Un camino de fe y providencia
Adrián Ruiz Pelayo, el peregrino que dejó todo para seguir a Dios.

Amanecer providencial en los Picos de Europa, guiando pasos hacia Liébana.
En un mundo donde la seguridad y el control son cada vez más importantes, Adrián Ruiz Pelayo, fundador y CEO de "Un Camino Por Descubrir", decidió dejar todo atrás y emprender un peregrinaje sin precedentes. Confiando solo en Dios, como los primeros discípulos, se embarcó en un camino de fe que lo llevó desde su hogar hasta Santo Toribio de Liébana y luego hacia Roma, enfrentando desafíos y recibiendo la ayuda de desconocidos en cada paso del camino.
En esta entrevista, Adrián nos habla de su experiencia, de la presencia de Dios en los hermanos y de la esperanza que nace de la fe.
-En 2019 sentí una llamada muy clara a vaciarme. No fue una huida ni un arrebato romántico, fue una incomodidad profunda: tenía trabajo, estabilidad, pero por dentro algo no encajaba. Sentía que estaba viviendo desde el control y no desde la confianza. En el corazón apareció una pregunta muy simple y muy radical: ¿qué pasa si suelto todo y camino confiando de verdad?
»Caminar sin dinero hacia Santo Toribio de Liébana fue una forma de volver a lo esencial, sin planes cerrados, sin seguridades, abiertos al encuentro y a la providencia. Cada día era una lección de humildad, de escucha y de gratitud.
»Así nació "Un camino por descubrir": para mostrar la bondad de la gente. Para demostrar que, cuando caminas desde la verdad y la necesidad, aparecen manos que ayudan, puertas que se abren y personas buenas que te recuerdan que el mundo, en el fondo, sigue siendo un lugar hermoso. También Descubrí que cuando te pones en camino con el corazón abierto, no solo recorres kilómetros: se abre la gente, se abre la vida y se abre algo muy profundo dentro de ti. Ese espíritu es el que sigo intentando cuidar hoy.
-Fue en numerosas ocasiones, incluso todos eran milagros cotidianos... Por ejemplo, en Misterbianco... Estaba solo, con mi manto en el suelo, refugiándome de la lluvia en un lugar un poco extraño y apartado, esperando a que parase para seguir caminando. No pasaba nadie. De repente apareció Mario, de Gravina de Catania, movido solo por la curiosidad. Me preguntó qué hacía allí y le dije que era peregrino, que descansaba un poco.
»Al rato volvió con su mujer, Cristina. La sacó de casa solo para que me conociera. No sabían nada de mi camino ni del proyecto, pero estaban felices, como sorprendidos. Primero se olvidaron los bocadillos, volvieron a casa a por ellos y regresaron con dos bocatas de pollo empanado para compartir conmigo. Ese gesto tan sencillo, en medio de la nada, me hizo sentir muy cerca esa presencia de Jesús, en sus ojos se reflejaba el alma y la ternura de algo superior.

Refugio siciliano: bocadillo compartido en la nada.
»Y como ese, ha habido muchos encuentros. En Taormina conocí a Antonio Sapienza sin que supiera nada de mi camino. Se acercó por pura curiosidad, me regaló unas naranjas y nos pusimos a hablar tranquilamente. Él se decía ateo, su mujer muy creyente, y la conversación fue cada vez más profunda. En un momento quiso darme dinero y se puso muy insistente. Me decía incluso: “En tu religión tenéis que aceptar lo que os dan”. Se le llenaron los ojos de lágrimas y había en él una ternura enorme.
»Yo le decía que no, que no se preocupara, y él seguía hablando de su mujer, de la fe, de la vida… Fue un encuentro muy sencillo pero muy fuerte. De esos que no se planean y que te dejan la sensación de que, más allá de las etiquetas, hay corazones abiertos buscando sentido. Y ahí, una vez más, sentí muy cerca esa presencia de Jesús en los hermanos.

Taormina: naranjas y diálogo más allá de etiquetas. EN TikTok tuvieron más de 80.000 visualizaciones.
-Para poder hacer esa travesía, estuve esperando unos 20 días, porque no solo se trataba de remar, sino de entender las corrientes entre el mar Jónico y el Tirreno, la marea, la luna y la navegación de grandes barcos en aguas internacionales. Era un cruce cargado de historia, mitología e historia que rodea ese cruce, desde la Odisea de Ulises hasta la actualidad y desafíos físicos, y cada detalle debía ser respetado.
»Durante esos días, toda la gente que iba encontrando en el camino, especialmente en Messina, estaba vinculada con el mundo laboral y costero. Cada encuentro, cada ayuda, cada consejo para preparar el cruce llegó de manera providencial, y me permitió organizarme y sentirme acompañado en todo momento.
»Cuando llegué a Scilla, en el ayuntamiento me preguntaron cómo había cruzado el estrecho, porque iba caminando sin dinero. Les dije que lo había hecho en paddle surf y me respondieron: “como San Francesco de Paola” porque él lo había hecho con su manto. Su figura empezó a acompañarme en el camino a partir de ese momento.
»Días después, al llegar a Paola, en el santuario me preguntaron desde cuándo había estado caminando. Respondí: “desde el 2 de abril”. Me miraron y me dijeron: “¿sabes qué pasó un 2 de abril?”. Yo no lo sabía. Me contaron que era el día de la muerte de San Francesco de Paola. Ahí sentí con claridad que algo muy bonito estaba sucediendo: una señal suave que confirmaba que el camino me hablaba, y que, incluso en la dificultad del cruce, no estaba solo.
»En el Santuario vi una representación del cruce del estrecho de San Francesco con una tabla también..increíble. Te adjunto foto que le hice.
-En Sicilia hubo un día muy duro que recuerdo con especial gratitud. Mi compañero Salvatore se fue con la tienda y me quedé solo en una playa en Giardini Naxos, a finales de abril, sin techo y rodeado de mosquitos. No sabía dónde refugiarme y todo parecía imposible.
»Por casualidad, había un chiringuito abierto, Bondi Beach, y hablé con Sebastián, el dueño, sin contarle nada del proyecto. Solo le dije que era un peregrino viajando sin dinero y que necesitaba un lugar donde resguardarme. Me miró, vio la humildad en mis palabras y decidió ayudarme: me ofreció una pizza deliciosa, una cerveza y se puso a organizar con los camareros un lugar donde pudiera dormir. Al final, me facilitó un baño cubierto y limpio fuera del chiringuito, y pude descansar esa noche.
»Ese gesto tan simple, pero lleno de humanidad y cuidado, me recordó que Dios cuida de sus hijos a través de los demás, incluso en los momentos más difíciles. Fue un acto pequeño, cotidiano, pero para mí fue un verdadero alivio y una señal de providencia en el camino.

Ciprés lebaniego en manos papales: puente de paz y gratitud.
-Tengo que reconocer que, en el momento del Giardini Naxos - Taormina, viví un punto muy duro del camino. Fue justo cuando murió el Papa Francisco y todo se había parado en mi recorrido, porque mi objetivo principal también era ver al Santo Padre. A eso se sumó la despedida de Salvatore, mi compañero de los primeros 20 días, que se llevó la tienda y me dejó sin cobijo; Fue un momento bastante difícil, de soledad y reflexión, que me obligó a replantearme mi camino y hacerlo más personal.
»Yo estaba en Taormina, a 50 kilómetros del estrecho de Messina, el 29 de abril, y no crucé el estrecho hasta el 20 de agosto, durante la vuelta que hice por Sicilia. Esa vuelta fue el verdadero punto de inflexión del camino: más tiempo conociendo a la gente, recibiendo señales reales, dejándome sorprender y abandonarme a la divina providencia. Fue entonces cuando el camino realmente tuvo sentido y se transformó en algo mucho más espiritual, donde cada gesto, encuentro y decisión adquirió un significado profundo.
»Después, ya en el encuentro con el Papa León XIV, como “peregrino de esperanza”, sentí una paz profunda y silenciosa. Al ofrecerle el ciprés que llevaba desde Santo Toribio de Liébana, comprendí que no era solo un árbol, sino un símbolo de unión entre dos lugares sagrados, de confianza en el camino y de agradecimiento y oración por todas las personas que me ayudaron durante la travesía. Fue un instante de alegría sencilla, gratitud y ternura, donde comprendí que la esperanza se transmite a través de actos humildes y de la fe viva. Fue un instante de encuentro con algo más grande que uno mismo y de claridad sobre el sentido de todo el camino.
-Al hablarle al Papa León XIV del Lignum Crucis que santo Toribio de Liébana llevó a España, sentí una esperanza muy profunda. Santo Toribio de Liébana realizó su peregrinación a Jerusalén aproximadamente en el siglo V, durante la primera mitad de ese siglo, probablemente entre el 420 y el 430. La tradición dice que viajó a Tierra Santa como sacerdote y peregrino, y fue allí donde conoció al patriarca de Jerusalén y tuvo contacto con la iglesia de Roma, lo que luego facilitó su amistad con Papa León I cuando llevó las reliquias de la Vera Cruz a Roma donde se hizo amigo de Papa León I, quien le pidió que fundase una iglesia grande en España. Como regalo, Toribio se llevó la parte izquierda de la cruz, la Vera Cruz, que es la más grande que se conserva en el mundo. Más tarde, los monjes la trasladaron a Liébana, donde ha permanecido más de 1300 años, y hasta hoy ningún Papa había visitado ese lugar.
»Cuando hablé con el Papa León XIV, me llenó de emoción ver que había elegido ese nombre. Fue como una provincia divina: yo había perdido mi ilusión de invitar al Papa Francisco, porque estaba muy bajo de energía, pero al ver que más tarde apareció un nuevo Papa y escogió el nombre de León, como el Papa León I que le dio la reliquia a San Toribio, mi sueño se avivó de nuevo. Le conté que podría “cerrar el círculo” visitando Santo Toribio y fue un gesto muy bonito que se rió conmigo. Esa coincidencia del nombre no solo me motivó, sino que me recordó que la historia y la fe tienen continuidad, y que mi invitación tiene sentido histórico y espiritual: es un llamado a que ese camino de fe siga siendo reconocido y visitado.
»Soñar con que el Papa visite Liébana (Cantabria) es imaginar que todo el camino de fe que comenzó con Santo Toribio, continuó conmigo y con tantos encuentros providenciales, puede seguir inspirando a los demás. Es un acto de esperanza cristiana: que lo sagrado se siga viviendo, compartiendo y reconociendo, uniendo historia, fe y personas a través del tiempo.
-Mientras me dirijo hacia Asís en silencio y ayuno, siento que Jesús me pide una escucha más profunda y un corazón abierto para recibir y contemplar lo que realmente importa en esta etapa del camino. Este ayuno lo hago también como cumplimiento de la promesa que hice por ver al Papa: un gesto de agradecimiento por cómo se ha cumplido esa parte del camino, obra divina, y para reconocer a toda la gente que me ha ayudado durante la peregrinación.
»Primeramente he hecho esto para entrar en el corazón de las gentes, y mi cuerpo ha sido una testimonianza de la caridad de todo el pueblo italiano. Lo he vivido también de forma más ligera, comiendo de todo antes, pero ahora es un gesto de sencillez: mostrar que se puede ser peregrino de esperanza con pequeños actos, como un abrazo o compartir un techo. Y además, subiré estos momentos a las redes para que todos puedan presenciar el milagro de la providencia y la bondad que se encuentra en cada encuentro.

Olivos umbros al crepúsculo: testimonio de sencillez.