El católico de hoy ante el Israel moderno
¿En qué medida puede suponer un dilema apoyar la causa política de Theodor Herzl?
Representación de un niño católico con una bandera del Estado de Israel
Como uno no ha de manifestar su incomodidad o su recelo ante el hecho de que algo suscite debate o controversia, no ha de haber problema en participar en una enésima disputa moral, espiritual y política (evidente por cuanto y en tanto no toda la humanidad puede reducirse a un solo patrón único y homogéneo de pensamiento).
Esta cuestión, con cierta trascendencia geopolítica, guarda relación con la existencia presente y futura del Estado de Israel. Además, se aborda en tiempos convulsos, tras el aniversario de un enésimo capítulo trágico y sanguinario de la Revolución (en su faceta neonazi, de raigambre luterana): el Holocausto (entre cuyas víctimas hubo una importante proporción de judíos y de católicos polacos).
Lo que se puede denominar como antisemitismo está experimentando un auge muy notorio en Occidente (curiosamente, con más intensidad que en algunos países árabes que firmaron los Acuerdos de Abraham en 2020, entre los cuales están los Emiratos Árabes Unidos). Ahora bien, no es debido a un resurgir reivindicativo del famoso pintor austriaco.
Tampoco guarda relación con cuestiones unánimes de esa "nueva derecha" que pretende evitar la islamización de Europa y la consolidación del Estado Único Europeo. Más bien es una nueva línea de trabajo de los mismos agentes ideológicos y propagandísticos del wokismo (los del "derecho a matar bebés", las banderas del Orgullo y el culto a las plantas).
Se trata de un nuevo Judenfrei que pretende intimidar a todo aquel que condene enérgicamente el terrorismo islamista de Hamás (para recordar, este cuenta con el respaldo financiero y/o logístico y geopolítico del Estado de Catar y de la República Islámica de Irán, la que está bajo el régimen de los ayatolás y puede sufir un abrupto e inminente cambio político).
Al margen de que uno se entregue o no a los políticos revolucionarios, y de la credibilidad que se le pueda dar al relato mainstream, es cierto que muchos católicos se plantean interrogantes sobre lo que está aconteciendo en Gaza (no voy a ignorar la compleja relación de algunos pueblos de bien con el actual entramado político sito en Tel Aviv, aunque no lo aborde).
Pese a que Hamás tienda a incumplir sus treguas, acostumbre a emplear escudos humanos entre los que hay niños y utilice los hospitales como centros de operaciones, hay quienes cuestionan una supuesta "fuerza desproporcionada" por parte de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), que iría más allá del "desprecio a Hamás".
Igualmente, es cierto que más de dos tercios de la población palestina apoyarían electoralmente a Hamás y que en países próximos como Egipto (e incluso Catar) se niegan a acoger a esos refugiados palestinos que tanto le importan a la izquierda buenista (la que calla ente los genocidios contra cristianos en Nigeria y otros países africanos).
De todos modos, cabe recordar que la Summa Theologiae de Santo Tomás de Aquino hablaba de la causa iusta y la recta intentio, que avalarían el derecho de los israelís a defenderse de los ataques de Hamás (que van más allá de los túneles subterráneos y los ataques del 7 de octubre de 2023). Un grupo terrorista que repudia la paz y la sana libertad no merece ninguna contemplación.
Un territorio que se ve amenazado debe de emplear tantos medios como sean necesarios para su defensa y su seguridad, siendo el combate final un favor para aquellos que tanto preocuparían, según el aparente discurso sensacionalista, a los buenistas de turno. Es evidente que no hay un modelo físico de derrota del enemigo que sea común para todos los fenómenos imprevistos.
Pese a ello, hay quienes disertan sobre si tiene sentido apoyar la existencia del Estado de Israel por cuanto y en tanto es una mera expresión de eso que llaman Estado (entendido como artificio revolucionario contrario a la sociedad orgánica), aunque el pragmatismo nos lleva a asumir que a día de hoy vivimos en una sociedad de Estados.
Ante ello, cabe decir que no hay contradicción moral ni teológica -ningún oxímoron de conciencia- para un católico al defender la existencia del Estado de Israel actual como nación soberana judía en su tierra ancestral, siempre que se haga con respeto a la justicia, la paz y la dignidad de todos los pueblos involucrados (incluidos los palestinos).
La doctrina católica, fundamentada en la Biblia y el Magisterio, afirma la irrevocabilidad de la elección divina del pueblo judío y sus promesas. En la Carta a los Romanos (Biblia de Jerusalén), san Pablo declara: «En cuanto al Evangelio, son enemigos por causa vuestra; pero en cuanto a la elección, son amados a causa de los patriarcas, porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables» (Romanos 11:28-29).
Esto significa que la alianza con Israel, iniciada con los patriarcas, no ha sido revocada ni reemplazada por completo, sino que permanece vigente en el plan salvífico de Dios. El Catecismo de la Iglesia Católica (nn. 839-840) enseña que al pueblo judío «pertenece la adopción filial, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto, las promesas y los patriarcas; de todo lo cual [...] procede Cristo según la carne».
La Declaración Nostra Aetate (Concilio Vaticano II, n. 4) reconoce que la Iglesia recibe la Revelación del Antiguo Testamento por medio de este pueblo, con quien Dios estableció la Antigua Alianza, y deplora todo antisemitismo. El documento de la Comisión para las Relaciones Religiosas con el Judaísmo (2015), titulado «Los dones y el llamamiento de Dios son irrevocables», reafirma que la alianza no ha sido revocada y que el pueblo judío conserva un rol especial en la salvación.
Por tanto, no se transgrede ninguna línea bíblica y magisterial de permanencia al avalar el derecho del pueblo judío a un "territorio propio". La fe católica aboga por la paz en Tierra Santa para israelís y palestinos por igual, reconociendo la raíz judía del cristianismo y la irrevocabilidad de los designios divinos.
De hecho, estas interpretaciones encuentran su respaldo en San Juan Pablo II, quien en su histórica visita a la sinagoga de Roma (13 de abril de 1986), llamó a los judíos «nuestros hermanos predilectos» y «en cierto modo, nuestros hermanos mayores». Se destaca así el vínculo fraterno, la prioridad espiritual del pueblo judío como portador de la Antigua Alianza y el amor irrevocable de Dios hacia ellos.
Así, la defensa de la permanencia de Israel como pueblo y nación se fundamenta tanto en la Escritura como en la tradición viva de la Iglesia, que invita a los católicos a honrar a los judíos con respeto y diálogo (evidentemente, por ambas partes, pues también conviene seguir avanzando en las superaciones de esa "inquina histórica" hacia Cristo, aparte del tradicionalista antijudaísmo).
Además, bajo un prisma político, uno puede defender la existencia del Estado de Israel como baluarte occidental (frente al islamismo) del mismo modo que se puede defender la esencia nórdica de Suecia o la germánica de Países Bajos y Alemania (sin que ello nos prive cuestionar el relativismo, el secularismo y las políticas contrarias a la autonomía familiar o la solidez natural de la misma).