ESPEJO DE CIELO.

Se llamaba Manuel. Era sencillamente una persona extraordinaria en un cuerpo roto. Como diría algún escritor, “un ángel en medio del infierno”. El infierno era el manicomio de los años cuarenta y más en concreto el “departamento de sucios” donde se encontraban aquellos que no tenían control de esfínteres, ni podían asearse. Una parálisis progresiva le impedía mover más allá de su cuello. Postrado en la cama, sólo podía ver a través de la ventana un rincón del cielo. Cuando alguien intentó mejorar levemente sus vistas a través de un espejo que reflejara el exterior, respondió: “no os molestéis. Dios es muy bueno y de vez en cuando veo un pájaro volar”. Pero Manuel, huérfano, pobre y desvalido era consuelo y descanso para el resto de los enfermos y sanitarios que le visitaban. En realidad, en medio de aquel infierno era un espejo de cielo. Es una de las historias reales que podemos leer en el libro “Conciertos para instrumentos desafinados” de Juan A. Vallejo Nágera que recomiendo vivamente a todos.

Me viene a la memoria Manuel por contraste con el lamento permanente que oigo con demasiada frecuencia en la sociedad actual. Me duele especialmente la queja generalizada cuya palabra más usada es “qué asco”. Nunca hubo tantas ayudas, subvenciones ni oportunidades como ahora. Sin embargo, podríamos decir que la sociedad del bienestar ha llenado los estómagos, pero ha vaciado las almas lo que provoca un malestar generalizado, la queja permanente solo acallada por el consumismo feroz y la anestesia intelectual y moral que provocan los medios de comunicación y las redes sociales.

Pero por mucho que Amazon nos lleve a casa lo que necesitamos – o creemos necesitar-, por mucho que Neflix nos entretenga para que no despertemos de la ficción que supone curiosear la vida de otros, - incluso a costa de olvidar vivir la propia-, por más que nos diga el Estado que él es nuestro padre y que encargará de darnos lo que necesitamos y decirnos lo que debemos hacer-aunque sea a costa de perder la libertad- , por muchos medios que tengamos a nuestro alcance siempre quedará una sed insaciable de alcanzar la plenitud humana.

Educar para la vida consiste en superar las limitaciones y ampliar horizontes; mostrar a los jóvenes y no tan jóvenes que no somos meros consumidores de energía o riquezas, que tenemos una capacidad de sentir, de pensar, de conocer y de amar que va más allá de las limitaciones biológicas o consumistas. Para alcanzar esas cotas es necesario salir fuera de sí, no esperar que nos den todo hecho, sino plantearse qué esperan los demás de nosotros, qué tipo de persona queremos ser y qué legado vamos a dejar.

Sobran quejas, lamentos, frustraciones. Tal vez seamos los educadores, y aquí estamos todos, especialmente los padres, los profesores y por supuesto el Estado los que estamos sembrando la semilla de la infelicidad en los jóvenes al decirles, de un modo u otro, que no se preocupen, que no es necesario esforzarse, que ellos no son responsables de nada, ya sea la contaminación, la pobreza o los suspensos: los culpables son los demás.

Les perjudicamos porque le hemos dado todo o casi todo, pero no le hemos enseñado el valor y el disfrute que tiene la vida en sus pequeños detalles, desde la satisfacción de las necesidades básicas hasta aquellas otras de tipo estético, intelectual o del encuentro personal con los seres queridos. No le hemos mostrado el goce que produce la superación de las limitaciones, aunque a veces el premio sea diferido tras un pequeño o gran esfuerzo.

Más allá de las ideologías, incluso de las creencias religiosas, hay dos tipos de personas, aquellas que son honestas y se esfuerzan por dejar el mundo mejor de lo que se lo encontraron y aquellos otros cuyo centro y límite de su afán vital termina en ellos mismos. Estos últimos son gente tóxica, contaminan con su actitud de permanente queja, crítica y amargura el entorno en el que viven.  A ellos, como a los jóvenes que caen por la pendiente de la tristeza, del egoísmo y de la amargura, habría que preguntarles: “Además de quejarte, ¿qué sabes hacer?”.

Debemos elegir entre ser personas que disfrutan de la vida y contagian la alegría a su alrededor o, por el contrario, ser personas tóxicas que allá donde están siembran la neblina de la tristeza, de la crítica y la amargura.

Pero en la mayor parte de nosotros, coexisten los dos tipos de personas: hay días, incluso horas, en los que predomina en nosotros un tipo u otro. No importa esa mezcla si cada día somos conscientes de las limitaciones y estamos dispuestos a realizar una conversión vital, a cambiar el principio y fin de nuestra misión en la vida.

Mejorar el mundo supone pensar a lo grande, pero actuar en lo pequeño, en aquel microcosmo familiar, escolar, laboral en el que vivimos. Necesitamos urgentemente hombres y mujeres que infundan ánimo y optimismo en la sociedad actual. Decía Delibes de uno de sus personajes, probablemente recordando a su esposa fallecida: “Una mujer que con su sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir”.

Planteémonos la vida como si ya estuviésemos viviendo una segunda oportunidad, pensemos cómo nos gustarían que nos recordasen y probablemente este pensamiento diario nos ayude a mejorar nuestra vida y la de los demás.

En definitiva, la vida solo adquiere sentido cuando a pesar de todo, nos fijamos en lo milagroso de ella, cuando sabemos saborearla y contagiar esa alegría a los demás, intentando dejar el mundo mejor de lo que nos encontramos. Y si no lo conseguimos, que al menos puedan decir de nosotros: “por él no quedó”.