No se agobie y piense. Hubo un hombre nefasto, que vivió hacia finales del siglo XVIII y que se llamaba Juan Jacobo Rousseau, que tuvo la ocurrencia de decir que el hombre es bueno por naturaleza y que es la sociedad la causa de todos los males. Si usted se mira al espejo, antes o después de tomarse el ibuprofeno, se dará cuenta de que la sociedad no pinta nada en su decisión de tomarse seis whiskys; y que la sociedad no pinta nada en su mente: cuando decidió, antes de esa cena, que iba a tomarse sólo un digestivo y se iría a casita para no disgustar a su santa. Usted se lo propuso con muy buena intención, pero fracasó –de nuevo- en el intento. ¿Qué gaitas tiene que ver la sociedad en todo esto? A media mañana, cuando el ibuprofeno ha hecho su efecto y usted ya lleva cuatro cafés, lee un poquito el diario en el bar. Las noticias dan miedo. Cómo está el mundo, qué desastre. Y usted, persona con una cierta cultura, se da cuenta de que el mundo ha estado así siempre y que no va a mejorar por mucho que la ciencia moderna y el estado moderno se empeñen en hacernos creer lo contrario.

El hombre de Galilea dijo que siempre habría pobres entre nosotros y habló de guerras y otros desastres. Usted se lo puede creer o no, pero es evidente que acertó. Y es que el hombre, usted y yo, no es, no somos, buenos por naturaleza. Más bien somos malos, incluso podemos ser muy malos. Mírese otra vez al espejo. ¿Recuerda aquella vez que…? Sí, aquella vez. Bien. Podemos ser muy malos. Por lo tanto, bueno, sea comprensivo con la maldad ajena –vuelva a recordar aquella vez que... antes de decirme que jamás será comprensivo con quién usted ya sabe-. Y por lo tanto, no se desespere y acepte en paz que estamos estropeados desde el principio por alguna causa misteriosa. Tampoco se empeñe en desvelar todos los misterios: es algo que no está a nuestro alcance; de hecho, está tan lejos de nuestro alcance como sonreír al vecino pesado de la oficina.

No se haga ilusiones sobre usted mismo. Si no se las hace, será más feliz, se lo garantizo. Dicho con otras palabras: acéptese como es y acepte las circunstancias de su vida, sean las que sean; entre otras razones, porque no hay más que su circunstancia presente: el pasado ya no existe y el futuro tampoco existe, dado que aún no ha llegado. Por mala que sea su vida, ¿preferiría estar muerto o no haber nacido? Si la respuesta es sí, deje de leer inmediatamente, coja una pistola y péguese un tiro o láncese al vacío desde un décimo piso –para asegurar que se convertirá en una papilla con tropezones bastante desagradable-, o haga lo que quiera, pero mátese. En el caso, más habitual, de que decida seguir viviendo su miserable vida, no tiene sentido andar lamentándose en exceso. Quiero decir que puede usted lamentarse cuanto quiera, pero le servirá de muy poco, o le servirá de momentáneo desahogo, como acordarse de la madre del árbitro que no puede oírle porque usted está en el palco y él, en el punto de penalti.

No crea usted que exagero cuando digo lo de pegarse un tiro. Ayer mismo un niño de la clase de mi nieto se encontró a su padre muerto de un certero disparo de escopeta en la cabeza. El niño también encontró una nota: “No entres en el cuarto de baño y llama a la policía”.

Un hecho brutal, sí. Pero si usted no tiene intención de hacer algo semejante y quiere seguir vivo, le daré algunos consejos absolutamente contrarios a todos los que pueda leer en los libros de auto-ayuda.