Lunes, 18 de noviembre de 2019

Religión en Libertad

¿Reinventar la Acción Católica?


por Vicente Alejandro Guillamón

Opinión

Quienes todo lo que somos en el aspecto religioso lo debemos a la Acción Católica, recordamos con añoranza aquellos años en los que adquirimos una fe acaso elemental, pero sólida, a prueba de dudas y secularismos ambientales, aunque sin fanatismos.

En los círculos de estudios semanales no sólo comentábamos el Evangelio del domingo siguiente, sino que hablábamos, sin mucha moderación verbal, de todo cuanto guardase alguna relación, o no, con la Iglesia. Gente joven, ardorosa, en general sin demasiada preparación religiosa previa, decíamos muchas tonterías y puede que alguna herejía inocente, mas para eso estaba el consiliario, para enderezar el rumbo de las demasías expresivas, pero sin coartar el ambiente participativo de aquellas reuniones.

La Acción Católica que creó Pío XI tenía un enfoque bien definido como movimiento claramente seglar –"la participación de los seglares en el apostolado jerárquico de la Iglesia”, decía su definición– y de carácter básicamente parroquial, bajo la supervisión y guía espiritual de los obispos diocesanos. O sea, nada de chiringuitos de fundadores personales y extrañas liturgias, sino dentro del acervo común del quehacer de la Iglesia.

Aquella Acción Católica prestó grandes servicios a la expansión de la fe allí donde arraigó. En España fueron los propagandistas (Asociación Católica Nacional de Propagandistas, ACNdeP, en estos tiempos sin la N) los grandes impulsores de su difusión, con excelentes frutos en todas partes, y numerosos mártires a causa de la persecución roja durante la guerra civil.

Pese a tanto fruto, no todo fueron glorias. Un exceso de reglamentismo y minuciosidad ordenancista impedía un desarrollo más generalizado. Dividida en cuatro ramas: jóvenes, jóvenas –que decía Carmen Romero–, con sus correspondientes aspirantados, hombres y mujeres, que no se juntaban para nada, no fuera cosa que pidieran caer en alguna tentación pecaminosa.

Lo peor, sin embargo, vino después, con un progresivo fraccionamiento de las ramas generales en los movimientos llamados específicos, que al final acabó como el rosario de la aurora. De la rama general se fueron segregando los movimientos obreros (JOC [Juventud Obrera Católica], HOAC [Hermandad Obrera de Acción Católica] y la ACO [Acció Catòlica Obrera] en Cataluña, que ni siquiera se trataban entre sí), el estudiantil (JEC [Juventud Estudiante Católica]), el rural, el “independiente” –que nunca supe a quienes integraba–, etc.

Estos movimientos, cuyo particularismo en algunos casos los reducía a la insignificancia, con el paso del tiempo se fueron politizando, mejor dicho, se fueron ocupando de los problemas profesionales y sociales que les afectaban, como reflejaban sus publicaciones. A falta de libertades políticas, las asociaciones católicas vinieron a ser un sucedáneo de actividad más o menos politizada, reflejo de los modos europeos que llegaban a España por las rendijas cada vez mayores que se abrían en las defensas herméticas de aquel régimen.

El estallido final vino cuando se creó la UNAS (Unión Nacional de Asociaciones Seglares), que presidió Enrique Miret, miembro de los hombres de Acción Católica, y de consiliario ejercía Abel Hernández, que posteriormente se secularizó. Por parte de la jerarquía actuaba de consiliario nacional de Acción Católica don José Guerra Campos, entonces obispo auxiliar de Madrid, siendo arzobispo de esta archidiócesis don Casimiro Morcillo, a su vez presidente de la Conferencia Episcopal Española, creada no hacía mucho.

Los enfrentamientos entre la UNAS y la jerarquía empezaron a menudear. Entonces, monseñor Guerra Campos, apoyado por otros obispos, todavía numerosos, afectos al régimen, tomó la drástica decisión de disolver la Acción Católica en todas sus ramas y movimientos. De la liquidación se salvaron la JOC y la HOAC, que ya se habían emancipado de toda dependencia o relación con la Acción Católica general. De manera que no hicieron ningún caso de lo que dijera o hiciese don José Guerra Campos.

Pero, a lo que quería llegar: ¿sería posible actualmente reinventar algo parecido a lo que fue aquella Acción Católica tan fecunda? Para mí sería un regalo del cielo en mi vejez, pero lo veo difícil, por no decir imposible. Falta el humus que tuvimos en su día, el ambiente propicio dentro de la misma Iglesia. Si alguien lanzara la idea, no arraigaría. Sin embargo, la Iglesia está necesitando, como el aire que respira, un movimiento de carácter general y base parroquial, que la saque del pantano en que se halla. Todo lo que no sea una iniciativa de carácter general no pasarán de ser parches dispersos, sectas al modo protestante pero en clave católica, fraccionalistas y de vuelo gallináceo. De eso ya tenemos en abundancia y no vemos que se expandan tanto como sería necesario para hacer frente al laicismo o indiferentismo que nos invade.

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