Religión en Libertad

León XIV, el Papa de la escucha que une: Rafael Lazcano revela su alma agustiniana

El historiador que convivió con Prevost desentraña interioridad y sinodalidad ante su visita a España

Rafael Lazcano, historiador, biógrafo, editor y compañero de estudios de León XIV en Roma (1981-1985)

Rafael Lazcano, historiador, biógrafo, editor y compañero de estudios de León XIV en Roma (1981-1985)

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Rafael Lazcano, el historiador, biógrafo y editor que compartió con Robert Prevost los años formativos en el Colegio Santa Mónica de Roma (1981-1985), destapa en exclusiva las claves íntimas del primer Papa agustino. 

Su libro: "Biografía de León XIV. El Papa agustino, peregrino hacia Dios" (2.ª edic., San Pablo, 2025), presentado hace dos semanas en Madrid ante agustinos como Alejandro Moral Antón y Carlos Alonso, ya se ha convertido en referencia obligada tras su eco en Alfa y Omega, COPE y el podcast de San Pablo.

Con el Vaticano confirmando anteayer la visita de León XIV a España (6-12 junio: Madrid, Barcelona, Canarias), Lazcano ofrece aquí una mirada privilegiada al “clic” de liderazgo de Prevost –su capacidad para escuchar antes de decidir–, su integración de teólogo, misionero peruano y continuador de la reforma franciscana, y el simbolismo de escudo y lema que anticipa un papado de unidad en la diversidad.

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¿Qué momento concreto en Roma le hizo "clic" sobre el liderazgo de Prevost como servicio?

-Si tuviera que señalar un momento, más que un hecho espectacular, casi una escena cotidiana, recordaría las reuniones que manteníamos con cierta frecuencia, algunas oficiales y otras oficiosas, cuando aún éramos jóvenes religiosos e intercambiábamos pareceres sobre los estudios, la vida agustiniana y las actividades apostólicas. Por lo general, Roberto Prevost no era el que hablaba primero, más bien de los últimos, después de haber escuchado largamente. En sus intervenciones resumía lo que cada uno había intentado decir, incluso las posiciones extremas, y lograba que todos nos sintiéramos comprendidos antes de proponer una conclusión o tomar una decisión concreta. Ahí pondría el “clic”. No era solo su inteligencia, ni su capacidad organizativa, sino una forma muy interiorizada, por así decir, de ejercer el liderazgo: no como quien ocupa el centro, sino como quien crea un espacio donde los demás pueden situarse. Decía poco, pero cuando hablaba lo hacía después de haber escuchado bien. Esa combinación de prudencia, paciencia y firmeza —sin dureza— era lo que más destacaba en el joven “Bob” en los años, 1981 a 1985, cuando fuimos compañeros de estudios y de comunidad en el Colegio Internacional Santa Mónica de Roma.

Lazcano y Prevost (León XIV), verano 1982, en un viaje por España en furgoneta (Caín de Valdeón, en León).

Lazcano y Prevost (León XIV), verano 1982, en un viaje por España en furgoneta (Caín de Valdeón, en León).

-En el libro sostiene que León XIV encarna un “agustinismo a raudales” y una “paz desarmada y desarmante”; ¿en qué decisiones recientes ve el agustinismo, misión peruana y herencia franciscana de León XIV?

- Las dos expresiones —“agustinismo a raudales” y “paz desarmada y desarmante”— ayudan a describir una síntesis de los primeros meses del pontificado de León XIV, cuya combinación puede desglosarse en cuatro aspectos.

»Primero: Centralidad de la interioridad, la tensión entre la ciudad terrena y la ciudad de Dios —temporalidad y trascendencia—, el discernimiento (huella agustiniana). El rasgo más claramente agustiniano no ha sido doctrinal, sino metodológico. León XIV ha insistido en que la reforma eclesial comienza por la conversión interior antes que por la ingeniería institucional. Sus primeras homilías y audiencias han recuperado categorías clásicas de san Agustín: interioridad, búsqueda de la verdad, primacía del amor… Esto se ha traducido en la prioridad concedida a procesos de escucha sinodal reales, no meramente consultivos; la insistencia en el examen espiritual del ejercicio del poder dentro de la Iglesia; y el uso de un lenguaje teológico-pastoral que evita polarizaciones ideológicas y vuelve a la antropología cristiana básica.

»Segundo: Estilo pastoral marcado por la experiencia misionera peruana. El “pastor misionero” aparece sobre todo en decisiones simbólicas y prácticas: elección de destinos periféricos para sus primeros viajes y encuentros; fortalecimiento de estructuras pastorales locales antes que grandes iniciativas curiales y/o cambios en los dicasterios romanos; protagonismo otorgado a los pobres, situados en el centro de la vida cristiana, como maestros del Evangelio y lugar de encuentro con Cristo en una Iglesia para y con los pobres (Dilexi te). No se trata solo de una opción preferencial por los pobres, sino de una eclesiología aprendida en terreno: la Iglesia como red de comunidades concretas más que como centro administrativo romano.

»Tercero: Continuidad reformadora con el impulso de Francisco. La herencia de Francisco se advierte en la continuidad del proceso reformador, pero con un tono distinto: menos gestos disruptivos y más consolidación jurídica de reformas ya iniciadas; avance prudente en la simplificación de estructuras vaticanas; énfasis en la corresponsabilidad episcopal y en la descentralización pastoral. Si Francisco abrió procesos y “periferias” (sinodalidad, inclusión, etc.), León XIV parece orientado a estabilizarlos teológica, pastoral e institucionalmente en busca de una nueva “primavera en la Iglesia”.

»Cuarto: La “paz desarmada y desarmante”. Esta expresión se ha hecho visible especialmente en su diplomacia inicial: mediaciones discretas en conflictos internacionales sin protagonismo mediático; rechazo explícito de lenguajes de confrontación cultural dentro de la Iglesia; propuestas de reconciliación que apelan a la conciencia moral antes que a sanciones. No es una paz estratégica, sino testimonial, nacida del corazón del Evangelio: busca desactivar el conflicto desde la conversión del interlocutor, algo profundamente agustiniano.

»Lo novedoso de León XIV, desde mi modesto punto de vista, pasados los nueve meses de pontificado, radica en que no intenta equilibrar las tres identidades distintas —teólogo, misionero y papa—, sino integrarlas. Como teólogo agustino aporta profundidad antropológica, como misionero peruano introduce realismo pastoral y, como heredero del papa Francisco, asegura continuidad reformadora. Esa convergencia explica por qué su liderazgo resulta menos espectacular, pero potencialmente más significativo, en cuanto que vincula Evangelio y modernidad, Iglesia y política internacional. Estos aspectos, que se encuentran planteados en el libro, sugieren que la historia de la Iglesia no constituye un ámbito aislado, sino un laboratorio privilegiado para comprender la evolución de la modernidad y sus crisis. En este sentido, la biografía de León XIV, constructor de puentes de diálogo, encuentro y paz, despierta importantes interrogantes sobre el sentido del tiempo, la relación entre fe y cultura, y el papel de las instituciones religiosas en la historia global.

-¿Qué tentaciones historiográficas venció para lograr esa exposición serena y equilibrada?

-- Al afrontar la biografía del primer Papa agustino, me encontré ante un terreno particularmente delicado desde el punto de vista historiográfico: escribir simultáneamente historia e identidad espiritual.

»Precisamente por ello, la “exposición serena y equilibrada” que reivindico en la vida de León XIV puede entenderse como el resultado de vencer varias tentaciones metodológicas muy concretas. La primera de ellas, la tentación hagiográfica. El primer riesgo era convertir la biografía en solo vita edificante. En la tradición eclesiástica —y especialmente en figuras vinculadas a órdenes religiosas— existe la tendencia a enfatizar virtudes, providencialismo y coherencia espiritual, minimizando tensiones humanas o contextuales. Esta “tentación” se evita dando estricta prioridad a la documentación archivística y bibliográfica frente al relato devocional y la contextualización histórica del protagonista en cada una de sus etapas vitales. Dicho de otro modo, la biografía no pretende canonizar ni corregir al personaje, sino comprenderlo: presentar a un Papa agustino no como símbolo idealizado, sino como protagonista histórico universal en camino hacia Dios.

»Como historiador perteneciente al ámbito agustiniano, el peligro más sutil, ciertamente, era escribir una biografía desde la lógica apologética de la Orden de San Agustín, donde el papa León XIV fuese la culminación providencial del carisma agustiniano. Para neutralizar ese sesgo, separé la identidad espiritual del análisis histórico-crítico; luego, situé la tradición agustiniana en el mismo Roberto Prevost, y en tercer lugar, evité leer el pontificado de León XIV como “victoria” institucional de la Orden de San Agustín.

»Toda biografía actual del Papa agustino corre el riesgo de quedar atrapada en lecturas inmediatas, sin perspectiva histórica. El libro Biografía de León XIV está asentado en la metodología histórica, la reconstrucción de procesos históricos, culturales, eclesiales y sociales. En él se distingue con precisión los aspectos coyunturales de las orientaciones doctrinales. Ofrece, por lo demás, numerosa y contrastada información documental. En términos historiográficos, podría decirse que la biografía de León XIV, además de historia agustiniana, es historia universal, a sabiendas de que el individuo no explica la historia, sino que la encarna.

»Para la redacción de la biografía del papa estadounidense y peruano, abordé, como desafío adicional, la integración de dos lenguajes distintos: el teológico-espiritual (vocación, interioridad, carisma agustiniano), y el histórico-crítico (fuentes, contexto, cultura, sociología, etc.). El resultado final, a mi modo de ver, no ha sido otro que mostrar cómo la espiritualidad agustiniana funciona en el libro como clave interpretativa, pero nunca como explicación única de la acción histórica en la figura de León XIV.

»Es decir, la espiritualidad agustiniana como lenguaje hermenéutico permite comprender cómo el Papa Prevost interpreta su propia misión, cómo articula sus decisiones y cómo da sentido a la realidad. La interioridad, entendida al modo agustiniano como espacio de discernimiento, aparece así como motor subjetivo de la acción. No obstante, en el libro he mostrado que dicha interioridad nunca actúa en el vacío. Está condicionada por estructuras políticas, tensiones institucionales y transformaciones culturales que exceden el ámbito religioso. Este equilibrio resulta fundamental. León XIV no es presentado como un actor guiado exclusivamente por impulsos espirituales, sino como una figura situada en una red compleja de factores históricos, en la cual la espiritualidad agustiniana explica la forma en que el Papa comprende la realidad, sin que ella determine por sí sola el pontificado. Las decisiones atribuidas a su conciencia se encuentran constantemente mediadas por circunstancias concretas: el servicio de liderazgo como suceso de san Pedro, las relaciones de poder, las expectativas sociales, las crisis eclesiales y las dinámicas internacionales. Precisamente en esa tensión entre interioridad espiritual y complejidad histórica reside la originalidad interpretativa de la obra.

-¿Qué hay de novedoso en su hoja de ruta: jerarquía/sinodalidad, tradición/renovación, autoridad/comunión?

-- La afirmación de León XIV como “faro de esperanza” bien puede leerse en clave teológica, como la percepción de un intento de reconfiguración del equilibrio eclesiológico, nunca del modo de ruptura doctrinal. Lo interesante no sería tanto qué tensiones aborda en este “mundo fragmentado”, presentes en los pontificados recientes, sino cómo las articula simultáneamente. Una lectura comparativa de las tres tensiones planteadas en la pregunta puede ser, grosso modo, la siguiente:

»Jerarquía/sinodalidad. El papa Francisco impulsó la sinodalidad como método pastoral de escucha, descentralización relativa y procesos abiertos. Sin embargo, el modelo seguía dependiendo de una fuerte iniciativa papal; la sinodalidad era promovida desde arriba. Lo novedoso atribuido a León XIV lo encuentro en pasar de una sinodalidad consultiva a una sinodalidad estructuralmente integrada en el ejercicio del primado. En otros términos. El actual Vicario de Cristo no reduce la autoridad jerárquica, sino que redefine su función como principio de coordinación y garantía de comunión, no como instancia decisoria ordinaria. Se aprecia un desplazamiento sutil: la jerarquía ya no legitima la sinodalidad; la sinodalidad se convierte en el modo normal de ejercer la jerarquía. De esta manera, León XIV intenta resolver una tensión histórica de la Iglesia católica: evitar tanto el centralismo romano como el riesgo de fragmentación eclesial.

»Tradición/Renovación. De modo breve: Juan Pablo II privilegió una renovación misionera apoyada en certezas doctrinales fuertes; Benedicto XVI habló de “hermenéutica de la continuidad”, abriéndose a la renovación solo inteligible dentro de la tradición; Francisco enfatizó la praxis pastoral incluso cuando generaba tensiones interpretativas. Y León XIV aporta la novedad metodológica, puesto que hasta la fecha no plantea tradición y renovación como polos que deban equilibrarse, sino como dinámica temporal única. Es decir: la tradición no es principalmente conservación del pasado, sino memoria normativa que habilita desarrollos discernidos comunitariamente. Esto desplaza el debate desde qué cambia hacia quién discierne el cambio. El foco pasa del contenido al proceso eclesial.

»Autoridad-Comunión. Los últimos pontificados oscilaron entre dos riesgos: autoridad fuerte que garantiza unidad doctrinal, o comunión pastoral que puede generar pluralidad difícil de integrar. Mi lectura de la vida del actual pontífice pasa porque León XIV concibe la autoridad no como límite de la comunión, sino como forma sacramental de la comunión. En consecuencia, la autoridad no interviene solo en momentos de crisis, actúa permanentemente como servicio de integración de carismas, iglesias locales y sensibilidades teológicas. Expresado en lenguaje eclesiológico: el primado se entiende más como ministerium unitatis que como instancia jurisdiccional.

»¿Qué sería realmente nuevo en el papa León XIV? No una doctrina distinta, sino un cambio de gramática eclesial. De equilibrio entre polos a integración funcional de los polos; de decisiones papales sobre procesos a procesos que configuran el ejercicio papal; de reforma pastoral o doctrinal a reforma del modo de gobernar y discernir. Si mi lectura es correcta, la novedad de León XIV no sería comparable a un giro ideológico entre papas, sino a algo más profundo: un intento de pasar del modelo “papado que dirige la Iglesia” al de “papado que emerge del caminar eclesial sin perder su primacía”.

-¿Qué episodios (Chicago, Chiclayo, Curia) revelan su conciencia de peregrino y cómo influye en paz, economía y abusos?

.- El papa León XIV, entendido como “peregrino hacia Dios”, introduce una clave teológica: el ministerio petrino no elimina la condición existencial del creyente, sino que la radicaliza. En la trayectoria de Robert Francis Prevost pueden identificarse varios momentos biográficos que iluminan precisamente esa autoconciencia de peregrino y búsqueda, y que ayudan a comprender su lenguaje pastoral posterior.

»Chicago: La conciencia de límite nacida en la periferia social y cultural. La experiencia inicial en Chicago —Dolton, para ser exactos, suburbio al sur de Chicago— de Roberto no resulta irrelevante.

»Formado en un contexto marcado por desigualdades sociales, pluralismo religioso y tensiones raciales, Prevost entra en contacto temprano con una Iglesia que no posee hegemonía cultural, pero sí una rica vida de fe. Esto genera dos rasgos duraderos. Eclesiología no triunfalista: la Iglesia aparece como minoría dialogante más que como poder estructural; y lenguaje prudencial sobre la autoridad: el ministerio se entiende como servicio situado, no como garantía automática de verdad práctica. Aquí se fragua, de modo incipiente, una sensibilidad que luego se traducirá en su insistencia en la paz como proceso social gradual y no como simple declaración contractual de partes.

»Chiclayo: el aprendizaje de fragilidad pastoral. El período misionero y episcopal en Chiclayo constituye la madurez espiritual y pastoral de Roberto Prevost. En el norte peruano, marcado por pobreza estructural, migraciones internas y crisis institucionales, el obispo Prevost no actúa desde la fortaleza institucional, sino desde la cercanía cotidiana. Tres aprendizajes emergen: La autoridad nace de la escucha, no del cargo; la paz se vincula a la justicia social concreta, especialmente a la economía familiar, la educación y la reconciliación comunitaria; y la fragilidad eclesial es visible: escasez de clero, conflictos internos y desconfianza social obligan a gobernar sin apoyarse en estructuras sólidas. Por eso, cuando León XIV habla de economía eclesial o de administración, su enfoque tiende a ser pastoral antes que técnico: la gestión económica se juzga por su impacto en los pobres, no por eficiencia abstracta.

»La Curia: la conversión institucional permanente. El paso a la Curia Romana, especialmente desde su responsabilidad en el discernimiento episcopal como prefecto del Dicasterio para los Obispos, introduce otra dimensión del “peregrinaje”: la conciencia de que incluso las estructuras centrales necesitan reforma continua. Aquí se percibe cómo la experiencia previa condiciona su discurso en tres ámbitos: 

a) Paz eclesial. No la entiende como uniformidad doctrinal o disciplinar, sino como equilibrio entre comunión y diversidad cultural. La paz es fruto de procesos de discernimiento, no de imposición vertical. 

b) Economía vaticana: Su lenguaje suele evitar términos tecnocráticos. La economía aparece como cuestión moral vinculada a transparencia y credibilidad evangélica, coherente con la espiritualidad agustiniana de desapropiación interior. 

c) Abusos de poder: Su insistencia no se limita al delito individual; apunta a dinámicas estructurales de clericalismo. La conciencia de fragilidad personal —aprendida en contextos pastorales vulnerables— lo lleva a subrayar mecanismos de rendición de cuentas más que defensas corporativas.

»El “peregrino” como categoría teológica y práctica. En conjunto, la biografía muestra que el Papa peregrino no es una metáfora devocional, sino una hermenéutica del gobierno eclesial: el pastor permanece aprendiz; la autoridad se ejerce como servicio; el mismo Papa, la Iglesia como Pueblo de Dios, y la Ciudad del Vaticano, no dejan de estar siempre en camino. Por eso el modo de hablar de León XIV sobre la paz, la economía o los abusos evita el tono definitivo. Privilegia encuentros, conversión institucional y discernimiento comunitario. La aparente fragilidad no debilita su autoridad, sino que la redefine como responsabilidad compartida.

-La biografía incluye detalles aparentemente menores —el escudo, el lema, incluso la filatelia— que usted presenta como claves de lectura del pontificado; ¿qué leyó en esos signos externos de León XIV, que quizá pasó desapercibido para la opinión pública, pero que a su juicio anticipa el perfil espiritual y geopolítico de este Papa agustino?

- La lectura que propongo en el libro sobre León XIV parte de un supuesto metodológico muy agustiniano: los signos aparentemente secundarios no son ornamentales, sino reveladores de una notabilísima interioridad personal e institucional. El escudo, el lema y la filatelia funcionan como textos simbólicos condensados, capaces de anticipar prioridades espirituales y orientaciones eclesiales, pastorales y diplomáticas antes de que estas se expresen en documentos magisteriales.

»El escudo: una eclesiología de la interioridad activa. El escudo no es heráldica decorativa, sino todo un programa teológico. La centralidad de símbolos vinculados a San Agustín —especialmente el corazón y el libro— sugiere una recuperación explícita de la tensión agustiniana entre interioritas y misión pública. Lo que puede pasar desapercibido para muchos, sin embargo, define el equilibrio entre espiritualidad y gobierno sapiencial. Esto anticipa, a mi modo de ver, un pontificado menos jurídico-administrativo y más interpretativo, donde el Papa actúa como mediador intelectual, ético y pastoral en un mundo fragmentado. El símbolo indica una autoridad basada en la persuasión doctrinal más que en la imposición disciplinaria.

»El lema: unidad como categoría geopolítica. El lema —In Illo uno unum— no debe leerse solo espiritualmente. La tradición agustiniana, especialmente dentro de la Orden de San Agustín, entiende la unidad como integración de las diferencias, dones, carismas individuales; no como uniformidad. Aquí emerge una clave geopolítica: León XIV parece concebir la Iglesia como espacio de mediación entre polos culturales y políticos. El lema del papa Prevost anticipa una diplomacia pontificia orientada a recomponer fracturas intraeclesiales, dialogar con modernidades plurales, y situar al papado como árbitro ético-moral más que como actor de bloque. En otras palabras, la unidad espiritual funciona en León XIV como analogía de multipolaridad internacional.

»La filatelia: memoria, periferia y pedagogía simbólica. El análisis filatélico, que muchos lectores podrían considerar tan solo anecdótico, resulta particularmente revelador, como puede leerse en las páginas que dedico en el libro. Las primeras emisiones asociadas al pontificado privilegian su figura y proyectan una memoria eclesial globalizada, a modo de catequesis silenciosa. La filatelia, distribuida desde el Vaticano hacia el mundo, se convierte así en una micro-diplomacia cultural: pequeños soportes materiales que proyectan el pontificado del papa León XIV y la unidad de la Iglesia.

»¿Qué anticipan estos signos? Según mi lectura, los elementos externos revelan un perfil pontificio preciso. Espiritualmente, un Papa de interioridad agustiniana, centrado en la unidad eclesial y la vida comunitaria como reflejo del amor de Cristo. Eclesiológicamente, la prioridad de la comunión sobre la estructura. Geopolíticamente, la mediación, el diálogo cultural y el desplazamiento del eje simbólico hacia las periferias. Comunicativamente, la preferencia por signos discretos y pedagógicos antes que gestos espectaculares. Así pues, el papa León XIV no inaugura su pontificado con grandes declaraciones, sino con un lenguaje simbólico coherente, preciso y funcional. Lo que muchos perciben, quizá, como detalles menores constituye una arquitectura anticipatoria bien trabada, una teología y una política expresadas antes en imágenes que en documentos magisteriales.

-¿Qué le sorprendió más: escribir sin desenlace conocido o convertir el libro en cuaderno de bitácora?

-- La pregunta plantea una tensión clásica dentro de la historiografía y de la biografía intelectual: la diferencia entre narrar una vida cerrada y escribir una vida en curso. En mi caso, acostumbrado a trabajar mayormente con trayectorias ya concluidas, sedimentadas por el tiempo y por la recepción histórica, el paso a la biografía de un pontífice vivo, el papa León XIV, introduce un cambio metodológico profundo que afecta tanto al estatuto del conocimiento como a la propia escritura.

»Por un lado, como ya he apuntado, la dificultad principal radica en la ausencia de perspectiva histórica. La biografía tradicional se construye retrospectivamente: el final ilumina el principio, y los acontecimientos adquieren coherencia narrativa gracias al desenlace. Cuando ese desenlace aún no existe, el biógrafo se mueve en un terreno provisional. Las decisiones del pontificado prevostino todavía no pueden evaluarse con la distancia crítica que permite distinguir con plena nitidez entre lo coyuntural y lo estructural. Esto obliga al autor a renunciar, al menos parcialmente, a la interpretación definitiva y a adoptar una escritura más prudente, casi abierta, consciente de su carácter revisable. Desde un punto de vista académico, supone trabajar sin uno de los instrumentos fundamentales de la historiografía: la clausura temporal.

»Sin embargo, precisamente ahí emerge la segunda posibilidad, quizá más estimulante: la biografía como “cuaderno de bitácora”. Frente al modelo clásico de obra conclusiva, la biografía sobre un papa en ejercicio puede convertirse en un dispositivo dinámico, capaz de acompañar el desarrollo del pontificado.

»La obra deja de ser únicamente reconstrucción para convertirse también en observación histórica en tiempo real. Este enfoque aproxima la biografía al desarrollo intelectual —teológico, eclesiológico, pastoral, etc. —y al análisis contextual continuo, donde cada edición futura no corrige simplemente la anterior, sino que la amplía, mostrando cómo evoluciona la interpretación junto con los acontecimientos.

»Desde esta perspectiva, la sorpresa mayor para mí en calidad de autor de la Biografía de León XIV:  El Papa agustino, peregrino hacia Dios, podría no ser la dificultad, sino la transformación del propio género biográfico. Después de haber levantado “catedrales de papel”, basadas en el estudio, elaboración y ordenación de vidas ya concluidas, enfrentarse a una figura viva implica aceptar la incertidumbre como parte constitutiva del método. La biografía deja de aspirar a la totalidad y asume una condición procesual.

»En última instancia, el desafío no consiste solo en escribir sin conocer el final, sino en aprender a escribir históricamente dentro del presente. La biografía no sería una obra incompleta, sino deliberadamente abierta, un testimonio vivo del pontificado de León XIV, que invita a nuevas interpretaciones, añadidos y perspectivas a medida que el tiempo avanza.

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