Jueves, 19 de septiembre de 2019

Religión en Libertad

Fue un concepto clave en el postconcilio

Ratzinger explicó ya en 1968 que el «aggiornamento» de Juan XXIII no iba de ruptura sino de santidad

En 1968, Joseph Ratzinger multiplicaba su presencia teológica internacional tras haber sido teólogo de cabecera del cardenal Joseph Frings (en la foto) durante el Concilio.
En 1968, Joseph Ratzinger multiplicaba su presencia teológica internacional tras haber sido teólogo de cabecera del cardenal Joseph Frings (en la foto) durante el Concilio.

C.L. / ReL

La publicación por la Biblioteca de Autores Cristianos (BAC) de las obras completas de Joseph Ratzinger, en edición preparada por Pablo Cervera y Carlos Granados, está permitiendo descubrir tesoros olvidados del reputado teólogo que años más tarde se convertiría en Benedicto XVI. Serán dieciséis volúmenes, algunos de ellos dobles, como el VII, Sobre la enseñanza del Concilio Vaticano II, cuyo segundo tomo está próximo a salir e incluye las recensiones de obras teológicas sobre esa cuestión del futuro Papa.



Entre ellas, destaca una muy singular por los datos que aporta en torno a un concepto clave del postconcilio: aggiornamento o "puesta al día", palabra lanzada por Juan XXIII como clave de lo que pretendía el Vaticano II y que fue utilizada en ocasiones para abrir una fisura insalvable entre la Iglesia anterior al Concilio y la Iglesia que resultó de él, en una ruptura de consecuencias demoledoras.

¿Palabra apropiada? Intuición exacta
El mismo Benedicto XVI, al recibir el 12 de octubre de 2012 a los obispos que habían participado en aquel acontecimiento, quiso evocar "cómo una palabra, lanzada por el beato Juan XXIII, casi de forma programática, retornaba continuamente en los trabajos conciliares: la palabra aggiornamento". “Cincuenta años después de la apertura de aquella solemne asamblea de la Iglesia", añadió, "alguien se preguntará si aquella expresión no haya sido, quizás desde el principio, completamente apropiada. Pienso que sobre la elección de las palabras se podría discutir durante horas y se encontrarían pareceres continuamente discordantes, pero estoy convencido de que la intuición que el beato Juan XXIII compendió con esta palabra fue y es todavía exacta".


Joseph Ratzinger, un teólogo de referencia desde los años sesenta.

Y ¿cuál fue esa intuición? El mismo Joseph Ratzinger habló de ello ya en 1968, en una recensión publicada en la revista de la Facultad de Teología de Tubinga, Theologische Quartalschrift (n. 148), a un libro de Franz Michael Willam publicado un año antes en Innsbruck: Vom jungen Angelo Roncalli (19031907) zum Papst Johannes XXIII (19581963) [Del joven Angelo Roncalli (19031907) al Papa Juan XXIII (19581963)], obra que pretendía conectar el pontificado de Juan XXIII con periodo breve pero decisivo de su vida, el momento álgido de la polémica antimodernista.

De ella afirmaba Ratzinger: "Cabe calificar a su libro, hasta el día de hoy, como la publicación más importante a la hora de esclarecer la figura de Juan XXIII, al tiempo que resulta de capital importancia para la comprensión del Concilio Vaticano II".

Willam y Ratzinger: diálogo fecundo
Franz Michael Willam (18941981) influyó notablemente sobre Ratzinger. Se cartearon con frecuencia, y según afirma el teólogo Philipp Reisinger en un artículo de 2007 en Vita e pensiero (la revista de la Universidad Católica del Sagrado Corazón de Milán), ambos compartían la convicción de que el secreto de la gran teología cristiana es “la simplicidad”, y “la mirada clara de lo esencial”.


Franz Michael Willam investigó el sentido de la palabra aggiornamento para Juan XXIII, fallecido cinco años antes.

Pues bien, ¿cómo enjuiciaba Ratzinger en 1968, a la luz del libro de Willam (pero teniendo en cuenta que él mismo había vivido en el aula conciliar el nacimiento e impacto de esa palabra), lo que aggiornamento significaba para Juan XXIII?

El Diario del alma

Las fuentes de ese concepto estarían en el célebre Diario del alma del futuro Papa, canonizado en 2014: "Willam muestra que la idea del aggiornamento representa la suma de toda una vida; todas las etapas del camino espiritual de Roncalli vuelven a encontrarse aquí. Lo verdaderamente sorprendente, no obstante, es que la raíz determinante se extiende hasta el tiempo del seminario y se encuentra oculta en una nota del Diario del 16 de enero de 1903, nota que permite reconocer un giro dramático en el empeño por la santidad personal, cuyos reflejos constituyen las anotaciones del Diario".

Y cita una frase de Roncalli: "Con una seguridad incontestable que hasta la puedo tocar con las manos, estoy convencido de una cosa, a saber: la imagen que yo me había hecho sobre la imitación de la santidad de los demás, es falsa... De las virtudes de los santos he de tomar la sustancia, no los accidentes. Yo no soy San Luis Gonzaga. Yo no he de santificarme de la misma manera que lo hizo él, sino de la manera en que me permite mi ser distinto del suyo, mi carácter, mis condiciones de vida distintas de las suyas. Yo no tengo por qué ser la reproducción pura y estricta de un tipo de santo, en cualquier caso, todavía no consumado. Dios quiere que nosotros en la imitación de los ejemplos de los santos extraigamos la savia viva de sus virtudes, lo transformemos en nuestra sangre y lo adaptemos a nuestras propias situaciones y condiciones de vida".

Espiritualidad, no teología: santidad, no ruptura
Esto decía el futuro Juan XXIII. Y zanja el futuro Benedicto XVI: "Los elementos esenciales del concepto de aggiornamento, a tenor de lo que Willam va precisando en sus meticulosos análisis, ya están aquí todos juntos: la distinción entre sustancia y accidente, el rechazo de la «reproducción estricta», la acentuación sólo de «la savia viva», la exigencia de la adaptación a la idiosincrasia y condiciones de vida... Pero esto significa que la idea del aggiornamento, en principio, no se refiere a las cuestiones de la doctrina teológica o al cambio y renovación de la Iglesia, sino que tiene su raíz en el empeño por acertar con la verdadera forma de la santidad. Solamente desde este centro puede entenderse adecuadamente; tal es la perspectiva decisiva que aquí se ofrece en orden a la comprensión de la verdadera intención del Papa Juan".

Es más: "Aquí se cierra el círculo en que los años 1903 y 1963 se tocan: el aggiornamento del Concilio se interpreta como el arte a la hora de aplicar hoy, de una manera existencial, la única causa de la santidad por la que existe la Iglesia, o sea, la recta ratio factibilium en la esfera de la santidad, en la esfera de una auténtica existencia eclesial. Por tanto, partiendo de las líneas abiertas por Willam, puede decirse que el aggiornamento no hay que entenderlo en el plano de la ciencia sino en el plano del ars [arte], arrancando de la idea de santidad como un acontecimiento siempre nuevo y, sin embargo, sustancialmente único. En consecuencia, en el sentido del Papa, poner en práctica el aggiornamento significaría llegar a ser un «artista» de la santidad", saber conducirse en las vicisitudes de la vida para alcanzarla.

La clave
Aggiornamento, pues, "no se refiere a las cuestiones de la doctrina teológica o al cambio y renovación de la Iglesia", ni siquiera "hay que entenderlo en el plano de la ciencia" (como sería la teología en cuanto saber teórico). Juan XXIII hablaba de santidad.

¿Fue la palabra adecuada, se preguntaba Benedicto XVI en 2012, para orientar el Concilio? Los historiadores tienen la palabra, pero por de pronto este inminente tomo VII/2 de sus Obras Completas les ayudará a despejar el horizonte.
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