Lunes, 10 de agosto de 2020

Religión en Libertad

Cartas del sobrino a su diablo (XXVII)


por Juan Manuel de Prada

Opinión

[El escritor Juan Manuel de Prada está llevando desde hace semanas su particular diario de la pandemia en forma de punzantes Cartas del sobrino a su diablo, evocando la célebre obra de C.S. Lewis. Recogemos una de las últimas entregas.]

Debo reconocer, ¡oh titorroide hemorrágico!, que a veces esta chusma arcillosa logra conmoverme vivísimamente. Como bien sabes, desde niño me florecieron unas almorranas del tamaño de cocochas de merluza, que se disponen en siete círculos concéntricos, festoneando mi ano -pebetero siempre humeante-, a modo de siete faralaes. Pues, ¿querrás creer que así, exactamente así, dispusieron la escenografía de la tenida celebrada en el Palacio Real? Un pebetero en el centro y siete círculos en derredor, formados por adoradores nuestros, todos ellos con una cara de cococha pútrida que daba gloria verlos, dispuestos todos a lamer mis almorranas. ¿Cómo no voy a emocionarme? Pero, como la intención es lo que cuenta, les puse a todos mascarilla, para que no se les viese salivar golosones ante las cámaras. Hay que cuidar las formas, para que los televidentes lobotomizados no se pispen de nuestras ceremonias.

¿Por qué sé que eran todos adoradores nuestros? Por la sencilla razón, ¡oh titolopendra cochinilla!, de que quien no reza al Enemigo, reza al diablo (y me perdonarás si parafraseo al requetejopu de Léon Bloy). Para que esta chusma arcillosa pudiera rezarnos inventamos los minutos de silencio, que el capullo de Foxá llamaba «la cáscara vacía de la oración»; pero, como los hombres que han abandonado al Enemigo son enseguida poseídos por el horror vacui, esa cáscara vacía necesita colmarse con un sucedáneo. Del mismo modo que las barrigas que no están llenas de alimento se llenan de aire (y entonces entonan borborigmos), las almas que no están llenas de oraciones al Enemigo se llenan de oraciones a nuestra Legión (y entonces las infestamos).

¡Homenaje a las víctimas del coronavirus, lo denominaron! Al escuchar tamaña burla, tintinearon alborozadas mis almorranas, como si fuesen perendengues. Un homenaje es un acto de amor; pero sólo se puede amar aquello que se conoce. Y las víctimas del coronavirus -muchas más que las reconocidas por nuestros adoradores, que en el homenaje burlón repetían un número absurdo, como en un sorteo de la lotería- nadie las conoce, porque son muchos miles. Un muerto -decía el venerable Stalin- es una tragedia, pero muchos miles de muertos son pura estadística. Y como no se puede amar una pura estadística, los hombres que no han sido infestados celebran una misa y ofrecen ante el altar esos muertos anónimos al Único que los conoce personalmente y tiene contados los pelos de sus cabezas. Por eso, en la guerra, frente a los homenajes sin amor al Soldado Desconocido que organizaban nuestros dilectos liberales, los cabrones de los carlistas homenajeaban amorosamente a sus héroes con una misa, porque -como reza su execrable lema- «Ante Dios nunca serás héroe anónimo».

Pero en este homenaje ninguna víctima del coronavirus ha sido honrada, porque ninguno de nuestros adoradores (y mucho menos nosotros) puede ver en ellos sino pura estadística. O, como escribía el hijodelagrán de José María Pemán, en uno de los poemas más asquerosamente sublimes de la poesía española: «Nadie es nada. Todos son/ sílabas que se resumen/ en un romance sin nombre/ y en un olvido sin cruces». Así nos los ofrecen nuestros adoradores, ¡oh titaracha pestilente!, para nuestro regocijo: convertidos en una nada sin nombre y en un olvido sin cruces.

Y sin embargo… ¿Sabes cómo acaba el poema de Pemán? «Pero Dios sabe sus nombres/ y los separa en las nubes». Por mucho que los adoradores de tu sobrino Orugario honren su augustísimo pebetero, el Enemigo siempre tiene la última palabra, y pone nombre a cada muerto. Y así todo nuestro gozo termina en un pozo.

Publicado en ABC.

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