La Iglesia en Venezuela: un faro de esperanza en la tormenta
Macky Arenas: "La Iglesia debe ser más presente y valiente en defensa de los derechos humanos"

Macky (María Cristina) Arenas, periodista y activista católica.
En un momento de creciente polarización y violencia en Venezuela, la Iglesia católica se erige como un faro de esperanza para el pueblo venezolano. Macky Arenas, periodista y activista católica, nos habla sobre la situación en el país y el papel que la Iglesia puede jugar en la búsqueda de soluciones.
Socióloga y comunicadora, desde hace 40 años trabaja en radio, televisión y prensa escrita. Actualmente es responsable de dos páginas web católicas: Reporte Católico Laico y una llamada Encuentro Humanista, también dedicada a la difusión del pensamiento humanista cristiano.
En esta entrevista, Arenas destaca la importancia de la hospitalidad y la generosidad cristiana, y llama a la Iglesia a ser más presente y valiente en su defensa de los derechos humanos. Resalta la necesidad de una Iglesia que mire más allá de los recelos y aprensiones, y se coloque en el centro de los acontecimientos para guiar al pueblo venezolano hacia la justicia y la libertad.
-¿Cómo crees que la Iglesia venezolana puede promover la hospitalidad y la generosidad cristiana en un contexto de creciente polarización y violencia?
-El venezolano es hospitalario y generoso por tradición. Eso se ha hecho patente en medio de las peores tragedias y momentos duros que hemos vivido, especialmente durante las últimas dos décadas. La jerarquía eclesiástica ha hecho llamados a la calma, al diálogo, a mantener la esperanza y evitar la violencia. Ha manifestado “acompañamiento y cercanía con el pueblo de Dios”. Ha sido diligente, constante y eficiente en organizar ayudas a través de Caritas y otras organizaciones diocesanas a lo largo de toda la emergencia humanitaria que los venezolanos hemos sufrido.
»Durante las dictaduras anteriores, la de Juan Vicente Gómez (1908-1935) y la de Marcos Pérez Jiménez (1952-1958), la voz de los obispos fue determinante. Pienso en Monseñor Lucas Guillermo Castillo en la primera y en Monseñor Rafael Arias Blanco en la segunda, quien, como lo presenté una vez, fue el arzobispo que enseñó a escribir pastorales en dictaduras.
»En la Iglesia hay que asumir la política como una misión, no para ubicarse de un lado o de otro, no para favorecer una determinada postura ideológica, ni llamar a la revuelta, ni cargar la mano a un partido o a un elenco dirigencial, sino para señalar hojas de ruta, para poner sobre la mesa todo aquello que amenace o viole los derechos humanos, para recordar cuál es el deber de los cristianos –la gran mayoría de los venezolanos se reconoce seguidor de Cristo– en semejante contexto.
»Necesitamos más Evangelio y menos cautelas, más compromiso y menos temores. La Iglesia es sabia y parte de esa sabiduría procede de compartir penas y alegrías con las generaciones por milenios y en lidiar con sátrapas de todo pelaje sin perder su norte profético. Sería sumamente útil en estos momentos contar con una Iglesia que mirara más allá y se colocara por encima de los recelos y aprensiones. La gente, en este país, siente la palabra de la Iglesia como guía, pero la necesita también como motor para la marcha y sostén de la esperanza.
»Es decir, creo que el país extraña una Iglesia más presente en el centro de los acontecimientos que estamos confrontando. Con una voz que hable por quienes no la tienen. Una Iglesia en silencio, no solo episcopal, cuando aún puede hablar, prefigura la conducta que la sociedad asumirá. Nadie ignora lo que está pasando: Venezuela se encuentra ahora en cuanto mapa no figuraba y nuestros pastores deberían tener un protagonismo mayor en la orientación a un país en el que la Iglesia, tradicionalmente, nunca ha estado ausente. Es lo que deseamos.
»Es cierto que el caso Nicaragua ha representado, como “síndrome”, una influencia muy dañina. Pero el sobresalto por vivir algo semejante no debe ser un impedimento para que se cumpla la misión. Y tal parece que no es fundada esa conjetura: ya Ortega, viendo las barbas del vecino arder, anunció la liberación de “cientos” de presos políticos. Parece que se debilitan por horas.
-¿Qué papel crees que los laicos pueden jugar en la Iglesia venezolana en estos momentos?
-Esto merece unas precisiones. La primera es que una cosa es lo relativo a laicos como “personas” individuales, actuando en plano evangelizador bajo la directa orientación de la jerarquía, otra es hacerlo en los “areópagos de la vida pública”, bajo su propia responsabilidad. Y otra es, aguas abajo, el laicado, entendido como movimientos organizados, que se ha movido en la misma precavida tónica. No ahora, cuando el máximo temor ha sido incubado y se ha apoderado - con razón- de la población, sino desde que se podía expresar opiniones con alguna flexibilidad, esa voz no se escucha.
»Antes y más allá de cualquier otra consideración, asumir ese compromiso, derecho y deber como ciudadanos y bautizados, es responsabilidad de nosotros los laicos, sin excusa de que la jerarquía lo autorice o promueva.
»Me atrevería a decir, de manera específica, que la mayoría de los detenidos, torturados, desaparecidos, pertenecen a familias católicas. Estamos obligados, moralmente, a respaldarlos en su lucha, a pedir justicia, a bregar por su libertad. Es lo menos que se puede hacer en un encuadre donde la arbitrariedad, la humillación y la impunidad campean a sus anchas.
»Hay sacerdotes, en sus respectivas parroquias, que hablan, que exhortan y se arriesgan. Pero el respaldo del laicado organizado no se percibe. Ni una palabra, ni un comunicado, ni una queja.
»De nuevo, en dictadura es complejo, y no es cosa ni de lamentarse ni menos aún de señalar responsabilidades, pero la Iglesia —y todos lo somos— siempre tiene maneras de decir las cosas, cómo ser contundente y hacerse sentir proclamando sus principios y valores irrenunciables.
»Supongo que se trata de alguna forma de clericalismo que se ha mineralizado y eso explica la inacción. Por otra parte, en honor a la verdad, es mucha la gente, católica, que enfrenta situaciones y lo hace con dignidad y coraje. Es un cuadro variopinto y a veces confuso, propio de las situaciones que estamos viviendo.
»Ahora bien, insisto, preocupa que tantos movimientos eclesiales estén en deuda con las comunidades que sufren, aunque de alguna forma ejerzan la caridad. Porque, obviamente, como asistencia, eso es necesario, pero no suficiente.
»Creo que se impone el discernimiento, la reflexión y la autocrítica. Tendrá que llegar, en el seno de nuestra Iglesia. Definitivamente, creo que los laicos en general hemos podido —y podremos hacer— mucho más de lo que estamos haciendo.
-¿Qué mensaje le darías a los venezolanos en este momento de incertidumbre política?
-La historia es pródiga en sugerencias. El asunto es su pertinencia y oportunidad, lo que exige lucidez, “parresía” y humildad. Vale el mensaje de Churchill: "Quien se humilla para evitar la guerra, se queda con la humillación y con la guerra". No dejarse vencer. Permanecer unidos en el objetivo de recuperar las libertades, la democracia, la vigencia de los derechos civiles y humanos y la solidaridad y hermandad entre los venezolanos.
»No sé en qué parará todo esto, nadie puede saberlo a ciencia cierta, pero el venezolano siempre dice: “Pa´lante es pa´llá” y señala al frente. Hay que insistir, persistir, resistir y nunca desistir. Eso hemos hecho por más de dos décadas, hemos ido cambiando las formas de lucha de acuerdo a los escenarios que se nos han ido presentando y estoy segura de que lo seguiremos haciendo. Esto no es una imagen épica ni un recurso emocional, pero mientras haya un venezolano con vida y con el corazón en su lugar, seguirá luchando por la Venezuela que queremos. Amamos a nuestro país y abandonar es impensable.
-El Papa León XIV ha expresado su preocupación por la situación en Venezuela. ¿Qué crees que quiere transmitir a los venezolanos?
-Estoy convencida de que sus 40 años viviendo en un país latinoamericano han permitido a Su Santidad León XIV un conocimiento privilegiado sobre nuestra particular realidad. Él es uno más de nosotros. ¡40 años es toda una vida! Sabe de nuestros anhelos y también “de qué pata cojeamos”.
»Sus menciones a Venezuela, para los venezolanos, muestran una sincera preocupación por nuestro destino, pero, más allá de ello, revelan una ocupación en sensibilizar a la comunidad internacional en torno a nosotros.
»También se ocupa, y eso es obvio, de poner en marcha algunos mecanismos de la diplomacia vaticana que incidan en favor de los derechos de los venezolanos. Ello se hizo patente con la reunión entre el cardenal Parolin y Marcos Rubio.
»Estoy persuadida de que la Santa Sede ha insistido en algo fundamental para la sociedad venezolana, hoy rota por la prisión de tanto inocente: la libertad para los presos políticos. Como también lo estoy de que, aunque el proceso vaya lento, el Vaticano y habría que decir, el Santo Padre, están pendientes, insistentes y garantes de lo que ocurra. Lo suyo es del orden de los principios generales y las exigencias fundamentales, señalando el camino a nosotros, Iglesia y pueblo, a concretar, a actualizar las necesidades, compromisos y tareas.
»Me gustaría recordar que el cardenal Parolin pronunció una homilía en San Pedro, con asistencia de los obispos, sacerdotes y muchos peregrinos venezolanos, con ocasión de las canonizaciones de dos santos venezolanos en octubre pasado. Esa homilía centró el mensaje en el sufrimiento de nuestro pueblo, con especial mención a quienes están encerrados, privados de libertad y deshumanizados por su manera de pensar, sentir y trabajar por Venezuela.
»Este país está muy agradecido por sus palabras. Él fue nuncio en Caracas y alguien que está muy bien enterado de todo lo que aquí viene aconteciendo. Siendo Secretario de Estado vaticano y experimentado diplomático, comprendo que fue un potente mensaje, de esos que no son frecuentes, y no dudo que haya desencadenado un curso de acontecimientos que aún están en desarrollo. Nunca olvidaremos sus palabras ese día. Fueron serenas, pero también firmes y lúcidas, por eso proféticas.
-¿Cómo crees que la Iglesia puede navegar la relación con el Estado en Venezuela?
-Creo que muchas cosas podrían cambiar en Venezuela como consecuencia de lo que en estos días ha estado pasando, pues estamos ante un “antes y un después”. Entre ellas, las relaciones entre Estado e Iglesia, dependiendo de cómo se configure el tablero y quiénes se sienten a jugar. Nada será igual. Todo ello está en curso y sería apresurado predecir al respecto.
»Lo que está claro es que Estado e Iglesia tienen que redefinir bien sus relaciones: el primero no debe pretender, como ya dijo en los 40 del pasado siglo un sabio jesuita francés, ni “seducir, ni comprometer, ni pervertir” a la segunda, a la manera de las “tentaciones de Jesús”; la segunda debe tener como su interlocutora primaria a la gente, al pueblo, y no al Estado. Sus interlocutores son los mismos, pero en ámbitos y niveles distintos, complementarios sin confusión. A partir de un viejo axioma: la política está en todo, pero no es todo. Recuerdo claramente la frase del Papa Juan Pablo II en uno de sus viajes a México alertando: “Cuando están en riesgo los derechos humanos, eso es un asunto de la Iglesia”. Claramente, estaba diciendo que ser “político” era más que eso, y por ello no es algo opcional , sino una decisión de conciencia, un deber, jugárselas por ello. ¿No dijeron Pío XI y Pío XII que “la política es la forma más excelsa de practicar la caridad"? Esas cosas no pueden ser olvidadas en entornos hostiles; al contrario, es cuando más vigencia poseen.
»Y allí está la clave para que cada uno cumpla con su misión sin estorbarse ni poner de lado sus responsabilidades. La política es el espacio de todos, incluida la Iglesia; y más si existen en Venezuela solo obispos nativos que tienen que sentir y padecer por este país, por su rebaño y por la salvaguarda de todo lo sagrado, comenzando por la libertad religiosa —no solo de culto— del pueblo venezolano. Muchas veces ella ha estado en riesgo de distintas maneras, aunque podemos seguir asistiendo a misa los domingos, practicar los sacramentos y llevar a cabo las festividades religiosas.
»Los obispos tienen el deber de proteger esas prácticas como expresión de religiosidad popular, pero también otras, comunicacionales, de enseñanza, de organización.

La Iglesia, un refugio de esperanza y solidaridad en Venezuela
-¿Qué papel crees que la oración y la fe pueden jugar en la búsqueda de soluciones para la crisis venezolana?
-Fundamental. ¡Inimaginable lo que los venezolanos hemos rezado en estos años! No vacilo en decir que, si algo bueno sale de toda la incertidumbre, las angustias, sobresaltos y zozobra que estamos experimentando es por la oración. Hemos sobrellevado situaciones que jamás pensamos enfrentar. Nadie se prepara para algo así. Simplemente, en el camino se arreglan las cargas, o lo que es lo mismo, en criollo, “como vaya viniendo vamos viendo”, la creatividad que la fe inspira, la esperanza mantiene, la caridad confirma.
»En efecto, los venezolanos hemos perdido muchas cosas valiosas: las familias están separadas por la diáspora, muchos han perdido sus trabajos, pasan hambre y la pobreza se ha incrementado, el costo de la vida está por las nubes y los salarios son irrisorios. La salud y la educación se declaran en crisis. Pero solo una cosa se ha valorizado como nunca: la fe. Y no solo es un refugio; es una certeza. Por eso hay esperanza. Dios, una vez más, nos muestra cuán cerca está.
-¿Cuál crees que será el futuro de Venezuela, y cómo puede la Iglesia y la comunidad internacional ayudar?
-Tengo una inmensa fe en nuestro futuro, porque inquebrantable es la que tengo en nuestro pueblo, noble y solidario, que permanece resistiendo a las prédicas de odio, a la siembra de violencia y a los empeños en dividirnos en “buenos” y “malos”, en venezolanos de primera y de segunda, en amigos y enemigos. Si hemos mantenido las características y virtudes que nos han caracterizado, si no nos hemos dejado robar la esperanza, construiremos un gran país sobre las ruinas de un proyecto malvado que no logró quebrar el alma venezolana.
»La comunidad internacional ha venido acompañándonos. Etapas más etapas menos, hemos encontrado eco. Es difícil entender nuestra experiencia porque no nos parecemos a nadie. Hizo falta mucho tiempo para que se percataran de la verdadera naturaleza de este proyecto. Pero algo es más que plausible como memoria y ejemplo: lo que nos ha pasado ha servido de espejo a otros para no dejarse embaucar por ideologías perniciosas.
»En cuanto a la Iglesia universal, un deseo y un ruego: las conferencias episcopales, sobre todo aquellas de naciones hermanas, de cara a sus connacionales y autoridades, podrían ser más incisivas en la tarea de recordar los derechos humanos, la manera cómo se han violentado en Venezuela y la necesidad de restituirlos. Cuidarse de imitar a la parte del liderazgo mundial y hemisférico que clama simplemente, históricamente, por no violencia cuando de ese caldo llevamos los venezolanos 26 años tomando, sin que los reclamos hayan aparecido en idéntica proporción.
»No es ahora cuando se muestra la ferocidad. Ser consistente habría sido saber reconocerla, denunciarla y combatirla para que hoy no resultara tan traumático erradicarla. Una buena iniciativa sería, por ejemplo, que los obispos del continente se sumaran a las peticiones por la libertad de los presos políticos y, con ello, contribuir a la felicidad y reunificación de las familias venezolanas.
»Muy pendiente estaba yo de esta homilía durante la procesión mariana más importante en Venezuela. Tal parece que ese púlpito impide pasar bajo la mesa a los grandes problemas y retos nacionales. Este obispo volvió el coraje a la fiesta de la Divina Pastora, que tan bien representó el fallecido cardenal Castillo Lara con su famosa e interpelante homilía allí mismo el 14 de enero de 2006. En ese foro-procesión de la Divina Pastora es imperativo denunciar lo que ocurre en el país, por la Iglesia y de manera profética.