Domingo, 16 de junio de 2019

Religión en Libertad

«La Aparición», en el cine


por Pablo J. Ginés

Opinión

Este fin de semana podemos ir al cine a ver la película «La Aparición». Es una película de ficción peculiar, un thriller espiritual. Su director, el francés Xavier Giannoli, es un agnóstico respetuoso con la fe, que se hace preguntas y explora el Misterio.

La película cuenta la historia de un periodista sin fe que colabora con una comisión de la Iglesia para averiguar qué ha sucedido en un pueblo de los Alpes franceses, en el que una chica dice haber visto a la Virgen y tener un mensaje para el mundo.  Es un thriller, con un enigma a resolver: ¿de verdad vio la Virgen? ¿Qué sucedió realmente?

A muchos espectadores les puede recordar a El Tercer Milagro, película de Agnieszka Holland de 1999. En ambas películas hay una sorpresa impactante al final, y en ambas se apuesta por la maravilla, en positivo. No se puede decir más sin estropear las sorpresas.

La película es respetuosa con la Iglesia y demuestra que a la Iglesia no le interesa nada fomentar aparicionismos ni espiritualidades descontroladas. También muestra algo que se da en la vida real: que lo más sublime puede compartir escenario con cosas terrenales e incluso ridículas y de escasa elegancia. Donde Dios levanta una iglesia, el demonio abre una capilla, intentando rascar lo que pueda. 

El final, sin embargo, recuerda también a un inquietante cuento de Borges de 1949, "Emma Zunz", publicado en El Aleph. No lo lea antes de ver la película.

Todo lleva al debate sobre la fiabilidad de los testigos. Y eso, en el cristianismo, lo es casi todo, porque -excepto en la comprobación en la propia vida del trato con Dios, o la vía mística- la fe cristiana se basa en "lo que hemos visto y oído" y "lo que se me transmitió de palabra" por testigos dignos de ser creídos.

Sabemos que Cristo resucitó porque más de 500 testigos lo vieron (escena bíblica mencionada por San Pablo que recoge solo una película que yo sepa, "Resucitado", recientemente), y sus apóstoles también. Tomás, el mellizo, quizá por estar acostumbrado a jugar a hacerse pasar por su gemelo, quería asegurarse que no fuera un impostor viendo y tocando las heridas: y así fue.

Los enemigos de la primera generación cristiana podían haber sacado el cadáver de Cristo, exponerlo públicamente y acabar así con la nueva comunidad construida sobre una sola idea: Él vive, no hay ya cadáver, y algún día nos dará vida a nosotros para que ya no seamos cadáveres. ¿Por qué no se expuso el cadáver? Parece que porque ya no había: había resucitado. 

La resurrección es creíble a la vista de los datos y los testigos que tenemos, o al menos más que las alternativas más o menos conspirativas. Pero, claro, las conspiraciones existen, como vemos en el cuento de Borges. La película, en cualquier caso, fomenta la crítica contra los crédulos, pero también contra los incrédulos. Y anima a sospechar de los testigos y cumplir lo que pide la Carta de San Pedro: "Examinadlo todo, y quedaos con lo bueno".   

Por último, hay que decir que Jesús y los sacramentos son los grandes ausentes de la película. La vidente tiene una relación sincera aunque extraña con Dios, como vemos avanzada ya la historia. Pero no se ve a Jesús por ningún sitio. ¿Cómo pretender ser novicia o entregarse al Dios cristiano sin un enamoramiento, o al menos una fascinación, hacia Jesús?  Quizá el director no se atrevió.

Una y otra vez, Jesús, su persona, su humanidad tan concreta, la relación interpersonal que exige, hace aterrizar los debates a veces demasiado etéreos. Obliga a una opción. Una experiencia mística puede cambiar la dirección de una vida, la de alguien que era mundano o estaba distraído o no sabía de Dios. Pero es el trato cotidiano, humano, con Cristo, lo que da perfil real, vivencial, a esa vida.

El icono dañado en la guerra de Siria, de la Virgen con el Niño (un icono de la Virgen de Kazán, ruso) es la única presencia de Cristo. No es inadecuado: los iconos son ventanas al Cielo, y el Niño es Él, pero también es uno de nosotros. Las marcas de disparos son las heridas de clavos que Tomás quería tocar. Y los pobres y desplazados: allí se le puede tocar también.

La película es larga y provocadora, pero respetuosa. Puede ser bueno invitar a un amigo sin fe a que la vea, y luego comentarla juntos. No es una película devocional y no se sentirá "predicado". Las preguntas siempre valdrán la pena.

(Más sobre La Aparición, de Giannoli, aquí en ReL)

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