Una lectora de nuestro post de ayer dedicado al P. Kolbe dice, con razón, que se suele comentar mucho los mátires del nazismo, pero se silencian bastante los mártires de la persecución religiosa en España ante y después de la guerra civil de 1936. Tiene razón. La ideología imperante en España no se cansa de airear la memoria histórica para abrir heridas y remover viejos rencores. Incluso enseñan a los jóvenes que de todo lo que ocurrió tuvieron la culpa los “golpistas” del 36. Silencian que el levantamiento nacional fue motivado por la masacre que se venía haciendo contra la Iglesia Católica y la gente catalogada de derechas o “fascistas”.  En las generaciones nacidas en la posguerra hay un desconocimiento absoluto de todo lo que ocurrió en la primera y segunda República. Y no se trata de volver la vista atrás para resucitar odios y revanchas, sino de ser justos y de darle a cada uno lo suyo. Pienso que la transición se hizo bien para estrechar lazos de perdón y fraternidad, y con esa ley se salvaron muchos de ser juzgados, como por ejemplo el Sr. Carrillo.  Es una tremenda irresponsabilidad hurgar de nuevo en las heridas y atizar el fuego de un rencor que dábamos ya por  muerto.
      Pero por si hay quien no se cree lo que decimos, aportamos unos datos objetivos, de los muchísimos que hay publicados. Nuestra intención es que prevalezca la verdad e intentar mirar hacia delante, que hay mucho camino por recorrer. Los que no quieren la paz deberían buscar sencillamente la selva., lejos de aquí.
 
Datos de la historia:
 
 
El fenómeno de la persecución de los miembros de la Iglesia Católica que se enmarca en el contexto histórico de la Guerra Civil Española comprende a miles de personas, religiosos y laicos, que forman parte del conjunto más amplio de víctimas de la Guerra Civil, e incluye también la destrucción de patrimonio artístico religioso y documental. Entre estas personas se encontraron numerosos religiosos.[1] pertenecientes al clero secular, órdenes, congregaciones y distintas organizaciones dependientes de la Iglesia Católica española que sufrieron actos de violencia que culminaron en miles de asesinatos, alcanzando las dimensiones de un fenómeno de persecución[2] en las áreas de control nominal republicano principal, aunque no únicamente, durante los primeros meses del conflicto armado y de la revolución social que tuvo lugar en dicha zona. En la zona bajo control de las fuerzas sublevadas existieron también episodios, en un número muchísimo menor y en momentos puntuales, hacia religiosos (católicos o de otras confesiones).
Esta violencia no sólo se manifestó en contra de los derechos fundamentales de miles de personas, muchas de las cuales fueron asesinadas —algunas, incluso, tras sufrir tortura—, sino que también se ejerció de manera sistemática contra aquellos bienes y objetos considerados símbolos de la religiosidad, dañando o destruyendo gran parte del patrimonio arquitectónico, artístico y documental.
La interpretación del origen y motivaciones generales de estos hechos, así como de las circunstancias de algunos de ellos, en particular en lo que respecta a su consideración desde la dimensión política y religiosa, pero también sobre su terminología, la actitud de la Iglesia y sus consecuencias en el desarrollo de la contienda y la posterior represión del régimen franquista, son todavía objeto de fuerte controversia entre los especialistas.
Citado como referencia en numerosas otras obras, un detallado estudio publicado en 1961 por Antonio Montero Moreno,[3] identificó a un total de 6.832 víctimas religiosas asesinadas en el territorio republicano, de las cuales 13 eran obispos, 4.184 sacerdotes, 2.365 religiosos y 283 religiosas.
La Iglesia Católica, considerando que muchas de estas víctimas lo fueron como "consecuencia de su fe", las definió como mártires. Esta denominación de carácter religioso fue también adoptada por la propaganda del bando sublevado y posteriormente, por la dictadura franquista, haciéndola extensiva a todas las víctimas afines a su causa, quienes fueron llamadas mártires de la Cruzada o mártires de la Guerra Civil.
Aunque reclamado por el régimen franquista y a pesar de su estrecha relación con la Iglesia Católica, no fue hasta después de la Transición Española, que el Vaticano, durante el papado de Juan Pablo II y tras la modificación en 1983 del Normae servandae in inquisitionibus ab episcopis faciendis in causis sanctorum[4] el Código de Derecho Canónico aplicable y vigente hasta entonces, que establecía un plazo mínimo de cincuenta años antes de presentar los procesos en Roma, impulsó numerosas causas de beatificación y canonización, generando un polémico debate entre distintos sectores de la sociedad española, que desembocaron a partir de 1987 en las primeras ceremonias.
En el contexto de la controvertida iniciativa del Gobierno español presidido por José Luis Rodríguez Zapatero sobre la llamada "Ley de Memoria Histórica" y a pesar de las críticas recibidas, el Vaticano, prosiguiendo con las causas de beatificación que comenzaron a abrirse más de veinte años antes, anunció una masiva ceremonia de declaración de beatos "mártires" prevista para el otoño de 2007.
 

 
De la obra de D. Antonio Montero
En 1960 Antonio Montero publicó el libro clásico Persecución religiosa en España (19361939), nunca reeditado. Allí, entre las páginas 769 y 883, se daba una lista de 6.622 religiosos asesinados en la zona republicana durante nuestra guerra civil de liberación nacional. Con posterioridad a esta obra, que utilizaba la entonces numerosa bibliografía disponible, han aparecido nuevas investigaciones sobre genocidios religiosos de carácter local o relativos a determinados institutos y órdenes. Actualmente la lista nominal de religiosos asesinados se eleva a 7.800 encabezados por trece obispos, alguno de ellos ya canonizado como el de Teruel. Otros también lo han sido colectivamente por Juan Pablo II que reabrió los procesos de mártires de la guerra de España, detenidos por decisión de Pablo VI durante su patético pontificado. Ultimamente, por maniobras de un cardenal vasco-francés han vuelto a interrumpirse los procesos de beatificación de mártires españoles.

Ahora, el historiador jesuita Adro Xavier1 dedica un volumen a enumerar y evocar a 118 jesuitas, asesinados por las milicias republicanas. Cada caso va siendo descrito con sus anécdotas trágicas y, a la vez, ejemplares. Hombres que morían por su fe con valor heroico. Y el torvo rencor de sus asesinos, acompañado de odio a la religión.
¿Cómo pueden convertirse en signo de reconciliación estos mártires?
        Hoy se abusa del término «mártir», que encierra varias acepciones en el lenguaje corriente, aunque la más genuina y original es la de quien sufre o muere por amor a Dios, como testimonio de su fe, perdonando y orando por su verdugo, a imitación de Cristo en la Cruz. Los demás pueden ser «héroes» o «víctimas» de ideales diversos, incluso a veces discutibles, aunque se les llama mártires porque se abusa del concepto por extensión y se aplica sin más al que sufre sencillamente por alguien o por algo.
        Detrás de los «mártires cristianos» no hay banderas políticas ni ideologías: sólo hay fe en Dios y amor al prójimo. Ellos no hicieron guerras ni las fomentaron, ni entraron en luchas partidistas. Fueron portadores de un mensaje eterno de paz y amor, que ilumina nuestra fe y alimenta nuestra esperanza.
Detrás del debate «político» que algunos han querido suscitar con los mártires de la guerra civil, ¿no cree que se da también el hecho de que los católicos en España no han sabido comprender y transmitir los auténticos motivos por los que dieron su vida estos hombres y mujeres?
        Durante muchos años ha pesado como una losa el Régimen que tuvo España hasta 1975, y a muchos católicos les molesta la presencia de los mártires de 1936, que nada tuvieron que ver con todo lo que vino después. También molestan a los «vencidos» en la guerra, y a sus herederos ideológicos, porque los mártires denuncian la persecución religiosa de aquellos años terribles y su tozudez porque se obstinan en no querer reconocer sus responsabilidades históricas de la tragedia de 1936. Precisamente para evitar referencias polémicas al pasado, la Iglesia esperó más de medio siglo de la guerra civil para comenzar las beatificaciones (las primeras se hicieron en 1987) y que España tuviera una democracia consolidada.

 
¿Cuál es el mensaje que los mártires de la Persecución Religiosa de 1936 dejan a la España sacudida por los atentados del 11 de marzo en busca de un sentido?
        El 11-M ha sido la mayor tragedia vivida por España desde el nefasto trienio bélico. Pero ha servido para que los españoles manifestaran los sentimientos más profundos, que son esencialmente cristianos: fe en Dios y amor al prójimo, en medio del inmenso dolor; con gestos elocuentes de generosidad y perdón, de los que han sido testigos centenares de sacerdotes, religiosos y católicos, que atendieron y atienden a los heridos y a los familiares de las víctimas, que buscan algo más profundo que simples consuelos humanos o actos formales. La "victoria de los mártires de la fe cristina" nos transmite un mensaje de esperanza para seguir viviendo con ilusión en un mundo desorientando, víctima de la manipulación mediática, cada vez más insoportable.

www.youtube.com/watch

www.youtube.com/watch

Juan García Inza
Juan.garciainza@gmail.com