Martes, 18 de junio de 2019

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Las humillaciones y la verdad que nos destruye

 

Se llega a ser humilde solo si nos humillan. No hay máster, ni carrera, ni libro de autoayuda que enseñe la humildad. Lo han dicho todos los santos y lo dice el Papa Francisco.

Una humillación tiene que doler; tiene que herir, mucho, el orgullo; tiene que cabrear; tiene que concretarse en un daño profundo en el amor propio. Lo ideal entonces es no excusarse ni justificarse: siempre merecemos que nos humillen. Si es con justicia, porque así debe ser; si es injustamente, por todas aquellas veces en que debimos ser humillados y nos fuimos de rositas. Recuerden su peor pecado. Imaginen que lo cometen ante un público compuesto por sus hijos, padres, hermanos, amigos, jefes, compañeros... Bien. Humillación. 

San Francisco, a quien humillaron sus propios hermanos de la orden, decía simplemente: "Gracias, hermano". Y no discutía, no pretendía tener razón, no se defendía. 

Solo Dios juzga. 

Y, sin embargo, hay algo peor que la humillación. Algo a lo que temo más que a la muerte. Temo que aquellos que me quieren no puedan decirme de verdad cómo soy o qué hago mal, porque teman, a su vez, que si lo hiciesen me destruirían, acabarían con Paco Segarra. Al aceptar sinceramente esa verdad tendría que humillarme hasta tal punto que solo una conversión, por tanto, solo LA GRACIA de Dios, podría ayudarme a aceptar esa crítica. Judas es un buen ejemplo: no pudo resistirlo.

¿Estamos lejos de Judas? ¿En serio? ¿Se lo creen? Somos Judas. Soy Judas. Es más: soy aún peor porque no he tenido la valentía de vender al Señor a la cara, ni de negociar con el Sanedrín, ni de pegarle un tiro por la espalda -ese es un valor a reconocer en un sicario, etarra, por ejemplo- con un beso de "paz". Judas cobardes e hipócritas sin valor ni para sufrir los remordimientos terribles de nuestro pecado. Basura moral.

¿Quién acepta que es una basura moral y no se rompe por dentro y por fuera? Nadie.

Todos tenemos nuestra justificación y nuestras máscaras de respetabilidad y de comodidad. Una "zona de confort", dicen los cursis, en la cual el abismo no tiene cabida porque simplemente cerramos los ojos para no verlo.

Conozco a unas cuantas personas, apreciadas y queridas, a las que no podría decirles la verdad sobre sí mismas sin demoler toda su persona.

No lo haré nunca, claro. "No te entrometas en vida ajena", dice el Kempis.

Pero sí ruego a quien corresponda que, en mi caso y llegada la ocasión, trate a un servidor con toda la crudeza posible. Con la sinceridad más descarnada. Sin contemplaciones. 

Solo le diré, avergonzado: "Gracias, hermano", si Dios me ayuda.

Teman, pues, no ser humillados.

Pidan, pues, que les lluevan humillaciones y bendigan con cantos de júbilo a Nuestro Señor Jesucristo.

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