Viernes, 18 de septiembre de 2020

Religión en Libertad

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por Kairós Blog

No cabe duda que esta pandemia ha supuesto un frenazo en seco para la gran mayoría de las actividades que llevamos a cabo en la Iglesia. Esto ha resultado desconcertante y doloroso para muchos creyentes, ya que durante algunos meses los templos han tenido que estar cerrados sin descartar que esto pueda volver a suceder en los próximos meses.

Quienes piensan que la Iglesia tiene que ver con hacer cosas y cuantas más mejor, pueden llegar a hacer Iglesia pero quizás sin conseguir llegar a ser Iglesia, porque no es lo mismo hacer que ser. La misión de la Iglesia y la de cada bautizado tiene que ver con nuestra identidad; es decir, que el hacer siempre será consecuencia del ser.

Quien no sabe lo que es, quien no tiene clara su identidad, jamás puede llevar a cabo la misión para la cual Dios le llamó. La Iglesia de Jesucristo no tiene simplemente una misión, sino que la misión de Jesucristo tiene una Iglesia. Entender esto hizo cambiar mi perspectiva de la vida cristiana y de lo que estoy llamado a realizar como miembro de la Iglesia.

Cuando los creyentes no tenemos clara nuestra identidad, caemos en la trampa de pensar que lo que hacemos es más importante que lo que somos. El Señor pasa mucho tiempo forjando nuestra identidad: vosotros sois la luz de mundo y no se puede esconder, vosotros sois la sal de la tierra y no puede perder su sabor. Los apóstoles en sus cartas fijan la identidad; Pedro en su carta dice: “vosotros sois sacerdocio real, nación santa, linaje escogido” (1 Pe 2,9).

Dios se define a sí mismo por su propia existencia, Dios no necesita definirse por lo que hace; somos nosotros los que definimos a Dios por lo que hace (lo podemos ver en los Salmos, por ejemplo). Pero cuando Dios habla de sí mismo dice: “Yo soy el que soy”. “Diles que `el Yo soy´ te ha enviado”, le dijo a Moisés. Dios no necesita auto-promocionarse como lo hacemos nosotros, que demostramos todo lo que hacemos y olvidamos lo que somos.

Una vez más, creo que esta pandemia es una gran oportunidad para ver a Jesús con ojos nuevos. Quizás el Señor haya permitido que nuestras iglesias se hayan cerrado y las actividades hayan cesado de golpe, de manera que caigamos en la cuenta de que no se trata de nuestro activismo sino de nuestra identidad. El papa Francisco afirma que somos una comunidad de discípulos misioneros (EG 24).

Aquí está lo central y lo realmente importante, lo que somos. Y, ante todo, somos discípulos llamados a caminar juntos en comunidad para anunciarle al mundo la mejor de las noticias. Solo cuando sabemos quiénes somos, podemos llegar a descubrir la misión a la que somos enviados. Sin embargo, seguimos estando más seguros en todas las actividades que hacemos y nos parece que cuantas más tengamos, mejor lo estaremos haciendo.

Pero el secreto más grande y mejor guardado del Evangelio es que lo realmente importante es estar con Él y anunciarle a Él. Es verdad que, para que podamos estar con Él, fue Él quien tuvo que tomar la iniciativa de encarnarse y habitar entre nosotros:

“Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.” (Jn 1,14)

La gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo, pero a veces parece que preferimos centrarnos más en nuestras obras que en su gracia; sin embargo, es su gracia, acompañada por la verdad, la que nos revela nuestra identidad y nos descubre la misión de ser una comunidad de discípulos misioneros. Las obras serán consecuencia de lo anterior.

Esta pandemia es una oportunidad para volver a Él y hacer más sencillo el Evangelio, sin querer complicar tanto las cosas con nuestra propia religiosidad y estructuras caducas. Aunque nos cierren los templos y las actividades se reduzcan a la mínima expresión, nada de eso podrá cambiar nuestro deseo de amarle a Él y amar al prójimo. Tenemos una oportunidad para descubrir que estar con Él es lo que marca la diferencia en nuestra vida cristiana y no lo que hagamos o dejemos de hacer.

Cuando la Iglesia, sus pastores y los que la formamos perdemos de vista nuestra identidad, empezamos a centrarnos en el hacer y en nuestras obras, con la grave consecuencia de olvidar nuestra misión. ¿Quién ha dicho que nuestra tarea sea acusar de idólatra al mundo por no creer en Dios en vez de anunciarle que Dios sí cree en él y que es profundamente amado en Cristo? Personalmente, me resisto a juzgar a cualquier persona que no conoce a Dios. Cuando olvidamos nuestra identidad perdemos más tiempo en juzgar y en denunciar el mal del mundo que en anunciar el bien del Reino a toda la creación, como el mismo Jesús nos pidió (Mc 16,15).

En los últimos meses me he encontrado con diócesis o parroquias que pensaban que debían llenar cada hora y cada hueco del tiempo de los creyentes confinados con actividades que podían seguir por internet, en vez de ayudarles a descubrir que solo Dios basta.

Si en un estado de confinamiento has necesitado llenar tu tiempo con actividades virtuales para no secarte, es porque quizás aún no te has encontrado con Aquel que te cambia la vida por completo. Si has aprovechado el tiempo del confinamiento para estar con Él en soledad y con gran intimidad, sin miedo a perder tu fe por falta de actividades, ya sabes que Jesucristo basta y que nada ni nadie te podrán separar de su amor.

 

Fuente: kairosblog.evangelizacion.es

 

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