Viernes, 23 de agosto de 2019

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Sentido de catolicidad al participar (III)

La catolicidad es una impronta en el alma y un modo espiritual de vivir y entender la liturgia.
 
Esta catolicidad, como vimos, corresponde a la naturaleza eclesial de la liturgia, ya que es el Cristo total, Cabeza y Cuerpo, quien es el sujeto de la liturgia.
 
 
 

Esta misma catolicidad conduce y educa a una oración de los fieles que es universal, abarcando, como la cruz de Cristo, de uno a otro confín, solícita de las necesidades no solamente particulares (de los asistentes) sino de toda la Iglesia, de todos los hombres y del mundo entero.
 
 
Un último paso en esta catolicidad, o un modo más de vivir con alma católica la liturgia, es la ofrenda por todos. Oramos e intercedemos, pero también ofrecemos. Así es como se modula la participación interior, cordial por tanto, de los fieles.

            Pero junto a la oración que es universal, católica, está la propia ofrenda. Se participa en el sacrificio eucarístico con corazón católico cuando se ofrece pensando en todos, en la salvación de todos, en la vida de todos. La catolicidad de la cruz del Señor orienta la ofrenda que presentamos al altar y que ofrendamos junto con nosotros mismos. Ofrecemos con sentido católico: “te rogamos nos ayudes a celebrar estos santos misterios con fe verdadera y a saber ofrecértelos por la salvación del mundo”[1]. El deseo católico es que el efecto de la Eucaristía alcance a todos los hombres: “mira complacido, Señor, los dones que te presentamos; concédenos que sirvan para nuestra conversión y alcancen la salvación al mundo entero”[2].
   
          Con el sacrificio eucarístico, glorificamos a Dios, y en su honor es ofrecido, pero también, con los mismos sentimientos de Cristo Jesús, amamos al mundo y queremos su salvación, no su condenación: “recibe y santifica las ofrendas de tus fieles, como bendijiste la de Abel, para que la oblación que ofrece cada uno de nosotros en honor de tu nombre sirva para la salvación de todos”[3], y otra oración, muy parecida en su corte, reza: “recibe con bondad las ofrendas de tus siervos, para que la oblación que ofrece cada uno en honor de tu nombre sirva para la salvación de todos”[4]. Queremos colaborar, de todos los modos posibles, en la salvación del mundo por el que Cristo se entregó en la cruz, llegando incluso a ofrecernos nosotros mismos como ofrenda: “concédenos… convertirnos en sacrificio agradable a ti, para la salvación de todo el mundo”[5].
 
            Imploramos de Dios la salvación del mundo en el corazón de la anáfora: “Te pedimos, Padre, que esta víctima de reconciliación traiga la paz y la salvación al mundo entero” (Plegaria eucarística III). Es el sacrificio de Cristo y de la Iglesia, su Cuerpo, su Esposa, impetrando la salvación. Pero también el Oficio divino, la Liturgia de las Horas, es una continua intercesión por todos y en nombre de todos, unidos a Cristo:  “la misma oración que el Unigénito expresó con palabras en su vida terrena y es continuada ahora incesantemente por la Iglesia y por sus miembros en representación de todo el género humano y para su salvación” (IGLH 9).
 
 
            Alabamos, oramos y ofrecemos por todos: ese el sentido católico que la liturgia lleva y que imprime en nuestras almas. Así es como, entonces, respondemos a la monición sacerdotal: “El Señor reciba de tus manos este sacrificio para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia”.
 
            En los dípticos del rito hispano, que son invariables, la oración está unida al sacrificio; los dones están ya presentados en el altar –y cubiertos con un velo- y se realiza la intercesión de los dípticos guiados por el diácono. El sentido es católico, universal: “Lo ofrecen por sí mismos y por la Iglesia universal”, responden los fieles y el sacrificio va a ser ofrecido por todos: “Ofrecen este sacrificio al Señor Dios, nuestros sacerdotes: N. el Papa de Roma, nuestro Obispo N. y todos los demás Obispos, por sí mismos y por todo el clero, por las Iglesias que tienen encomendadas, y por la Iglesia universal”.
 
            La participación interior lleva la marca hermosa de la catolicidad.
 
[1] OF, Dom. IV Cuar.
[2] OF, Jueves V Cuar.
[3] OF, XVI Dom. T. Ord.
[4] OF, XXIV Dom. T. Ord.
[5] OF, San Andrés Kim Taegon, 20 de septiembre.

 
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