FRACASE Y CONOCERÁ A SUS AMIGOS DE VERDAD

Pongamos por caso que usted es una de esas hormigas listas que consigue destacar en el hormiguero. Almacena usted grandes cantidades de comida, la vende bien, gana dinero, exporta su comida a otros hormigueros, compra los negocios de sus competidores y crea un imperio –en el hormiguero, no pierda la perspectiva-. A sus fiestas acuden los personajes más importantes y los menos importantes le hacen la pelota. Hormigas menos afortunadas le piden trabajo o dinero y usted, generosamente, les da trabajo y dinero. Incluso aquella hormiga que se peleó con usted la semana pasada, cuando eran jóvenes, –el tiempo también es distinto en los hormigueros-, vuelve para pedirle un préstamo y usted le dice que pelillos a la mar, todo olvidado, venga esas cinco patas, y se lo concede. En fin, todo es felicidad a su alrededor. Es usted uno de los reyezuelos del hormiguero.

Y, de repente, shit happens. Ésta es una expresión anglosajona de muy difícil traducción: viene a decir que surgen problemas como caídos del cielo; sin comerlo ni beberlo pasa una de aquellas cosas que hacen exclamar a los humanos: ¿por qué a mí? (Uno de los mejores relatos de las consecuencias de un shit happens se encuentra en la Biblia, en el libro de Job).

En el caso que nos ocupa, la situación puede, realmente, caer del cielo. Aquel niño se ha bajado de la bicicleta y ha puesto los pies justo encima del hormiguero. Para ser más exactos, ha puesto uno de los pies encima de la sede de su empresa y el otro, sobre su casa, que estaba al lado. Usted se ha salvado porque se encontraba de viaje en el hormiguero vecino, medio metro a la derecha de la rueda delantera de la bicicleta del niño. Le llevará a usted todo el día regresar a su domicilio. Lo hará deprisa porque está seguro de que, como temían los galos, el cielo ha caído sobre su cabeza –las hormigas científicas se encargarán de determinar qué clase de monstruoso OVNI metálico es ese que ven brillar sobre el horizonte; en cuanto al niño, lo catalogarán como uno de los nefilim que menciona, misteriosamente, el Viejo Libro-.

Al llegar a su casa, usted se tropezará con el desolador espectáculo de la destrucción de todo lo que constituía su vida. Ya no tiene casa, ni familia, ni empresa, ni comida. No tiene nada. Vagará como alma en pena por el hormiguero rogando un poco de ayuda y nadie se la dará. Sus amigos le volverán la espalda. Aquellos a los que favoreció con dinero y con trabajo le exigirán que cumpla los contratos.

-Todo ha desaparecido. Uno de esos nefilim lo destruyó todo –gemirá usted.

Pero nadie tendrá piedad. Es más, la reina del hormiguero le expulsará, acusándole de falta de previsión y de negligencia.

Es posible que alguna hormiga de los barrios bajos le permita dormir en su chabola de las afueras y un gusano le hablará sobre el sentido de la vida de los gusanos.

-Usted, querida hormiga, lo ha perdido todo, es cierto. Incluso los amigos. No sé por qué digo “incluso” –le dirá el gusano- cuando los amigos son lo primero que uno pierde si van mal dadas. A mí me sucedió algo parecido. Al final, sólo una mosca, que había sido mi principal competidor en el negocio de la fruta podrida, me acogió en su casa y me dio trabajo. Los humanos se han empeñado en hacerse eternos a base de conservantes y los cadáveres no hay manera de que se descompongan. Esto es un problema para las moscas. Los gusanos somos más tenaces y al final conseguimos convertir en comida incluso esos pechos de silicona de las abuelas de 94 años. Digamos que yo le facilito el trabajo a mi amiga, la mosca, y ella me paga. No tenemos más relación que esa, ¿sabe? Es una mosca que está de buen ver, pero uno tiene sus principios. Estos humanos ignoran que ya alteraron el orden cósmico hace millones de años, cuando esos nefilim se juntaron con las hijas de los hombres. Alguien se enfadó, no sé si me entiende, y por poco se va todo el universo a hacer puñetas. Ahora vuelven con lo mismo y me temo lo peor. Usted, como hormiga, es posible que aprenda de todo lo que le ha ocurrido. Los humanos no aprenden nunca. Se creen algo, ¿comprende? Nosotros los gusanos estamos aquí precisamente para recordarles lo que son, pero no hay manera de que comprendan. Nos ven y dicen: “mira, un gusano”. Eso es todo. “Mira, un gusano”. Es para responderles: “Sois unos idiotas. Acabaréis todos en mi estómago cualquier día. Es mejor que nos llevemos bien.” Pero no, prefieren pisarnos. Como si pisando a un par de los nuestros, todos desapareciésemos de su vida. Apareceremos en su muerte. Yo pienso que por eso nos pisan, ¿no cree?

 -No sé. Ya no sé nada… –se lamenta la hormiga.

-Nadie sabe nada, no se apure. A los gusanos sólo nos ha valorado un humano: el hombre de Galilea. ¿Ha oído hablar de él?

-No.

-Un tipo muy especial. En nuestros viejos libros se dice que llegó a compararse con uno de nosotros. Realmente, él sí tenía el sentido de la proporción y de la medida. Pero parece que la cosa acabó mal. Uno no puede decir que es un gusano y esperar que no lo pisen.

-¿Le pisaron?

-Bien, se cree que fue algo peor que eso. En cualquier caso, digamos que sí, que le pisaron.

-¿Y qué pasó después?

-Es un misterio. En nuestros archivos no consta que ninguno de nuestros antepasados se lo comiese. Un caso muy especial, como ve.

-Yo ya no veo nada. He fracasado.

-Lo comprendo perfectamente porque yo vivo del fracaso ajeno. Vivo del fracaso de la vida. De lo que los humanos llaman el fracaso de la vida. Porque, deje que me ría un poco, nosotros seguimos vivos.

-Es que se creen algo. Es una gran tentación creerse algo. Tal vez yo llegué a creerme algo también. Y no soy más que una hormiga.

-Querido amigo, empieza usted a recordarme al hombre de Galilea. Él era alguien, eso es muy distinto. Y vino a explicarles a los humanos que eran alguien.

-¿Yo también soy alguien?

-Si usted reconoce que es sólo una hormiga, es alguien, sí. Mejor dicho, si me permite el consejo: empezará a ser usted alguien.

Fin del cuento.

Las cosas más reales sólo se pueden explicar a través de los cuentos y de la poesía. Los niños, los poetas y los borrachos son los únicos que ven lo que hay al otro lado de los espejos y por eso nadie les hace caso.

El fracaso es un camino que conduce al otro lado del espejo. Es un camino estrecho, pequeño y áspero, pero no hay otro. Si usted se queda a este lado del espejo lo único que verá es una imagen de la realidad que se hará añicos en cuanto un niño tire una piedra o aparque su bicicleta encima del hormiguero. No tengo que decirle nada más a este respecto porque usted es un hombre culto y ya sabe a lo que me refiero. Si le dijese que aparte de su vida los espejos que le impiden ver la realidad, usted no me haría caso. Nadie rompe los espejos porque todo el mundo prefiere ver una imagen de si mismo antes que ver cualquier cosa que le recuerde que aquello que ve es una mentira. ¿Quiere que le diga cuál es uno de los nombres del espejo? Lo ha adivinado: éxito. El segundo es: poder. Y el tercero se llama yo.