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Saturación material, hiperconexión adictiva

Saturación material, hiperconexión adictiva

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Nuestro corazón está inquieto

“Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti.” Con esta frase de las Confesiones, Agustín (siglo IV d. d. Cristo) no está explicando un dogma, sino describiendo una experiencia humana universal: la inquietud del corazón. De un corazón sediento. Nos habla de un deseo profundísimo. Aun cuando se consiga la salud, el trabajo, los afectos, algún éxito, la vida social, los objetos deseados, incluso cierto bienestar, queda un resto, una especie de hambre más profunda que no se deja callar. No es solo la desesperación la que abre la pregunta sobre Dios, sino el hartazgo de un mercado hipersaturado. No solo el fracaso, sino la evidencia de que el éxito material tampoco basta.

El sentido de la vida

Lo más sorprendente es que este vacío no suele aparecer donde falta algo, sino precisamente donde ya no falta nada. No es el pobre material quien más siente esta herida, sino quien lo tiene todo y descubre que no es suficiente. El ser humano puede saciar el cuerpo, llenar la agenda, rodearse de estímulos en la era de la digitalización, pero sigue sin encontrar descanso. Vive en un mundo saturado y, sin embargo, se siente interiormente desalojado, vacío. Ese desajuste no es un accidente psicológico, sino un dato espiritual: el corazón humano ha sido hecho para lo infinito, y lo finito, aun bueno, incluso muy bueno, no puede colmarlo. Agustín lo sabía por experiencia: antes de volver a Dios, lo había buscado todo, lo había probado todo. Su conversión no brota de un rechazo de la vida, sino de la constatación sincera de que la vida sin Dios no llega hasta el fondo.

Un deseo de infinito

Quien no entiende esta estructura de deseo infinito del corazón humano pensará que la fe es una evasión o un refugio para fracasados tal como reflexionaba Nietzsche. Pero la verdad es exactamente lo contrario: la búsqueda de Dios surge, con frecuencia, no solo de la derrota, sino de la saturación. La fe aparece no como negación del mundo, sino como reafirmación de que el mundo tiene un sentido más allá de sí mismo. El problema del hombre moderno no es que desee demasiado, sino que se conforma cualitativamente con demasiado poco. Se sacia de cosas, pero no se alimenta del ser que está ahí interpelándole constantemente. Consume, pero no contempla. Posee, pero no descansa. Byung-Chul Han nos dirá que el hombre se auto-explota sin descanso en el trabajo y ene el ocio. El sujeto del rendimiento, creyendo ser libre y autónomo, se explota a sí mismo sin un amo externo. Se convierte en su propio jefe y su propio esclavo a la vez.

Josef Pieper lo ha formulado con precisión filosófica: todo hombre necesita no solo bienes, sino plenitud, y la plenitud no se alcanza por acumulación, sino por elevación. La vida humana se hace insoportable cuando pierde su referencia a lo eterno, porque los bienes finitos —que son reales, buenos y necesarios— no tienen fuerza para sostener el alma entera. Si se los absolutiza, terminan aplastándola. Acaban fragmentando el corazón. Pieper insiste: solo aquello que amamos en su verdad última —es decir, más allá de su utilidad— puede darnos alegría, y la alegría serena, la paz, no el placer, es el signo de la verdad. Ningún objeto material puede darnos alegría estable, porque todo lo que puede ser poseído puede también perderse o despreciarse.

Una civilización rica en medios y pobre en fines

Simone Weil hablaba de la desnutrición espiritual del mundo moderno: hay energía, hay velocidad, hay producción, hay entretenimiento… pero falta sentido. Podemos distraernos infinitamente, pero no entregarnos infinitamente. Y el corazón humano —incluso cuando se niega a sí mismo esa verdad— ha sido hecho para una entrega total, no para una ración periódica de satisfacciones. El don de sí es el camino hacia Dios.

La neuroantropología de Iain McGilchrist ilumina este fenómeno desde otro ángulo: vivimos en una cultura que activa casi exclusivamente el modo de atención del cerebro que sirve para usar, calcular, dominar, y ha atrofiado el que sirve para contemplar, acoger, maravillarse. El resultado es una civilización hiperfuncional pero sin profundidad, “rica en medios y pobre en fines”, como decía Romano Guardini. Un mundo donde todo se puede hacer, pero nadie sabe para qué hacerlo. Esa pérdida no es intelectual, sino espiritual: el hombre ha olvidado no ya a Dios, sino primero la pregunta por el sentido del ser.

Solo Dios basta

Y sin embargo, esa misma cultura empieza a mostrar grietas. La gente ya no se rebela contra Dios, sino contra el sinsentido. El absurdo domina la situación. Da nauseas nos decía Sartre. El retorno de lo sagrado en medio de sociedades secularizadas no es un accidente religioso, sino un síntoma antropológico: cuando lo material se vuelve incapaz de sostener la existencia humana, lo espiritual reaparece no como una imposición, sino como una necesidad vital. No como una obligación sino como una necesidad aunque no sea solo una necesidad. Nadie necesita convencer a un hombre de que tiene sed cuando arde de sed. La fe no es una fuga, sino la reparación del deseo. Insistimos, de un sediento deseo inagotable de infinito. La idolatría no consiste solo en adorar cosas malas, sino en pedirle a cosas razonables lo que solo Dios puede dar: plenitud, descanso, eternidad, paz y redención.

Adoración

Aprender a amar es aprender a mirar, y aprender a mirar es descubrir que lo más real no es lo que podemos poseer, sino lo que podemos adorar. Por eso, el retorno a Dios no es una renuncia, sino un regreso. Dios no se añade a la vida: la hace posible. Él no compite con los bienes creados: los funda. El corazón no descansa en Dios porque sea obediente, sino porque por fin encuentra su hogar. Se trata de habitar el mundo humanamente abiertos ante el misterio del origen y del fin.

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