Sábado, 20 de julio de 2019

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Del fraile español, Andrés de Urdaneta, que descubrió una de las principales rutas marinas del mundo

por En cuerpo y alma

 
            Andrés de Urdaneta y Cerain nace hacia 1508 en Ordicia, llamada entonces Villafranca, hijo de Juan Ochoa de Urdaneta, alcalde de la ciudad, y de Gracia de Cerain, pariente del gran explorador Legazpi. Tuvo  esmerados estudios, aunque se desconoce dónde los realizó. Destacó en matemáticas y en filosofía, y reveló dominio de ciertas lenguas asiáticas así como del latín.
 
            En 1525 forma parte de la expedición de Loaísa a las Molucas que dirige Juan Sebastián Elcano. Tras permanecer 9 años en las islas cuando Carlos V las vende a Portugal regresa a España, donde hace entrega al Emperador de una memoria sobre las islas. De Molucas trae una hija que entrega a su hermano en adopción.
 
            De España pasa a Méjico donde escribe un relato sobre variados temas como la navegación por el Caribe, la formación de los ciclones tropicales, la reproducción de las tortugas marinas o la curación de las fiebres tropicales. Ingresa en un convento de la orden de San Agustín, pero no abandona su actividad náutica, participando en la expedición a Pensacola. En 1565 el virrey de Nueva España, Luis de Velasco, promueve una expedición marítima a las Filipinas, y es que aunque en virtud del Tratado de Tordesillas caen bajo jurisdicción de los portugueses, éstos no habían procedido a la ocupación. Autorizada por el rey Felipe II, el virrey otorga el mando de la expedición a un jovencísimo Miguel López de Legazpi, y nombra a Urdaneta su asesor. El objetivo es establecer una cabeza de puente en Asia y buscar la ruta marítima que una América y Asia, algo en lo que habían fracasado ya cinco expediciones. En ésta, Urdaneta dará pruebas sobradas de la precisión de sus cálculos y de su conocimiento del Pacífico, siendo además decisivo en las negociaciones con los aborígenes, tanto por su sentido de la diplomacia como por su conocimiento de la lengua malaya.
 
            El 21 de noviembre de 1564 la flota zarpa de Acapulco. La ida a Filipinas se desarrolla en dos meses. Tras permanecer cuatro meses en el archipiélago, se inicia el conocido como “tornaviaje”, es decir el viaje de regreso hacia el este, estratégicamente muy importante, pues debería permitir a Nueva España el comercio con el este asiático sin atravesar las aguas controladas a occidente por los portugueses en las Molucas, India y África.
 
            El tornaviaje se inicia en San Miguel, en Filipinas el 1 de junio de 1565, al mando de un joven de dieciocho años, Felipe Salcedo, y del propio Urdaneta, quien pone rumbo nordeste aprovechando el monzón del suroeste. Impulsados por el monzón de verano, hasta el 4 de agosto navegan al nordeste buscando la corriente del Kuro-Shivo que los impulsaría hasta Acapulco; ese día alcanzaron por primera vez los 39º de latitud norte en una longitud de 170º oeste. Posteriormente, descienden a los 32º N, y vuelven a subir a los 39º 30´ N el 4 de septiembre. El 18 de septiembre avistan la isla californiana de Santa Rosa culminando la primera travesía del Pacífico de oeste a este. Costeando arriban a Acapulco el 8 de octubre, tras haber recorrido 7 644 millas náuticas (14.157 km) en 130 días, a una media de 59 millas náuticas (109 km) por día. Durante los siguientes 250 años las naves españolas y sobre todo el famoso galeón de Manila, emplearán esta ruta que aun hoy es una de las principales rutas marítimas del mundo moderno.
 
            Junto a la faceta exploradora de Urdaneta, se ha de destacar una segunda faceta, la evangelizadora. Lo cierto es que gracias a la labor de Urdaneta y los otros cuatro frailes agustinos que le acompañan en la expedición, evangelizan Filipinas, único país de toda Asia mayoritariamente católico. Las instrucciones de Urdaneta incluyen la evangelización de las islas en el idioma nativo, hecho en el que se ha de encontrar una de las principales razones de la menor implantación del español en Filipinas que en el continente americano.
 
            Y junto a estas dos facetas todavía una tercera, la del cosmógrafo y el literato, pues Urdaneta deja escrita relación de todo cuanto realiza en varias obras. Así la “Relación sumaria del viaje y sucesos del comendador Loaisa desde 24 de julio de 1525”, que entrega a don Macías del Poyo, en Valladolid, completada con otra que entrega un año después al Rey. También el “Derrotero de la navegación que había de hacer desde el puerto de Acapulco para las islas de poniente el armada que S. M. mandó aprestar para su descubrimiento en las costas del mar del Sur de Nueva-España”. Y todo un informe sobre el archipiélago filipino para dirimir la jurisdicción castellana sobre las islas.
 
            Andrés de Urdaneta morirá en la Ciudad de México, el 3 de junio del año 1568, con apenas sesenta años de edad. Una estatua acompañado de Legazpi perpetúa su memoria en Manila.
 
 
            ©L.A.
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