“Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino” (Lc 10, 3-4).

 

Ser corderos en medio de lobos. Ese es uno de los grandes retos del cristianismo. Así lo mandó Jesús a sus discípulos y así lo practicaron ellos tras habérselo visto hacer a Él. Sin embargo, en otra ocasión, el Maestro nos invitó a ser astutos como serpientes a la par que sencillos como palomas.

Ambas cosas se pueden compaginar mediante el amor. A veces, amar nos hará ser “corderos”, es decir, nos hará no asumir el juego sucio que otros utilizan, aunque eso nos suponga perjuicios momentáneos. Pero en otras ocasiones, el amor nos llevará a ser astutos y valientes, con el fin de defender, siempre por medios legales y pacíficos, los derechos de los pobres, de los inocentes, de la Iglesia. La astucia que debemos emplear los cristianos no está reñida con la inocencia. Nuestra inteligencia no es aliada de la maldad. Hay límites que un cristiano no debe franquear, pero hasta llegar a esos límites hay mucho campo por jugar y muchos medios legítimos que utilizar.

Por desgracia, lo que nos sucede es que la pereza o el miedo nos atenazan y nos excusamos diciendo que los hijos de las tinieblas son más listos que los hijos de la luz, como si por el hecho de no poder usar medios malos estuviéramos condenados a ser más tontos. No es verdad, es nuestra incompetencia lo que nos hace tontos y no el rechazo a los medios ilícitos. El fin, para nosotros, no justifica los medios, pero si usáramos los medios que podemos usar llegaríamos más lejos en la defensa de la justicia y la verdad. Por ejemplo, muchos católicos votan partidos que atacan a la Iglesia, consumen productos de empresas o ven cadenas de televisión hostiles a la fe. Eso no es ser malos ni buenos, es ser tontos.