La vida y el legado de John Henry Newman

La perfección doctrinal de John Henry Newman y su influencia en vida y póstuma en forma de conversiones justifican su proclamación como Doctor de la Iglesia.
La canonización de John Henry Newman en 2019 fue un triunfo de la luz de la Vida y del Amor en medio de la oscuridad y las tinieblas de la cultura de la muerte. Mostraba la forma en que la Iglesia sobrevive y sobrepuja a las fuerzas del mal que la atacan, ya sean los maléficos asaltantes o bien enemigos de fuera o bien traidores de dentro.
En cuanto al propio Newman, hay dos formas de valorar y comprender su vida y su legado. La primera mide su influencia en su tiempo y la segunda mide su influencia en el siglo largo que ha pasado desde su muerte.
Newman nació en 1801, a principios de un siglo que vería surgir tanto el Imperio Británico como el escepticismo en materia de religión; al mismo tiempo fue, sin embargo, un siglo que vería un auténtico renacimiento de la ortodoxia religiosa dentro del cual Newman podría ser considerado la figura más importante e influyente.
De niño, Newman vivió en una cultura irradiada por el Romanticismo, lo que se manifestó en particular en la poesía de William Wordsworth y Samuel Taylor Coleridge, que siguieron la llamada de la belleza hasta que ésta les llevó a Cristo. Un fruto de dicho Romanticismo fue la aparición del neo-medievalismo, que halló su expresión en el resurgir gótico y en los pre-rafaelitas, y también en el Movimiento de Oxford, donde Newman emergió como líder indiscutible. El Movimiento de Oxford pretendía reconectar la Iglesia Anglicana con sus raíces anteriores a la Reforma, pretensión que sería conocida como anglocatolicismo.
Como líder y portavoz del Movimiento de Oxford, Newman logró un cierto grado de celebridad y notoriedad, especialmente como autor de muchos de los Tracts for the times, que abogaban por que la Iglesia de Inglaterra asumiese la doctrina y la liturgia católicas. También era alabado por la elocuencia y la elegancia de sus sermones, que se caracterizan por la brillantez retórica y la profundidad académica. Esa exuberante retórica académica es palpable en dos de sus libros, Esperando a Cristo y Las lágrimas de Cristo, que recogen algunos de los gloriosos pasajes de los sermones y meditaciones de Newman para el tiempo de Adviento y de Cuaresma.
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Lo notable de estos sermones, pronunciados en los años anteriores a la conversión de Newman, es su ortodoxia. Evocan Ortodoxia, de Chesterton, una obra profundamente católica escrita catorce años antes de que el autor fuese recibido en la Iglesia.
Como en el caso de Chesterton, los escritos de Newman previos a su conversión están marcados tan inconfundiblemente por una concepción católica de la filosofía y de la teología que parecen profetizar su futura conversión, no obstante el conocimiento que nos permite una visión retrospectiva. En cierto modo, sorprende que su entrada en la Iglesia en 1845 produjese una reacción tan sísmica que sacudió los cimientos de la Iglesia Anglicana y cuya onda expansiva atravesó toda la cultura de la Inglaterra victoriana.
Cuando se convirtió, Newman llevaba más de una década siendo una figura de renombre nacional. ¿Cómo ese pilar del establishment británico, elogiado y respetado por su inteligencia y sabiduría, podía sucumbir a la religión que ese mismo establishment llevaba trescientos años intentando erradicar, y al que las clases instruidas menospreciaban como algo caracterizado por la ignorancia y la superstición? El hecho de que Newman cruzase el Tíber le enfrentó al 'orgullo y prejuicio' de la cultura británica.
La conversión de Newman abrió las puertas a una nueva oleada de conversos, que entraron en la Iglesia como consecuencia del tsunami contracultural de su acto de fe. Por esta razón, el año 1845 puede considerarse definitivamente como el natalicio del renacimiento católico, facilitado también por la influencia de los inmigrantes irlandeses en Inglaterra a raíz de la Gran Hambruna, que comenzó ese mismo año.
Newman ingresó en la Iglesia casi con 45 años, en el punto medio de su vida, y regaló a la Iglesia tal abundancia de dones durante sus 45 años como católico, que hacía segura su proclamación como Doctor de la Iglesia poco después de su canonización.
Como teólogo, en su Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana (1845) aporta una nueva luz sobre la tradición viva que anima la vida racional y de fe de la Iglesia. Como filósofo, en su Ensayo para contribuir a una Gramática del Asentimiento (1870) expone las incongruencias del empirismo como vía para aprehender la verdad y sigue a Aristóteles en su insistencia de la necesidad de una virtud práctica como requisito para asentir a las verdades de la fe y la metafísica. Su libro La idea de la Universidad (1852 y 1858) ha influido enormemente sobre la teoría y la práctica de la educación católica, y sigue inspirando la fundación de nuevos colegios y universidades e informando la estructura de sus planes de estudio.
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Como escritor, Newman ha sido descrito por el crítico literario George Levine como “quizá el prosista más ingenioso y brillante del siglo XIX”, un juicio que parece haber compartido James Joyce a través del personaje de Stephen Dedalus en Retrato del artista adolescente. Considerando que la era victoriana en literatura fue una auténtica Edad de Oro, dicho elogio representa un reconocimiento literario del mayor nivel.
El estilo literario de Newman alcanza en su obra maestra Apologia pro vita sua (1864), posiblemente la autobiografía espiritual más delicada jamás escrita, aparte de las incomparables Confesiones de San Agustín. Esto también es evidente en sus dos novelas publicadas, Perder y ganar (1848) y Calixta (1855), y en su poesía, especialmente en El sueño de Geroncio (1865), que inspiraría un oratorio de Sir Edward Elgar, así como en poemas más breves, como The Pilgrim Queen, The Golden Prison y The sign of the Cross.
La muerte de Newman en 1890 marcó el advenimiento de otro legado vivo, más allá del que constituye su obra: ese legado póstumo está vinculado a la profunda influencia que ha ejercido y continúa ejerciendo sobre generaciones de católicos de nacimiento y de conversos a la fe. Esas miles de almas, vivas y muertas, que fueron devueltas al redil y fortalecidas en su fe por el más maravilloso de los pastores, se regocijaron junto con los santos y los ángeles cuando John Henry Newman fue elevado a los altares. Ojalá podemos unir nuestra voces a las suyas cantando en lo Alto el himno de alabanza al Santísimo del propio Newman.
- Tomado de The Imaginative Conservative, publicado originalmente en Crisis Magazine en 2021.
- Traducción de Carmelo López-Arias.