Religión en Libertad

Bianca Thoilliez: «Frente a la cultura emotivista, necesitamos una cultura del sentido»

La escuela tiene una misión que no se mide en resultados inmediatos: formar sujetos capaces de comprender, de cuidar y de juzgar.

La escuela tiene una misión que no se mide en resultados inmediatos: formar sujetos capaces de comprender, de cuidar y de juzgar.National Cancer Institute / Unsplash

Luis Javier Moxó Soto
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Bianca Thoilliez, profesora titular de Teoría e Historia de la Educación en el departamento de Pedagogía de la Universidad Autónoma de Madrid, acaba de publicar Conservar la educación (Encuentro), un ensayo donde reflexiona sobre la necesidad de fundamentar la labor educativa en lo permanente, no en lo accesorio.

-Usted propone una pausa crítica para reflexionar sobre la educación y su papel en la sociedad actual...

-En el libro propongo una pausa crítica no como detención, sino como condición de lucidez. Vivimos rodeados de discursos sobre innovación, evaluación o futuro, pero raramente nos detenemos a pensar qué entendemos por educar. Esa pausa crítica nos permite suspender la inercia del movimiento constante y volver a mirar el sentido de lo que hacemos. 

»Una sociedad que no se concede pausas acaba funcionando por impulsos, sin conciencia de lo que transmite. En educación, esa pausa es vital: nos permite distinguir entre lo accesorio y lo esencial, entre lo urgente y lo importante, entre lo que cambia y lo que debe permanecer. Esa pausa, además, es una actitud ética: un modo de resistir a la lógica de la prisa, de recuperar el juicio, de volver a hablar de educación en términos de fines y no solo de medios. Sin esa pausa, el discurso educativo se vuelve repetición o consigna. Con una pausa que se convierte en una espera esperanzada, el discurso educativo puede volver a ser pensamiento y promesa, reflexión y horizonte.

Bianca Thoilliez es profesora de Teoría e Historia de la Educación en la Universidad Autónoma de Madrid.

Bianca Thoilliez es profesora de Teoría e Historia de la Educación en la Universidad Autónoma de Madrid.Ediciones Encuentro

-¿Qué valores y principios deben guiar la educación en la escuela, en un entorno cada vez más presionado por la eficiencia y los resultados?

-Defiendo una escuela comprometida con la formación humana, no subordinada a la lógica de la inmediatez ni al mercado de las competencias. La escuela tiene una misión que no se mide en resultados inmediatos: formar sujetos capaces de comprender, de cuidar y de juzgar. Los valores que deben guiarla son antiguos y, precisamente por eso, permanentes: el amor al conocimiento, la búsqueda de la verdad, la responsabilidad hacia los otros, el respeto por la palabra, la atención al mundo. Son virtudes cívicas y morales a la vez. Preservarlas exige proteger la ecología interna de la escuela: sus tiempos lentos, sus ritos, sus vínculos, sus silencios. La presión de la eficiencia y de la medición tiende a deshacer esos espacios. Pero una escuela sin tiempo, sin conversación y sin autoridad pedagógica deja de ser escuela. Frente a la cultura emotivista, necesitamos una cultura del sentido: no sentir más, sino educar mejor.

Bianca Thoilliez, 'Conservar la educación'

Bianca Thoilliez, 'Conservar la educación'Ediciones Encuentro

-¿Qué se pierde cuando se priorizan la eficiencia y la inmediatez sobre la formación humana?

-Cuando se sacrifica el tiempo de la enseñanza al tiempo de la productividad, se pierde algo irrecuperable: el carácter humanizador de la educación. Educar no es fabricar resultados, sino acompañar procesos. El libro defiende una pedagogía de la espera, entendida como una pedagogía de la esperanza: enseñar es confiar en que lo enseñado germinará en otro tiempo, que es difícil de predecir, del alumno. Los vínculos (entre generaciones, entre profesores y alumnos, entre saberes y mundo) se resienten cuando se impone la lógica de la inmediatez. Si todo debe justificarse por su utilidad inmediata, el valor del saber, de la palabra o de la lectura profunda desaparecen. 

-¿Cómo recuperar lo esencial?

-Recuperar lo esencial exige preservar los bienes escolares: los saberes compartidos, los espacios de conversación, los gestos cotidianos de transmisión. La escuela no necesita ser otra cosa que escuela: un lugar donde el tiempo se detiene lo suficiente como para que algo pueda arraigar.

-¿Cómo influye la educación en la sociedad y en la forma en que las personas se relacionan?

-La educación no es un reflejo de la sociedad, es su laboratorio moral y cultural. Lo que sucede en las aulas configura la forma en que una comunidad se entiende a sí misma. Si la escuela educa en la atención, en la palabra, en la empatía y la justicia, esos valores acaban irradiando al conjunto social. Por eso insisto en que la escuela no es solo un servicio, sino una institución democrática y democratizadora: un espacio común donde todos, con independencia de su origen, tienen que tener la oportunidad de acceder a los mismos bienes culturales. Educar es ofrecer a cada alumno la posibilidad de participar del mundo común, no como consumidor, sino como ciudadano. Una sociedad que renuncia a esa misión, que deja de transmitir su herencia y de cuidar los lazos que la sostiene, termina rompiendo su continuidad cultural y moral. La escuela, en cambio, puede ser el lugar donde se aprende que la libertad y la justicia no son ideas abstractas, sino formas de vida compartidas. Que podemos ser más solidarios y menos crueles.

-¿Qué se puede lograr con una reflexión y una crítica más profundas sobre la educación?

-Conservar la educación no es una consigna nostálgica, sino un gesto crítico y esperanzado. La conservación de la educación no significa resistirse al cambio, sino distinguir entre lo que puede cambiar y lo que no debe perderse. Es, como digo en el libro, un “argumento progresista para una idea conservadora”: conservar para poder renovar con sentido. 

»La reflexión y la crítica son las herramientas con las que una sociedad revisa sus fines educativos. Sin pensamiento crítico, la educación se convierte en mera gestión. Sin reflexión, los conceptos (felicidad, diversidad, innovación) se vacían y se convierten en significantes vacíos. Es necesario recuperar la responsabilidad de pensar la educación como bien común. Lo que a su vez nos permite recuperar la palabra “enseñanza” sin complejos, reconocer en ella una práctica humana y cultural que merece ser cuidada. 

»En última instancia, reflexionar críticamente sobre la educación es un acto de amor al mundo: preguntarnos qué vale la pena transmitir y a quién se lo confiamos.

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