Julio Borges: «Venezuela necesita un renacer espiritual para reconstruir su alma social»
Le quitó la careta a Maduro para que el mundo supiera que no era una “democracia defectuosa” sino una estructura criminal.

Julio Borges Junyent, un político de sólida formación intelectual política, filosófica y teológica.
Hay nombres que en los pasillos de Miraflores no se pronuncian; se escupen. El de Julio Borges (Caracas, 1969) encabeza esa lista negra. La inquina que la cúpula de la dictadura venezolana (Maduro, Diosdado Cabello, Delcy y Jorge Rodríguez) siente por él se debe a la eficacia institucional que desplegó cuando estuvo al frente de la Asamblea Nacional de Venezuela (2017).
Borges que es abogado, filósofo, fundador del partido político Primero Justicia, además de padre de familia numerosa, entendió que el régimen venezolano no era una democracia defectuosa, sino una estructura criminal que necesitaba reconocimiento internacional y flujo de caja para sobrevivir.
Con la paciencia de un estratega, Borges se convirtió en el hombre que le quitó la careta a la dictadura ante la comunidad global. ¿Cómo? Procuró la asfixia financiera. Y para ello lideró la ofensiva para advertir a la banca internacional de que cualquier préstamo no aprobado por el Parlamento era ilegal, cerrándole a Maduro los grifos del endeudamiento que sostenían su dictadura.
Además, se negó a legitimar a Maduro al levantarse de la mesa de negociación en República Dominicana (2018), que hubiera supuesto un blanqueamiento de la dictadura.
Y, por último, fue el puente que unió a la oposición con el Grupo de Lima, la Unión Europea y Washington, logrando un cerco diplomático sin precedentes a Maduro.
El precio de vivir en la verdad
Su valiente testimonio en pro de la defensa de los derechos humanos y la democracia en Venezuela ha tenido como resultado un exilio forzoso en Valencia (España), y la persecución permanente que sufren él y su familia por parte de la dictadura.
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Con Julio Borges Junyent, autor de “La posmodernidad en jaque” (LibrosLibres), hablamos de lo que está sucediendo hoy en Venezuela:
-Sí, hay esperanza. Pero no una esperanza ingenua, de fuegos artificiales. Hablo de la esperanza que nace cuando un pueblo descubre que el miedo no es eterno y que el poder que parecía invencible era, en el fondo, un edificio sostenido por la mentira, la intimidación y el chantaje.
La Iglesia ha sido la columna moral de Venezuela cuando el Estado se convirtió en agresor
-La salida de Maduro y su círculo —que convirtieron a Venezuela en un laboratorio de represión y corrupción— abre una oportunidad histórica: ser una democracia plena y justa. Sin embargo, esa esperanza solo se vuelve realidad si el país transforma este momento en una transición democrática verdadera, con reglas, justicia y un horizonte de reconciliación. La esperanza no es un sentimiento es una tarea.

"La posmodernidad en jaque. Un debate entre C. S. Lewis y Gianni Vattimo", de Julio Borges y Javier Ormazabal.
-En este sentido lo espiritual importa muchísimo. Porque después de tantos años de destrucción humana, el gran desafío no es solo reconstruir instituciones; es reconstruir el alma social: la confianza, la verdad, la dignidad, la convivencia. Sin esa base, cualquier cambio se queda a mitad de camino.
-Venezuela hoy es el contraste entre un pueblo valiente y un sistema que intentó deshumanizarlo. En lo cotidiano, hay heridas profundas: familias partidas por el éxodo, servicios básicos frágiles, salarios insuficientes, miedo acumulado, y una normalización peligrosa de la arbitrariedad: “no te metas”, “no hables”, “no denuncies”. La dictadura no solo empobreció bolsillos: intentó empobrecer conciencias.
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En libertades y derechos humanos, el daño no es abstracto. Hay persecución política, torturas, detenciones arbitrarias, chantaje a funcionarios y militares, y una cultura de impunidad que mandaba un mensaje brutal: “Aquí no hay ley, hay poder”. Eso marca a una sociedad: la vuelve desconfiada, silenciosa, cansada.
La dictadura no solo empobreció bolsillos: intentó empobrecer conciencias
Pero la fotografía completa tiene otra cara: la resistencia moral. Venezuela también es madres sosteniendo hogares, jóvenes defendiendo la verdad, organizaciones de derechos humanos documentando lo que otros querían borrar, sacerdotes y laicos acompañando al que sufre, y una fe que se negó a desaparecer. Esa es la semilla del renacimiento.
-La censura ha sido una columna del régimen. No solo censura directa, sino autocensura inducida: licencias como arma, cierre y compra de medios, presión económica, amenazas, y el bloqueo o debilitamiento de la libertad digital. El objetivo era claro que la mentira fuera el aire que respirara la gente.
Si Venezuela quiere renacer, hay que desmontar ese sistema. No se trata de sustituir una propaganda por otra, sino de garantizar libertad real: acceso a la información, pluralidad, transparencia sobre la propiedad de medios, y reglas limpias para que nunca más un gobierno convierta la comunicación en una maquinaria de sometimiento. Democratizar los medios, la mayoría depende o son de la dictadura. El internet está bloqueado para la información y muchos medios han sido cómplices de esta política de la dictadura.
-Ese es uno de los puntos morales más urgentes. La transición democrática empieza por una medida concreta e irrenunciable: libertad inmediata de todos los presos políticos, civiles y militares. Personas que fueron encarceladas por pensar distinto, por exigir justicia, por oponerse a la dictadura, y muchas veces sometidas a tratos crueles y degradantes.
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Un país no puede inaugurar su futuro dejando a inocentes tras las rejas. Si el nuevo tiempo nace con presos políticos, nace contaminado. Por eso, la liberación plena y verificable debe ser una prioridad del primer día, junto con garantías de no repetición.
En este momento las liberaciones han sido un número minúsculo. Hay cerca de 800 presos políticos, civiles y militares que estamos presionando para su libertad. Para nosotros particularmente importante el caso de Juan Pablo Guanipa.
-No han faltado; han sobrado, y a un costo enorme. Lo que ha faltado muchas veces es que el mundo entienda el precio de vivir sin mentiras bajo un Estado que castiga la verdad.
Vivir sin mentiras en Venezuela fue decir “esto es una dictadura” cuando era peligroso decirlo. Fue documentar violaciones de derechos humanos, defender presos, sostener sindicatos, universidades, periodistas, ONG, familias enteras. Fue votar con dignidad cuando el sistema quería convertir el voto en una burla. Fue rezar públicamente por la libertad cuando el régimen quería expulsar a Dios de la plaza pública.
Si el nuevo tiempo en Venezuela nace con presos políticos, nace contaminado
Ese testimonio no es marginal: es el corazón de la nación. Un país se salva cuando hay una minoría —y a veces una mayoría silenciosa— que decide no arrodillarse ante la mentira. Venezuela ha tenido esa reserva moral.
-Se necesita claridad y coraje. Claridad para entender que esto no puede terminar en un simple “relevo interno” del chavismo. Y coraje para desmantelar, con legalidad, los pilares del sistema.
Concretamente:
- Liberación total de presos políticos y retorno seguro de perseguidos y exiliados.
- Desarme y desmantelamiento de grupos paramilitares y estructuras armadas irregulares que han amedrentado barrios y regiones con licencia del poder.
- Elecciones inmediatas, claras y verificables: gobernadores, alcaldes, Asamblea Nacional y presidencia, con un cronograma serio.
- Renovación del árbitro electoral: un CNE confiable, auditorías técnicas, observación internacional robusta y condiciones reales para el voto dentro y fuera del país.
- Libertad de conciencia y de expresión: desbloqueo de internet, fin de la persecución por opinión, garantías para medios y periodistas.
- Revisión transparente del ecosistema mediático: quiénes son los dueños, cómo se financian, y cómo se recupera su función democrática, para que dejen de ser instrumentos del régimen.
- Impedir el reciclaje del poder: que Delcy Rodríguez u otros operadores del sistema pretendan presentarse como “continuidad moderada” de lo mismo. Venezuela no necesita maquillaje: necesita ruptura democrática.
- Ayuda internacional con foco y límites: Venezuela necesita apoyo fuerte, sí, pero con un objetivo claro: volver a la democracia y que el país sea dueño de su destino. Cooperación, no tutelaje.
- Una transición sin estos elementos es frágil; con estos elementos, es posible. Nos toca seguir empujando con fuerza para no perder el foco más importante, la libertad del pueblo.
Me refiero a algo muy concreto: después de años de mentira institucional, violencia y corrupción, el país necesita volver a aprender lo esencial: que cada persona tiene dignidad; que la verdad existe; que la vida no es una selva; que el poder no está por encima del bien.
El renacer espiritual es recuperar el sentido de comunidad, de responsabilidad, de perdón sin impunidad, de justicia sin odio. Es volver a educar en virtudes cívicas: honestidad, servicio, respeto, trabajo, solidaridad. Es reconstruir la confianza: en la palabra, en la ley, en el vecino.
La fe se negó a desaparecer y hoy es la semilla del renacimiento
Venezuela necesita volver a beber de sus raíces cristianas. No para imponer una fe, sino para recuperar una verdad humana: sin un fundamento moral, la democracia se queda sin alma.
La Iglesia ha sido una columna moral del país. Ha acompañado a las víctimas, ha sostenido comunidades, ha denunciado abusos, ha defendido la dignidad humana cuando otros se callaban. En muchos lugares, donde el Estado se retiró o se convirtió en agresor, la Iglesia permaneció.
Y por eso la dictadura intentó dividirla: sembrar sospechas, presionar, comprar silencios, hostigar. Particularmente intentó golpear a la jerarquía y aislarla del pueblo, porque sabía que una Iglesia unida es un muro frente al totalitarismo.
"Sin un fundamento moral, la democracia se queda sin alma"
En ese contexto, yo quiero subrayar la valentía y el testimonio del Cardenal Baltasar Porras y del Cardenal Padrón: bastiones de serenidad y claridad moral, voces que recordaron que la política sin ética termina en barbarie. La historia de estos años no puede contarse sin esa presencia.
Venezuela no ha llegado al nivel de persecución sistemática que se ha visto en Nicaragua, pero sí ha existido hostigamiento, amenazas, campañas de difamación y presiones contra la Iglesia, especialmente contra quienes han sido firmes en la denuncia y en la defensa de los derechos humanos.
La dictadura entendió que la Iglesia es peligrosa para el totalitarismo por una razón simple: la Iglesia le recuerda a cualquier poder que existe un límite, que la conciencia no se compra, y que el ser humano no es propiedad del Estado.
Con la salida de Maduro, esto debe cambiar. El nuevo tiempo debe garantizar libertad religiosa plena y respeto a la misión pastoral, sin intimidaciones ni manipulaciones.
Sí, en gran medida sí. Porque el corazón de esta tragedia no ha sido solo político; ha sido moral. En Venezuela se quiso imponer una visión del poder donde el fin justifica cualquier medio, donde la mentira es política pública y donde la violencia es un instrumento normal.
Cuando uno enfrenta eso, descubre que está defendiendo algo más profundo que un programa: está defendiendo la dignidad humana, la verdad y la libertad interior. Eso, en última instancia, es espiritual.
La política, cuando es noble, es una forma de caridad pública. Pero para sostenerla en medio del odio y el exilio, uno necesita una fuerza que no viene solo de la estrategia: viene de la conciencia, de la fe, de la oración, de saber que la verdad no es negociable.
Ha valido la pena porque Venezuela vale la pena. Y porque si uno renuncia a luchar por el bien común por miedo al costo, entonces la dictadura no solo te quita la patria: te quita el alma.
Sí, el costo ha sido enorme. Familia, seguridad, exilio, amenazas, pérdidas materiales y heridas que no se exhiben. Pero el sentido de todo esto no es el sacrificio en sí; es la esperanza de que un día Venezuela pueda mirar atrás y decir: “No todos se rindieron, no todos se vendieron, no todos callaron”.
Hoy estamos ante la posibilidad de una transición, es precisamente por esa suma de resistencias: de tantas familias, de tantos jóvenes, de tantas comunidades, de tantos pastores. La esperanza no nació hoy: venía caminando desde hace años, a veces de rodillas, pero caminando.