Viernes, 30 de septiembre de 2022

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De una católica conversa muy aristocrática y especial: la reina Cristina de Suecia

por En cuerpo y alma

 
 
            Cristina de Suecia nace en Estocolmo el 18 de diciembre de 1626, hija primera y única de Gustavo II Adolfo de Suecia, de la dinastía de los Vasa, y de María Leonor de Brandeburgo, de la familia alemana de los Hohenzollern. Teniendo apenas cuatro años, su padre muere en la batalla de Lützen, en la que luego se llamará Guerra de los Treinta Años, con lo que con sólo cinco, y bajo la regencia del canciller Oxenstierna, la vemos convertida en reina de Suecia.
 
            De la tutela de la niña se hacen cargo sucesivamente su madre, su tía Catalina y la hermana del canciller Oxenstierna, mientras que su esmerada educación es asumida por el obispo Johannes Mattiae Gothus, que la forma en idiomas, filosofía, historia, teología y astronomía, entre otras materias. A los 16 años, Cristina comienza a participar en las tareas de gobierno, a los veinte toma parte activa en el Tratado de paz de Brömsebro con Dinamarca, y a los veintitrés en la Paz de Westfalia, que poniendo fin a la Guerra de los Treinta Años, deja a Suecia como potencia hegemónica en el Báltico.
 
            En 1650 es coronada en Estocolmo, adoptando como lema de su reinado “Columna regni sapientia” “La sabiduría es el pilar del reino”. Fiel a ese espíritu, la reina inicia la que será su valiosísima colección de obras de arte y convierte la corte sueca en uno de los grandes centros intelectuales de Europa, a la que acuden personajes como el francés René Descartes, con la que se le atribuyen amoríos y que muere en Estocolmo, el jurista holandés Hugo Grocio, los literatos Samuel Bochart y Pierre Daniel Huet, el pintor Sébastien Bourdon o el escenógrafo Antonio Brunati, así como las mejores compañías de teatro y ballet de Europa. En 1651 Cristina incluso participa en una obra de teatro.
 
            No muy agraciada físicamente, -de hecho tenía ciertas deformidades-, de fuerte temperamento, ávida lectora, de espíritu crítico, tan inteligente que se gana el apelativo de “Minerva del Norte” y diestra en deportes como equitación, caza o esgrima, su escaso interés en las cosas de mujeres, su aspecto masculino, su voz grave, su excesiva vellosidad, su afición a vestir ropas de hombre o su íntima amistad con su prima Ebba Sparre, llamada “la Belle Comtesse”, la Bella Condesa, alimentan todo tipo de rumores que van desde su orientación homosexual hasta, por el contrario, su inusitada afición a los hombres.
 
            Une a ello la reina una notable inquietud religiosa que ve puntualmente atendida por los embajadores de las potencias católicas en Suecia, como el francés Pierre-Hector Chanut, el religioso portugués Antonio Macedo, que le pone en contacto con los jesuitas Paolo Casati y Francesco Malines, y sobre todo, el español Antonio Pimentel de Prado, con el que la gran película “Cristina de Suecia”, protagonizada por Greta Garbo en 1933, una de las primeras del cine sonoro, imagina unos amoríos.
 
            En este estado de cosas, el 6 de junio de 1654, Cristina, aún a pesar de la oposición que su decisión suscita, y tras declarar repetidas veces su aversión al matrimonio, abdica el trono en favor de su primo, Carlos X Gustavo, con quien también han imaginado algunos una relación sentimental. Tras visitar a su madre en Nyköping, embarca hacia Hamburgo, Amberes y Bruselas, donde en la víspera de la navidad de 1654, bajo la protección de Felipe IV de España, la hija de Gustavo II Adolfo, paladín del protestantismo, se convierte al catolicismo.
 
            Un año después Cristina se instala en Roma, y el día de la Navidad, recibe la confirmación de manos del Papa Alejandro VII, que le cede para su residencia la Torre de los Vientos. En ella, Cristina monta una pequeña corte en la que destaca el Cardenal Decio Azzolini, con quien también se le atribuyen amoríos, y organiza espectáculos y veladas culturales muy del gusto de la sociedad romana.
 
            En 1656 viaja a Francia de Luis XIII, residiendo en el palacio de Fontainebleau. Allí descubre que Juan Rinaldo, marqués de Monaldeschi, espía sus comunicaciones con el cardenal Mazarino, con lo que apelando a su condición real y sin pensárselo dos veces, Cristina lo hace juzgar y ejecutar en el mismo palacio. De vuelta en Roma se traslada al Palacio Farnesio y luego al Palacio Riario.
 
            El 12 de febrero de 1660 muere inesperadamente su primo Carlos X Gustavo, y Cristina vuelve a Suecia para confirmar sus posesiones personales y sus rentas. De ahí vuelve a Hamburgo, donde se interesa en la química, llamada entonces alquimia, y en 1662 a Roma, donde da un gran impulso a su colección de obras de arte. Cuatro años después vuelve por última vez a Suecia, donde permanece dos, no sin que la abdicación de Juan II Casimiro de Polonia, de la rama polaca de los Vasa, cree un partido favorable a su coronación como reina de Polonia y de Lituania.
 
            De vuelta en Roma, el nuevo papa Clemente IX le otorga una renta anual que Cristina usa para reunir en torno a sí lo más granado de la intelectualidad y el arte, creando, a imitación del modelo francés, una Academia Real, que luego se convertiría en la Pontificia Accademia degli Arcadi. Acrecienta su colección de escultura, financia excavaciones arqueológicas, construye un observatorio y adquiere un convento que convierte en teatro, en el que promueve la llamada “ópera seria”.
 
            En el plano estrictamente político, publica un manifiesto en defensa de los judíos de Roma y critica la persecución a los hugonotes realizada en Francia por Luis XIV. Del Papa Clemente X consigue que levante la prohibición a la presencia de mujeres en los espectáculos artísticos. Y apoya al jesuita portugués António Vieira y al teólogo español Miguel de Molinos, impulsor del movimiento quietista, perseguidos ambos por la Inquisición. La tensión es tanta que el nuevo papa, Inocencio XI, le retira la pensión, y Cristina hasta ve cuestionada la sinceridad de su conversión.
 
            En el plano literario, Cristina escribe, siempre en francés, numerosas cartas, el grueso de las cuales se hallan en los Codices Reginenses de la Biblioteca Vaticana, así como una Autobiografía que deja inconclusa, y dos colecciones de mil trescientos aforismos, “Les Sentiments Heroiques” y “L’Ouvrage de Loisir: Les Sentiments Raisonnables”.
 
            En 1689, la reina enferma. No sin reconciliarse con Inocencio X, por cierto, enfermo también él, el 14 de abril, en compañía de su fiel Cardenal Azzolini, Cristina expira. Sepultada en las Grotte vecchie (las Grutas viejas) en la nave central de la Basílica de San Pedro, en 1701, durante el papado de Clemente XI, protegido que fuera en su día de Cristina, Carlo Fontana, discípulo de Bernini, realiza el monumento funerario que todavía hoy se admira en San Pedro.
 
            Por un inventario del Archivo Nacional de París sabemos que su colección ascendía a unas ciento veinte esculturas de mármol muy selectas, unas sesenta de ellas de época romana. El grueso de su colección será adquirido en 1692 por Livio Odescalchi, cuyo heredero las vende a Felipe V de España, que la une a otros regalos de la reina, como notablemente, el Adán y el Eva de Durero. Expuestas en el Palacio de la Granja de San Ildefonso que el rey construía por aquel entonces, en 1829 las esculturas son enviadas al Real Museo de Pintura y Escultura del paseo del Prado de Madrid, donde al día hoy, constituyen la que es su mejor colección de escultura clásica.
 
            Y sin más por hoy, queridos amigos, que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos. Por aquí nos vemos
 
 
            ©L.A.
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