Religión en Libertad

Javier Paredes, historiador de los mártires que estrujan el alma y llaman a decir: ¡hasta el Cielo!

Catedrático emérito y editor en San Román presenta ‘¡Hasta el Cielo!’, donde muestra que la historia de España solo se entiende con Dios en el centro.

Francisco Javier Paredes, editor y autor de

Francisco Javier Paredes, editor y autor de "¡Hasta el Cielo!"

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Francisco Javier Paredes Alonso, catedrático emérito de Historia Contemporánea de la Universidad de Alcalá y renovador del género biográfico, ha pasado de estudiar a grandes políticos y empresarios a internarse en la zona más incómoda y olvidada de nuestra historia reciente: la persecución religiosa y el martirio. Desde esa larga trayectoria académica y su trabajo como editor en San Román, donde ha firmado libros sobre Sor Patrocinio y sobre la santidad en la vida cotidiana de niños y jóvenes, nace ahora "¡Hasta el Cielo!", una obra en la que pone al servicio de los mártires de la Segunda República y la Guerra Civil todo el oficio aprendido en los archivos y en las aulas.

No es un mero catálogo de víctimas ni un panfleto político: Paredes escoge rostros concretos —obispos, sacerdotes, religiosos, laicos e incluso adolescentes— y los cuenta con la misma exigencia histórica con la que antes narró la vida de figuras civiles, pero dejando que su fe ilumine el sentido profundo de lo que vivieron. 

El profesor que nunca ocultó su condición de creyente propone al lector de "¡Hasta el Cielo!" un doble movimiento: conocer con rigor lo que sucedió y, al mismo tiempo, dejarse “estrujar el alma” por estos testigos, hasta poder hacer propias las palabras que dan título al libro y que resumen su intención última: aprender a despedirse de los nuestros diciendo, con esperanza cristiana, “¡hasta el Cielo!”.

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-Tras décadas de docencia universitaria y biografías políticas, ¿en qué momento descubrió que la historia de España solo se entiende tomando en serio la dimensión religiosa de sus protagonistas?

-Cuando hice la tesina, que es lo que hoy se llama trabajo de fin de grado, me di cuenta de que se hace Historia según se entienda lo que es el hombre. Y solo hay dos maneras de autocomprenderse, el hombre podría haber habido veintisiete maneras, pero, qué le vamos a hacer, solo hay dos: o el hombre se autocomprende como ser autónomo o el hombre se autocomprende como criatura de Dios. Naturalmente, yo pienso que el hombre es una criatura de Dios, y por lo tanto la dimensión religiosa en los hombres es propia de su naturaleza.

Y esta concepción del hombre la he mantenido durante toda mi vida, de lo que son testigos todas las generaciones que tan pasado por mis aulas de la Universidad de Alcalá. Ahora ya jubilado, de lo que más veces le doy gracias a Dios y a mi Madre, la Santísima Virgen, es de que me hayan sostenido con su fortaleza, porque no soy consciente de haber ocultado nunca mi fe, ni de palabra ni por escrito.

-De Madoz, Olave o Huarte ha pasado a Sor Patrocinio y ahora a los mártires: ¿qué le enseñó el oficio de biógrafo “laico” que hoy aplica a sus biografías y que evita que sean hagiografías edulcoradas?

-Mi oficio de historiador ha estado siempre guiado por el principio de que “las cosas son lo que son”, y por lo tanto lo que nos toca a los historiadores, en la medida que podamos, es contar la verdad, no interpretarla al gusto del poder o del sistema imperante. Y si como criatura de Dios me siento totalmente dependiente de Él, como historiador he tratado siempre de ser independiente. Y tengo que agradecer públicamente a los colegas y autoridades de la Universidad de Alcalá, que recuerdo es una universidad pública, que hayan respetado mi manera de trabajar.

Hace unos días hablé por teléfono con el rector de la Universidad de Alcalá, para felicitarle por su reciente elección, el profesor Carmelo García; le conozco desde hace tiempo, y tengo que decir que a la Universidad de Alcalá le ha tocado la lotería con este rector. Y en la despedida de esa conversación me dijo lo mejor que me podía haber dicho: “Javier, esta casa siempre será la tuya”.

-En sus investigaciones sobre la persecución religiosa ha encontrado historias que hielan la sangre; ¿podría compartir algún caso concreto que le haya marcado personalmente y que resuma la fe de aquellos mártires?

-Tiene usted toda la razón: las vidas de los mártires hielan la sangre y estrujan el alma. Y ya que me pide algún caso concreto que me haya afectado, se lo voy a contar.

Uno de los protagonistas de mi libro es un niño: Francisco García León solo tenía 15 años. Fue martirizado y es beato. Le asesinaron porque no se quiso quitar el escapulario de la Virgen del Carmen. Y cuando estaba escribiendo su historia, me acordé de que hace años, cuando me estaba haciendo una radiografía, la enfermera me dijo que me quitara la medalla, y me dio vergüenza que me hubiera visto la medalla. Y ante ese recuerdo se me llenaron los ojos de lágrimas y le pedí perdón a la Virgen del Carmen, que es la patrona del barrio de Vallecas donde viví de niño y de joven.

-Cuando usted habla de persecución religiosa en la Segunda República, ¿cuál es la objeción que más se repite, y cómo responde a quienes ven en la memoria de los mártires un arma política y no una llamada a la conversión?

-Los que ven en los mártires un arma política son de tres clases: sus verdugos, los herederos políticos de sus verdugos, los socialistas y los comunistas, y los que yo llamo “católicos moderaditos”. De estos últimos no merece la pena ni hablar.

En la contraportada de mi libro figura esta frase: “Como eres el más amigo de los curas y obispos, eres el más fascista que hay”. Con esa frase sentenciaron a muerte a uno de los mártires. Son los verdugos y sus herederos políticos los que, indebidamente, fusionan la religión con el fascismo.

-Si un lector de esta entrevista solo pudiera quedarse con tres ideas de "¡Hasta el cielo!", ¿cuáles le gustaría que fueran y por qué cree que son urgentes para los católicos españoles de hoy?

-Me dice usted tres… Con la vida ejemplar de los protagonistas de este libro hay para sacer treinta y tres ideas. Pero yo no voy a dar ninguna, cada uno con la lectura de estas páginas que saque la idea donde más le apriete en la conciencia para ser mejor. Porque, en definitiva, de lo que se trata es de que al final de nuestros días podamos despedirnos de los nuestros con toda propiedad y con las mismas palabras del título de este libro: ¡Hasta el Cielo!

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