Religión en Libertad

Los curas guapos

Un llamamiento a los sacerdotes que se están planteando tirar la toalla, contra la palabra que empeñaron.

Un sacerdote puede fallar y pecar, pero nunca dar la espalda, sino mirar de frente a Dios y a su pueblo y asumir sus responsabilidades.

Un sacerdote puede fallar y pecar, pero nunca dar la espalda, sino mirar de frente a Dios y a su pueblo y asumir sus responsabilidades.Christian Harb / Unsplash

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A lo largo de 60 años de vivencia religiosa, he conocido a unos cuantos curas que han arrojado el alba a la cuneta para volver a la comodidad del siglo. Lo que en el código de honor de los hombres se llama deserción, y en tiempo de guerra se paga con el paredón. Porque estamos en una guerra espiritual -más atroz, más fétida y ruin que cualquier carnicería terrenal- y aquí los desertores no huyen de las balas, sino de la Gloria.

La vida cristiana es milicia. Lo ruge San Pablo y lo sabe cualquier mendigo con un gramo de humildad. Fusilar no es lo ideal, dirán los estetas de la fe, pero el ser humano, ese animal herido por la soberbia, solo endereza el espinazo ante el temor sagrado. Si los curas supieran que su huida conlleva el plomo de la justicia, se lo pensarían tres veces antes de soltar el fusil de la Gracia para salir corriendo tras un espejismo de carne.

A un cura, como a un esposo o a un soldado en las Termópilas, se le exige fidelidad, no una perfección de porcelana. ¡Bajad de vuestra soberbia, hombrecillos de hoy! Hernán Cortés no mandó quemar sus naves para luego volverse a Castilla por un capricho de alcoba. Ni Fernando el Católico entregó Granada por sus concubinas, ni los legionarios de Melilla abandonaron el blocao por una meretriz. ¡No confundáis, miserables, la flaqueza de la carne con la traición del alma!

Me dan asco vuestras excusas modernas. He conocido misioneros navarros, hombres de taco y blasfemia, que evangelizaban en infectos barrizales donde solo un loco o un santo pondría el pie. Algunos terminaron su miserable vida con un balazo entre los ojos; otros, vaciados por la disentería. Pienso en el padre Aureliano: feo, brutal y sin modales, que repartía confesiones a caponazos en la selva de México. Ese hombre no buscaba "realizarse"; ese hombre solo estaba en su puesto. "Permaneced en Mí", ordena el Mando. Un español lleva en la sangre este mandato, este afán de resistencia. "De aquí no nos mueve ni Dios".

¡Dejense de cháchara! Si os enrolasteis y el cuerpo os traiciona, ponedle remedios de hierro: desfigurad vuestra hermosura, chatines. Volved al rapado, a la barba larga y sucia, al ayuno que hace temblar las rodillas. Menos gimnasio y más cilicio; menos ducha de agua caliente -ese caldo de lujuria- y más engordar hasta los 120 kilos de sebo sacerdotal si hace falta. Un cura gordo, antipático y maloliente tiene mucho más difícil seducir a las parroquianas. Las redes sociales, por último, son el Tinder del demonio: ¡huid de ellas como de la peste!

Pongámonos serios, aunque me duela el alma de rabia: en esta guerra, la mayor batalla es la de la humillación. Aceptad la cruz de oprobio de vuestros pecados. Si habéis caído, dejad que el obispo os mande a un páramo feo y triste, a una posición olvidada en la retaguardia. Pero no desertéis. La sabiduría ascética es clara: "Dios castiga la soberbia oculta con la lujuria manifiesta". Es así de simple y de terrible.

No me vengáis con psicologías, con "crisis de identidad" o con vacíos emocionales. Esos son pecados reflexivos, los que Dante hundía en lo más profundo del infierno porque tienen nocturnidad y alevosía filosóficas. ¡Si es un calentón, que sea un calentón! Pero no lo disfraceis de "búsqueda de la verdad". Llevad vuestra indignidad bajo el uniforme, cumplid vuestra palabra aunque os cueste la vida. ¡Cuántos sifilíticos ganaron batallas y cuántos borrachos defendieron Stalingrado porque no sabían rendirse!

Si los héroes civiles resisten, ¡cuánto más un oficial de Dios! Nosotros, los casados, nos dejamos la piel por ser fieles -y nosotros sí necesitamos nuestra virilidad para el sacramento-, pero vosotros ¿queréis estar en misa y repicando?

Pequen, si no saben hacer otra cosa. Pequen a modo, pequen mucho si la miseria les vence. Pero no lo enmascaren. Pequen y dejen que Cristo les llame desde el fango; pequen y acepten los salivazos, los azotes y el desprecio del mundo. Sean dignos de ser perdonados, pero por lo que más quieran: no tiren el uniforme. Sean pecadores, más pecadores si cabe, pero mueran en su puesto. Porque así, tal cual sois, fuisteis llamados a filas.

Y porque un soldado no se va a casa porque la trinchera esté fría y el pan se haya vuelto piedra. Habéis llegado al sacerdocio para una sola cosa, y no es la "realización personal" ni el bálsamo de las emociones: habéis llegado para morir.

Entregadlo todo, maldita sea. Entregad el honor, el descanso y hasta la última gota de vuestra reputación, pero no oséis entregar el amor que Dios os tiene, que es lo único que mantiene el universo en pie mientras vosotros jugáis a las casitas. Entregad vuestro ser entero para ser Cristos, no una caricatura piadosa de catálogo diocesano. Entregadlo todo y entregaos del todo, sin reservas, sin planes de fuga, sin una maleta hecha debajo de la cama por si la Cruz pesa demasiado.

Os clavarán en la trinchera y de allí no saldréis sino muertos, con el cuerpo roto y el alma entregada al General. Ese es el trato. Esa es la gloria del uniforme. O haberlo pensado antes, cuando vuestras manos eran jóvenes y no estaban manchadas de Crisma.

¿Qué os enseñaron en el cuartel de los futuros curas? ¿Acaso os prometieron un jardín, un diálogo empático con el mundo y una jubilación burguesa? Si no os dijeron que ibais al matadero, os engañaron; y si lo sabíais y ahora huís, sois unos traidores al Rey. En el seminario no se fabrican gestores de lo sagrado, se forjan mártires de lo cotidiano. Si la trinchera hiede, si el enemigo acecha y el cielo parece de bronce, ¡aguantad! El honor de un soldado de Dios no está en no caer, sino en no soltar jamás el estandarte mientras quede un soplo de vida en los pulmones.

Pequen si son miserables, pero mueran en el puesto. Porque el desierto es ancho, pero el infierno de los desertores es un pozo sin fondo donde no hay ni pan duro ni trinchera, solo el eco eterno de una palabra que no supisteis mantener.

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