Un testimonio para aquellas personas que no se conforman con una vida rota y que desean una vida verdaderamente libre y plena.

La libertad que no creí posible

La libertad que no creí posibleCandice Picard  -  unsplash

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Este testimonio quiere ser, ante todo, un GRACIAS.

Soy David, y durante años viví una vida aparentemente ordenada y exitosa, pero profundamente rota por dentro. En el exterior todo parecía funcionar: estudios, trabajo, reconocimiento, una relación estable con la que entonces era mi novia. Sin embargo, en mi interior convivían la confusión, la insatisfacción y una herida constante que no sabía cómo nombrar. Me sentía atrapado en una atracción hacia personas del mismo sexo que no deseaba, junto a una adicción incontrolada a la pornografía, que me iba aislando cada vez más de mi familia, de los demás y de mí mismo.

Como ocurre con toda vida construida sobre el autoengaño, llegó un momento en el que todo se derrumbó. Perdí mi trabajo, mi relación se rompió cuando tenía intención clara de casarme, y me encontré solo, confinado, sin expectativas, en un punto muerto del que no veía salida. Fue tocar fondo, en todos los sentidos.

En ese callejón sin salida, la ayuda llegó de una forma que no había buscado ni creía merecer. A través de una convivencia en la Iglesia católica y, más tarde, gracias al contacto con Juan Pablo, inicié un proceso profundo de revisión de mi historia personal. Fue un camino de descubrimiento de mí mismo: de mis inseguridades, de mis relaciones familiares, de mis frustraciones, de todo aquello que me llevaba a ser alguien que no quería ser.

Siempre he dicho que fue como abrir una “caja de Pandora”. Una vez abierta, ya no podía cerrarse. Empecé a encontrar heridas que llevaban años supurando: rencores acumulados, una profunda desafección hacia mí mismo y hacia otros hombres, y una necesidad constante de confirmación masculina vivida de forma sexualizada. Durante este proceso salieron a la luz experiencias dolorosas que nunca había contado a nadie, como los abusos sufridos durante mi adolescencia por parte de otro hombre de mi misma edad.

Durante mucho tiempo pensé que todo se explicaba por eso. Sin embargo, el proceso me ayudó a comprender que estas heridas se enraizaban más profundamente, especialmente en la relación con mi padre. Con sus defectos, comentarios y actitudes, yo lo había “crucificado” en mi corazón, y esa herida mal curada condicionaba mi forma de relacionarme conmigo mismo y con los demás.

No fue un camino fácil. Fue doloroso, largo y exigente. Sanar duele. Cuando se limpian heridas profundas, el efecto del medicamento no es agradable, pero es necesario. Durante dos años aprendí muchas cosas esenciales: que hay realidades de los demás que no puedo cambiar y debo aceptar; que muchas cargas que llevaba no me correspondían; que podía aprender a gestionar mis emociones sin ser esclavo de ellas. Pero, sobre todo, aprendí algo decisivo: yo sí puedo cambiar. Yo puedo decidir hacia dónde ir.

Este proceso no solo me ayudó: me liberó. Me liberó de deseos incontrolados, de la necesidad constante de afecto, de la esclavitud de mi mente. Me devolvió la libertad interior. Me rehízo. No solo rompí el vaso viejo y desgastado que era, sino que pude reconstruirme con una identidad más firme, con seguridad en mi presente y esperanza en mi futuro.

Hoy mi vida es otra. Me cuesta creer hasta dónde me ha llevado esta experiencia. Me dio confianza y estabilidad en el trabajo, me permitió construir relaciones sanas con amigos y compañeros, me ayudó a reconciliarme con mi familia y conmigo mismo. Pude casarme con aquella mujer a la que había hecho tanto daño y por la que me sentí profundamente perdonado. Juntos esperamos ahora a nuestro primer hijo, un regalo inmenso y profundamente deseado.

Tras esta experiencia —dolorosa, sí, pero transformadora— me he conocido mejor, he aprendido a amar mejor, y me he acercado más a Dios. No escribo esto para victimizarme, sino para dar gracias a quienes luchan incansablemente por ayudar a personas que no se conforman con una vida rota, que no aceptan como inevitable aquello que les destruye, y que desean, con todas sus fuerzas, una vida verdaderamente libre y plena.

Solo puedo dar gracias a Dios, que a través de personas concretas que se dejan usar como instrumentos de su misericordia, me ha permitido convertirme en el hombre que siempre quise ser.

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