Religión en Libertad

Jesús no se quedó donde funcionaba

La incomodidad no es un efecto colateral del Evangelio, sino parte de su estructura. Y quizá por eso llevamos siglos intentando suavizarla

San Marcos, evangelista

San Marcos, evangelista

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Hay verdades que no envejecen porque sean falsas, sino porque nunca aceptamos del todo sus implicaciones. Una de ellas es esta: la incomodidad no es un efecto colateral del Evangelio, sino parte de su estructura. Y quizá por eso llevamos siglos intentando suavizarla, traducirla o, directamente, decorarla.

En Marcos 1,29-39, Jesús hace algo que, desde cualquier manual contemporáneo de gestión personal o liderazgo, resulta desconcertante. Cura, atrae multitudes, genera expectativa. Todo indica que ha encontrado el lugar adecuado, el ritmo correcto, la necesidad real. Y justo entonces, se va. No ajusta la agenda. No capitaliza el momento. Se levanta de madrugada, se retira a orar y, cuando le dicen que todos lo buscan, responde con una frase que no encaja en ninguna estrategia de posicionamiento: “Vámonos a otra parte”.

Aquí conviene detenerse. Jesús no huye del conflicto ni del esfuerzo. Se niega a instalarse en el lugar donde el bien empieza a volverse cómodo. Porque sabe —y esto es clave— que incluso lo bueno puede convertirse en una forma de desobediencia cuando deja de estar orientado a la misión y empieza a responder a la demanda.

Nuestra cultura espiritual, sin embargo, ha aprendido a medir la verdad por su capacidad de generar bienestar. Si algo exige demasiado, sospechamos. Si incomoda, lo reinterpretamos. Si no nos hace sentir bien, lo corregimos. El Evangelio de Marcos propone otra lógica: la verdad no se valida por el confort que produce, sino por la fidelidad que exige.

Jesús no “sale de la zona de confort” en el sentido motivacional del término. No hay aquí narrativa de superación ni épica interior. Hay obediencia. Y la obediencia, a diferencia del entusiasmo, no se negocia con el estado de ánimo ni con el reconocimiento externo.

Resulta casi irónico que hoy necesitemos escuchar esta misma idea formulada en versiones más digeribles: impresa en una taza optimista, resumida en una frase inspiradora o explicada en un retiro con estética cuidadosamente austera. Si no tiene un envoltorio amable, nos cuesta creerla. Si no es emocionalmente atractiva, dudamos de su relevancia.

Jesús, en cambio, no ofrece experiencia. Interrumpe expectativas. Cuando le dicen “todos te buscan”, no interpreta la frase como confirmación de éxito, sino como advertencia. No confunde necesidad con misión. No convierte la acogida en criterio último. Simplemente responde que no ha venido a quedarse allí.

Ese “allí” no es solo un lugar físico. Es el punto en el que la acción empieza a sustituir a la escucha, donde la eficacia amenaza con desplazar la obediencia. Marcos construye su Evangelio desde el movimiento constante: salir, pasar, ir a otra parte. Permanecer demasiado tiempo es siempre una tentación.

La oración, en este pasaje, no cumple una función terapéutica. No sirve para recargar energía ni para gestionar emociones. Es el espacio donde Jesús recuerda quién decide el rumbo. Reza para no quedarse. Nosotros, con frecuencia, rezamos para confirmar que quedarnos es legítimo.

Quizá por eso este texto incomoda tanto. Porque desmonta una convicción muy extendida: que Dios quiere, ante todo, que estemos bien. El Dios que aparece aquí parece querer algo más exigente y menos tranquilizador: que estemos disponibles. Y la disponibilidad rara vez coincide con la comodidad.

Seguimos buscando fuera lo que ya estaba dicho, pero sin atajos ni adornos. Jesús no prometió una vida confortable. Prometió una vida verdadera. Y, por alguna razón, seguimos prefiriendo que nos lo recuerde una taza antes que el Evangelio.

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