Sábado, 28 de noviembre de 2020

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Los niños pueden entender la moral (3) La gracia

por Un obispo opina

Los niños pueden entender la moral (3) La gracia
 
Parábola del precioso ruiseñor
 
Empiezo este artículo con una parábola, al estilo de la predicación de Jesús. Érase una vez un ruiseñor que cantaba de maravilla. Se le escuchaba con gusto, no cansaba; cambiaba los trinos constantemente; sus cantos siempre eran nuevos, no aburría.
Un buen día, el niño que lo había oído cantar tuvo un sueño. Soñó que el ruiseñor estaba en su casa, se le subía al hombro y cantaba para él. Total, que el niño estaba encariñado con su ruiseñor.
Y pensó durante el sueño: le voy a decir a mi padre que me saque un poquito de sangre y que se la dé al ruiseñor y así, él será niño como yo, y podremos jugar juntos. Efectivamente, el padre lo hizo y el ruiseñor, al recibir vida humana por medio de la sangre, empezó a dialogar y a charlar con el niño. Cuando más contento estaba, despertó.
 
Esto sueño que tuvo el niño es una realidad en nosotros, los cristianos. Cuando recibimos el bautismo, recibimos la misma vida de Dios, la vida divina. Desde ese momento empezamos a ser hijos de Dios, de la familia de Dios, semejantes a Dios, como el ruiseñor del ejemplo que, cuando participó de la vida humana empezó a ser semejante al niño.
No hay nada que se pueda comparar con la gracia ya que es lo más grande que Dios puede darnos, que es su misma vida divina. Desde el bautismo participamos de esta vida divina, la misma vida de Dios. Eso es lo que llamamos Gracia santificante o habitual. La perdemos por el pecado mortal y la recobramos por el sacramento de la penitencia o confesión.
 
Parábola del niño fuerte
Unos niños fueron a una competición para ver quién podía levantar más peso. Fueron ilusionados pensando que se iban a llevar el premio, porque eran fuertes.
Pero había otros niños que levantaron cincuenta kilos y ellos no pudieron levantar más de cuarenta. Se volvieron a casa tristes y desilusionados.co desanimados y muy disgustados.
Uno de ellos por la noche soñó que volvía a la competición y vio unos hombres que levantaban doscientos kilos. Vio que un niño se tomaba una pastillita y levantó quinientos. Quedó admirado. Se tomó él otra pastillita y levantó también quinientos. Todos aplaudían a estos dos niños y quedaron asombrados. En ese momento se despertó y se vio en la cama lamentándose de que el sueño no fuese realidad.
 
Eso que no es realidad en el caso de levantamiento de peso, lo es en el caso de lo que llamamos  gracia actual. Dios nos da una fuerza extraordinaria por medio de su gracia que hace que podamos superar cualquier dificultad que tengamos por delante, por grande que sea. Dios nos ayuda siempre como ayudó a los niños y mayores que fueron santos. Lo que pasa es que uno puede tener mucha fuerza pero ser perezoso; entonces no consigue nada, pero no porque no tenga fuerzas para ello, sino porque no quiere esforzarse.
 
Charlando con Jesús
Gracia santificante y gracia actual
Niño: ¿En qué consiste la gracia?
Jesús: Se puede decir que la gracia es como la presencia del amor del Padre en vosotros.
Hay una gracia que se llama santificante porque os santifica, es decir, os embellece espiritualmente; es la gracia de ser hijos que recibisteis en el bautismo, que perdéis cuando pecáis, y que recobráis cuando os confesáis...
Y hay otra gracia que se llama actual, y que viene a ser como una luz y una fuerza especial que Dios os da cuando tenéis necesidad de ella para cumplir lo que Dios quiere de vosotros. Piensa en la gracia que recibieron los mártires para poder afrontar la muerte sin miedo, y sin volverse atrás en el amor a Dios; y hubo niños mártires. Piensa también en la gracia que reciben tantas personas buenas que se están portando como verdaderos hijos de Dios.
Niño: ¿Y cuándo nos da Dios esa gracia? Porque si no nos la da cuando la necesitamos, ya comprenderás que no vamos a poder ir muy lejos.
Jesús: ¿Pero tú crees que mi Padre Dios os va a abandonar cuando queréis darle gusto y agradarle? Os la da siempre que la necesitáis. Siempre, no lo olvides, siempre.
Niño: Pero ¿no te parece, Jesús, que, a veces, Dios me pide cosas difíciles, como perdonar, obedecer, estudiar, ir a misa...
Jesús: Bien, pero no son tan difíciles como piensas; ¿qué quieres que te pida? ¿lo que te gusta hacer? Recuerda lo que mi Padre me pidió a mí. Nada menos que dar mi vida en la cruz por vosotros. No creo que lo que el Padre te pide te cueste más a ti de lo que me costó a mí. ¿No crees?
Niño: Pero tú eres Dios y tenías fuerza para todo.
Jesús: Pero también soy hombre y tuve que sufrir mucho; pero mi Padre me dio fortaleza.
Niño: ¿Y quién me la da a mí?
Jesús: Mi Padre también. Tú lo puedes todo si estás dispuesto a hacer lo que le gusta a mi Padre; porque mi Padre no abandona a ninguno de sus hijos. Pero quiere hijos decididos a quererle como le he querido yo. Para que le quieran, les da el querer y el poder; en esto consiste la ayuda de la gracia. Y les da esa ayuda porque quiere que sus hijos sean fuertes en la fe y en el amor. No quiere hijos blandengues ni mimaditos. Los quiere como yo.
 
José Gea
 
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