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Ana del Pino

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El gran silencio demográfico: ¿por qué España no tiene hijos y depende de quién llega?

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¿Por qué en países como España cada vez nacen menos niños mientras la población mundial sigue creciendo? Esta paradoja define uno de los grandes desafíos del siglo XXI. Aunque el planeta alcanza cifras récord de habitantes, gran parte de las sociedades occidentales atraviesan un auténtico “suicido demográfico”: natalidad en mínimos históricos, envejecimiento acelerado y una creciente dependencia de la inmigración. No se trata solo de estadísticas, sino de un fenómeno que afecta de lleno a la familia, la maternidad y a nuestra idea misma de progreso.

Durante décadas, el debate público estuvo dominado por el miedo a la superpoblación. Se advertía de una “explosión demográfica” que agotaría los recursos naturales y haría inviable la vida en el planeta. Estas ideas, heredadas de teorías antiguas y reformuladas en clave ambiental en el siglo XX, impulsaron políticas orientadas a frenar los nacimientos. Sin embargo, los datos actuales muestran una realidad muy distinta: desde los años setenta, la fecundidad ha descendido de forma sostenida, especialmente en Europa y otros países desarrollados, donde no se alcanza el umbral mínimo de reemplazo generacional.

Este proceso, conocido como transición demográfica, ha sido presentado a menudo como un camino inevitable hacia el desarrollo. Pero sus consecuencias empiezan a ser evidentes. En España, con apenas 1,3 hijos por mujer, el envejecimiento poblacional avanza a gran velocidad. Las proyecciones apuntan a que en 2050 la edad media podría rondar los 52 años, lo que pone en riesgo el sistema de pensiones, el equilibrio del mercado laboral y la sostenibilidad del Estado del bienestar. La crisis demográfica deja de ser una abstracción y se convierte en un problema cotidiano que afecta a la economía, los cuidados y la cohesión social.

En el trasfondo de esta situación hay un cambio cultural profundo. La maternidad, que durante siglos fue entendida como un bien social y una responsabilidad compartida, hoy se percibe con frecuencia como un obstáculo para la autonomía personal. En sociedades marcadas por el individualismo, la carrera profesional, la libertad sin ataduras y la autorrealización inmediata, tener hijos aparece como una renuncia. Esta mentalidad no solo reduce la natalidad, sino que debilita los vínculos familiares y genera una creciente soledad intergeneracional.

Este diagnóstico fue uno de los ejes del seminario “Maternidad en crisis: el futuro que no nace”, celebrado el pasado día 29 de enero en la Universidad CEU San Pablo. Los expertos reunidos coincidieron en que la pérdida del sentido social de la maternidad tiene consecuencias que van mucho más allá de lo demográfico: escasez de población activa joven, mayores dependientes sin redes familiares sólidas y una sociedad cada vez más fragmentada. Frente a ello, se subrayó la necesidad de recuperar una cultura que reconozca la maternidad no como un problema privado, sino como un pilar fundamental del bien común.

En este contexto, la familia aparece como el verdadero pegamento invisible de la sociedad. Lejos de ser una institución del pasado, sigue siendo el espacio donde se integran todas las etapas de la vida y donde se construye la confianza entre generaciones. La historia muestra que el crecimiento demográfico ha ido de la mano de grandes avances sociales y económicos, mientras que los periodos de declive poblacional han coincidido a menudo con etapas de decadencia.

Aun así, persiste la idea de que más población implica inevitablemente menos recursos. Este planteamiento es reduccionista y simplista. Los recursos no son una cantidad fija e inmutable: dependen de la creatividad humana, la innovación tecnológica, los hábitos culturales… Lo que hoy consideramos esencial no lo fue en otras épocas, y muchos problemas ambientales no están relacionados con el número de personas, sino con determinados estilos de vida o quizá modelos de consumo. Presentar al ser humano como una amenaza para el planeta conduce a una visión que sacrifica la dignidad de la persona y de la familia en nombre de una preservación ambiental extrema. La sostenibilidad real pasa por fomentar innovaciones eficientes, promover estilos de vida equilibrados y solidarios, y recuperar una visión que coloque a la persona en el centro, no subordinada a una ideología que diviniza la naturaleza.

Ante el envejecimiento, la inmigración suele presentarse como la gran solución. Ciertamente, la movilidad humana ha sido siempre una constante histórica. Sin embargo, los flujos migratorios actuales plantean desafíos complejos. En los países de origen, la emigración masiva de jóvenes acelera el envejecimiento y debilita las estructuras familiares. En los países de destino, como España, donde la población inmigrante ronda ya el 18 %, la llegada de nuevos residentes exige políticas eficaces de integración.

El informe “Inmigración en España: buenismo o eficacia” advierte de los riesgos de abordar este fenómeno solo desde la lógica del buenismo, sin tener en cuenta la capacidad real de acogida e integración. La experiencia de otros países europeos muestra que la falta de planificación puede derivar en guetos, tensiones sociales y fracturas culturales. La clave está en la reagrupación familiar y en la integración basada en valores compartidos: cuando la inmigración se articula en torno a proyectos familiares y culturales estables, puede enriquecer a la sociedad; cuando no, genera inestabilidad. En cualquier caso, nunca puede sustituir de forma permanente a la natalidad autóctona.

La crisis demográfica exige, en definitiva, un cambio cultural profundo. Sin hijos no hay relevo generacional; sin una inmigración gestionada con responsabilidad no hay cohesión social; y sin familias fuertes no hay una sociedad verdaderamente humana. Frente al individualismo y a las políticas de control natal, se impone una visión que valore la vida, la solidaridad entre generaciones y el papel social de la maternidad y la familia.

El desafío está sobre la mesa. Promover políticas que apoyen a las familias, reconozcan la maternidad y gestionen la inmigración con criterio no es una cuestión ideológica, sino una condición necesaria para construir un futuro equilibrado, sostenible y verdaderamente humano.

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