Religión en Libertad

La santa violencia

Cuando el cristianismo renuncie a ser anestesia y vuelva a ser fuego, dejará de producir «buena gente» y comenzará a producir santos.

Nuestra época parece renunciar al heroísmo y la santidad en beneficio de un espíritu de relativismo que despoja a la vida de sentido.

Nuestra época parece renunciar al heroísmo y la santidad en beneficio de un espíritu de relativismo que despoja a la vida de sentido.Henry Hustava / Unsplash

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En los últimos tiempos, sobre todo en la cultura occidental, se ha extendido una idea que parece muy razonable: las convicciones más profundas son altamente peligrosas. Después de la primera mitad del siglo pasado, con sus grandes guerras y holocaustos, muchos pensadores llegaron a la convicción de que conceptos como Dios, verdad, patria, justicia, familia, sentido de pertenencia, bien común… son inflamables. Pensaron que, si apagábamos esas hogueras, el mundo sería más seguro. Solo hay que convencer a las masas de que los absolutos, las certezas, los ideales y los compromisos que te cambian la vida… son peligrosos. Mientras, a la vez, hay que promover el relativismo, diversificar las opiniones, licuar las relaciones, impulsar la falta de convicción, fomentar el pánico al compromiso, educar individuos blanditos, dar pan y circo… hasta alcanzar una prudente mediocridad. Y, así, todos viviremos tranquilos, sin sobresaltos.

Pues bien, ese mundo ha llegado ya; sin embargo, se percibe una creciente incomodidad. Como si fuera una olla a la que le va subiendo la presión, no sabemos hasta cuándo. Ni tan siquiera si llegará a estallar de alguna manera, porque estamos anestesiados, emasculados: no hay cojones.

El ser humano no está diseñado para vivir así. Los seres personales tenemos una finalidad trascendente. Cuando las convicciones fuertes desaparecen, no surge la paz: surge la falta de sentido y, cuando hay falta de sentido, hay desesperación y ocaso. El individuo moderno aprende a no molestar, a no pensar en profundidad, a discrepar solo en lo superficial, a no arriesgar, a no comprometerse, a no creer en nada que pueda costarle algo. Y, sin embargo, hay algo que late dentro, hay algo que sospecha que no hemos venido a este mundo como los niños de un colegio a un gran parque de atracciones. No estamos aquí únicamente para consumir contenidos, pagar suscripciones, hacer deportes extraños, tomar cervezas en la terraza de un bar, esperar el próximo fin de semana, las siguientes vacaciones y a que nos llegue la Parca.

Se nos dijo que los héroes eran personas peligrosas. Mejor ser ciudadanos amables, previsibles, con emociones bien gestionadas. Y, sin embargo, el resultado es inquietante: mucha higiene emocional, mucho buenismo, mucha corrección política, mucha prudencia… y una tristeza callada. Porque cuando alguien vive por debajo de lo que está llamado a ser, el alma experimenta tensión. Primero llega la decepción, luego la frustración y, finalmente, una especie de rabia educada que sonríe hacia fuera y te mata por dentro.

En el varón, esta realidad se percibe con claridad. En él habita una energía incómoda: deseo de arriesgar, de luchar, de ponerse a prueba, de proteger, de salvar algo -aunque no sepa muy bien qué-. Cuando esa energía se reprime, no desaparece: se filtra por los poros. Aparecen el carácter irritable, el activismo profesional sin alma, la obsesión por triunfar, los deportes convertidos en religión, las relaciones superficiales que sirven únicamente para alimentar el ego… No es que el hombre se haya vuelto malo: sencillamente, no se le permite ser magnánimo, ser bueno a lo grande.

Curiosamente, el cristianismo nunca tuvo miedo de esta fuerza masculina. No la idolatró, pero tampoco la anuló. La orientó hacia un fin superior. Donde había barbarie, levantó caballeros; donde había violencia, enseñó disciplina interior; donde había orgullo, señaló el camino del sacrificio; donde había instinto de protección, dio sentido de paternidad

Cristo no es en absoluto el modelo de un varón resignado y blando, aunque se empeñen en mostrárnoslo así desde fuera y, también, desde dentro. Es alguien que entrega la vida porque sabe para qué ha venido. La verdadera virilidad no consiste en imponerse, sino en gobernarse. Y, paradójicamente, el hombre que aprende a servir es el que se convierte en un auténtico señor. Vive el camino de las paradojas cristianas: “Si quieres ser más, hazte menos”, “si quieres vivir, muere a ti”, “si quieres ser el primero, sé el último”, “si quieres ganarlo todo, despréndete de todo”, “si quieres subir, abájate”, “si quieres ser fuerte, sé manso y débil”, “si quieres ser justo, obedece”…

Pero sería muy injusto detenernos aquí, como si esa vocación a la grandeza fuese patrimonio exclusivo del varón. Igualmente, la mujer está llamada a una grandeza superior y más profunda, si cabe, dada su intrínseca vocación. Desde hace un tiempo ha sido víctima de un malentendido cultural. Se le ofrece una alternativa aparentemente liberadora: o imita al hombre negando aquello que la hace mujer, o se refugia en un sentimentalismo inofensivo que no molesta a nadie. Dos caricaturas por el precio de una. Y ambas, un mal espejismo de aquello a lo que está llamada.

La tradición cristiana ha visto siempre otra cosa: una fortaleza serena, una capacidad asombrosa de custodiar la vida, de sostener relaciones cuando todo se tambalea, de engendrar no solo hijos, sino sentido, una intensa capacidad de encajar el sufrimiento, una voluntad de hierro, una gran capacidad de acoger y acompañar… La Virgen María -a quien tantos prefieren dulcificar hasta convertirla en figurita de Belén- encarna el coraje más radical: dice sí cuando el plan de Dios es locura, permanece junto a la cruz cuando los bravucones se han escondido y coopera activamente con la obra de la salvación. Si eso es debilidad, necesitamos urgentemente unas gafas nuevas.

He separado voluntariamente lo que se refiere al hombre y a la mujer para que se vea con nitidez que no somos simples trozos de carne con ojos que pueden ser hombres o mujeres según el entorno cultural, la educación o pulsiones interiores. Con la misma dignidad, propia de todo ser humano, somos totalmente distintos por fuera y por dentro y, precisamente por ello, totalmente complementarios por fuera y por dentro.

Hombres y mujeres, cada uno a su modo, atraviesan hoy crisis interiores. Y quizá, con algo de humildad, habría que admitir que esas crisis son una llamada. Cuando los proyectos concebidos como perfectos se agrietan, cuando el éxito efímero deja un poso amargo, cuando el futuro asusta o el pasado no convence, quizá es que Dios está invitando a rehacer el camino. La Biblia está llena de personas que, en plena madurez, descubren que el guion que habían escrito para sí mismas no era el definitivo. Y, sorprendentemente, eso terminó siendo la mejor noticia.

Vivimos, nos guste o no, en medio de una batalla espiritual. Negarlo no la hace desaparecer. Nuestra primera tentación sigue siendo la de Adán y Eva: escondernos. Detrás del trabajo, del activismo, del placer, del control, de una fe “correcta” pero inofensiva, de una piedad de boquilla. Construimos fachadas sólidas y luego sufrimos cuando la vida nos las derriba. Aun así, hay misericordia incluso en esas ruinas. Dios no quiere que vivamos protegidos, sino con el corazón abierto a todos y a todo.

Y aquí llega el punto incómodo: la respuesta cristiana no consiste en suavizar más el mensaje, sino en endurecer el alma con ternura. Como se entrena a un atleta, como se pule un diamante. Nos desvivimos por la búsqueda furiosa del placer; sin embargo, debemos buscar furiosamente la verdad. Recuperar la disciplina interior, la capacidad de renunciar por amor, el hábito de obedecer a Dios antes que a los caprichos del yo. No para volvernos rígidos o moralistas, sino para aprender a amar sin tibiezas ni límites. El mundo nos ofrece consuelo inmediato; Cristo nos propone grandeza. Y la grandeza, traducida al lenguaje cristiano, se llama santidad: algo radicalmente más definitivo -y más alegre- que una vida bien planificada, pero vacía.

Aquí se vuelve a unir la vocación del hombre y de la mujer. El varón está llamado a transformar su impulso combativo en servicio, protección y responsabilidad. La mujer está llamada a desplegar su genio de acogida, su fidelidad creativa, su fecundidad a todos los niveles. Ambos, cuando abrazan su identidad sin complejos, dejan de ser piezas funcionales en una maquinaria cultural y empiezan a ser personas libres. Y, cuando un hombre y una mujer libres fundan una familia -cualquiera que la haya conocido lo sabe- resulta profundamente incómoda para el relativismo.

No fuimos creados para agachar la cabeza y sobrevivir con comodidad ni para ir apagando incendios domésticos hasta el día de nuestra muerte. Fuimos creados para vivir de cara a Dios, para entregar la vida, para descubrir que obedecer la verdad no anula la libertad, sino que la inaugura. Cuando el cristianismo renuncie a ser anestesia y vuelva a ser fuego, dejará de producir “buena gente” y comenzará a producir santos: hombres y mujeres que no son perfectos, pero sí disponibles. Y esa disponibilidad abierta a Dios -heroica y humilde al mismo tiempo- es probablemente el recurso más urgente que nuestra cultura necesita recuperar. La Iglesia, sobre todo en la cultura occidental, necesita más mártires: de los que dan su vida gota a gota para lograr un mundo que dé gloria a Dios o, si Dios lo pide, de los que entregan su vida de golpe.

Quizá el drama de nuestro tiempo no sea el exceso de convicciones, sino su ausencia. Hemos desactivado los dioses fuertes y, sin quererlo, hemos debilitado también al hombre y a la mujer. Tal vez haya llegado la hora de admitir que la vida es más grande que nosotros, que la verdad existe, que la belleza reclama sacrificio y que el bien exige combate interior.

Y, sorprendentemente, cuando uno acepta esto, deja de estar triste.

Cuando escribo cosas como estas, a veces soy presa del síndrome del impostor, pues ni mucho menos he logrado practicar lo que escribo. Simplemente son hallazgos que creo que pueden hacer bien, y los comparto.

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