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Verdad, bien y belleza: una unidad olvidada

La realidad no es un material en bruto al que luego atribuimos significado según conveniencia. Tiene una estructura que invita a ser reconocida.

'La Escuela de Atenas' de Rafael (1509-1511, Palacio Apostólico Vaticano). Platón y Aristóteles ocupan el centro y a la izquierda los sofistas son expulsados de la Academia, donde se busca la Verdad.

'La Escuela de Atenas' de Rafael (1509-1511, Palacio Apostólico Vaticano). Platón y Aristóteles ocupan el centro y a la izquierda los sofistas son expulsados de la Academia, donde se busca la Verdad.

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Durante siglos, los seres humanos no se preguntaron si la realidad tenía sentido. Daban por hecho que lo tenía. No porque todo fuera fácil o transparente, sino porque el mundo no era mudo. Algo en él se ofrecía como verdadero, como bueno, como bello. Vivir consistía, en gran parte, en aprender a orientarse en ese sentido.

Los pensadores griegos fueron los primeros en poner palabras a esta intuición. Para ellos, el mundo no era un caos que hubiera que dominar, sino un orden que podía ser reconocido. Platón habló del Bien como aquello que ilumina todo lo que existe; Aristóteles entendió que la verdad no se fabrica, sino que se descubre cuando la inteligencia se ajusta a lo real. Sin utilizar aún un lenguaje técnico, ambos señalaban ya algo decisivo: que ser y sentido no estaban separados.

Con el paso del tiempo, esta intuición fue madurando. La filosofía medieval habló de los trascendentales: propiedades que acompañan a todo lo que existe por el mero hecho de existir. Todo lo que es, en cuanto es, es también verdadero, bueno, bello y uno. No como cualidades añadidas desde fuera, sino como dimensiones inseparables del ser mismo.

Dicho de forma sencilla: la realidad no es neutra. No es un material en bruto al que luego atribuimos significado según conveniencia. Tiene una estructura que orienta, que llama, que invita a ser reconocida. Por eso, cuando esas dimensiones se separan -cuando se busca la belleza sin verdad, el bien sin referencia a lo real o la unidad sin fundamento- algo se resquebraja en nuestra experiencia del mundo.

Durante mucho tiempo, esta visión no fue una teoría reservada a especialistas. Era una forma espontánea de habitar la existencia. Las personas sabían, incluso sin formularlo, que vivir bien implicaba buscar la verdad, hacer el bien, amar la belleza y conservar la unidad. La vida tenía un eje.

La modernidad introdujo un cambio decisivo. No negó necesariamente esos valores, pero empezó a desvincularlos entre sí. La verdad pasó a depender de la perspectiva, el bien se midió por su rendimiento, la belleza se convirtió en estímulo y la unidad se redujo a mera coincidencia funcional. El resultado fue una cultura rica en opciones, pero frágil en orientación.

Hablar hoy de los trascendentales no es, por tanto, un ejercicio arqueológico. Es una pregunta radicalmente actual: ¿hay algo en la realidad que nos preceda y nos oriente, o todo depende de nuestra interpretación? ¿Reconocemos el sentido, o lo fabricamos?

Esta pregunta no se responde primero con teorías, sino con experiencias. Y todavía existen lugares donde esa unidad originaria se hace visible sin necesidad de explicaciones. El templo cristiano es uno de ellos. No porque enseñe una doctrina, sino porque la encarna.

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