El episodio evangélico de que se relata hoy en el evangelio es especialmente interesante: la pesca milagrosa. El Evangelio parte de la incapacidad de pescar de unos hombres que eran pescadores profesionales. ¿Qué les sucede para no poder pescar? Cristo iba a utilizar su vivencia a modo de parábola, de forma que aprendieran más de lo que la propia vivencia les podía mostrar. Iba a iluminar el corazón de los apóstoles. Conocimiento para consolidar su fe, emociones que alimentaran su esperanza y acciones que sirvieran para cimentar la caridad. San Ambrosio de Milán nos muestra todo esto de forma clara y precisa:

Místicamente, la barca de Pedro, que flota según San Mateo y que según San Lucas se llena de peces, figura la Iglesia flotante en su origen, y llena después hasta rebosar. No zozobra ésta que tiene a Pedro; pero fluctúa aquella que tiene a Judas: en una y otra se encuentra Pedro, pero el que permanece firme por sus virtudes es perturbado por las extrañas. Evitemos el trato con el traidor, no sea que vacilemos muchos, empujados por uno solo. Hay perturbación allí donde se encuentra poca fe; y gran seguridad donde hay perfecto amor. Últimamente, aun cuando se manda a otros que arrojen sus redes, sólo a Pedro se le dice: "Entra más adentro"; esto es, hasta el fondo de la cuestión. ¿Qué cosa hay más elevada que conocer al Hijo de Dios? ¿Más cuáles son las redes que se manda a los apóstoles tender sino los discursos, que como los rodeos y vueltas de las discusiones no dejan escapar a los que cogen? Los instrumentos de los apóstoles son redes de pesca que no hieren a los que cogen, sino que los reservan; y que, desde el abismo donde se agitaban, los hacen subir a lo más elevado. Dice, pues: "Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, sin haber cogido nada"; porque en realidad el fruto que ha de cogerse por medio de la predicación no depende de los hombres, sino de Dios. Los que antes nada habían cogido ahora hacen una gran pesca con la Palabra de Dios (San Ambrosio  De Milán. Tomado de la Catena Aurea, Lc 5, 5-7)

La Iglesia actual parece encallada en una crisis que se evalúa de mil formas y aunque se aplican las herramientas del mundo, parece que nada sucede. De igual forma, los Apóstoles necesitaban pescar y llevaban más del tiempo razonable haciendo todos los esfuerzos y aplicando todos sus conocimientos. ¿Qué faltaba? ¿Qué falla ahora? La Voluntad de Dios. Como bien indica San Ambrosio de Milán, el éxito de la evangelización no depende de nuestros esfuerzos, sino de la Voluntad de Dios. ¿Por qué tantos bautizados se alejan de la Iglesia? Podemos saber qué les pasa si les hacemos una encuesta y nos dirán lo evidente: la Iglesia les pide cosas que ellos no están dispuestos a dar y tampoco está dispuesta a adaptarse a sus necesidades. Lo curioso es que llevamos adaptándonos al mundo desde hacer décadas y nada cambia. Más bien cada vez estamos más desesperados. Las quejas nos son muestran la razón de fondo: la ausencia de santidad.

La Voluntad de Dios es que seamos santos ¿Qué pasa si nosotros nos volvemos estupendos funcionarios, organizadores, expertos en marketing y prospectores de fondos? Simplemente no estamos en sintonía con la Voluntad de Dios y Dios deja que nos demos cuenta de nuestra soberbia. ¿Cómo? Dejando de palpemos lo que sucede aplicando todas nuestras técnicas y herramientas. ¿Qué es lo que desea Dios? Que empecemos a cimentar la Iglesia en Él, que es la Piedra Angular. Que nos arrepintamos de nuestras infidelidades, soberbias y envidias. Que abramos nuestro corazón a su Gracia y que dejemos que nos transforme. ¿Se predica esto es lo púlpitos del siglo XXI? Más bien poco o nada. La santidad es el medio por el que Dios se hace presente entre nosotros. De nada valen shows multitudinarios, conferencias llenas de contenidos o desarrollar ONGs eclesiales. Estamos viendo que nada de esto funciona y seguimos empeñados en creer que repitiendo nuestra “magia humana” el “hechizo” terminará por funcionar. Hemos perdido la fe, la esperanza y hasta la caridad se nos está convirtiendo en solidaridad a toda velocidad.

A los Apóstoles no les sirvió de nada emplear todos sus recursos humanos. Tuvo que estar presente Cristo, estar dispuestos a escucharle, indicarles que fueran mar adentro y echaran las redes donde sólo Él sabe que están las personas que necesitan del Evangelio. Ojo que no se trata de llevar Evangelio a quienes no lo necesitan, sino a quienes Dios les ha concedido la capacidad de aceptarlo. Una vez los Apóstoles hicieron la Voluntad de Dios, las redes se llenaron milagrosamente. Este es el reto que tenemos delante: dejar de montar estructuras humanas o cambiar de nombre las estructuras que ya tenemos creadas. No necesitamos una Iglesia ONG, ni una Iglesia organizadora de festejos y shows, ni una Iglesia llena de conferenciantes. Nada de esto tiene sentido porque lo que Dios quiere de nosotros es santidad. La santidad es la respuesta a todo lo que nos podamos preguntar. ¿A qué esperamos? Empecemos rezando para pedir fuerzas para emprender el camino. Lo demás, vendrá en su momento.