Fray Justo Pérez de Urbel continúa:

«Y con un látigo, cruzaron repetidamente el rostro de Santiago. Es inútil tratar de prolongar al lector el martirio de describir lo que hicieron con este joven. Se trata de las verdaderas Actas de los mártires de los primeros siglos, de las persecuciones romanas, actualizadas con tal veracidad que parece que escuchamos a Tarsicio, a Cecilia, a Eulogio, a Sixto o a Cornelio...

La noche del 25 al 26 de agosto de 1936 los seis detenidos que quedaban fueron conducidos al cementerio de Villanueva de Alcardete (Toledo) para ser fusilados».

Sigue narrando Fray Justo:

«Ya están contra el paredón. Una descarga, dos descargas, y el crimen ha sido consumado. Santiago no murió, fue gravemente herido en sus piernas por la metralla de los fusiles. La escena es dantesca. Deseamos que el lector se imagine la escena. Un niño con las piernas destrozadas a tiros, entre los cadáveres de sus amigos, en un cementerio, una noche entera... Todavía tendría confianza en la piedad de los hombres...

El 26 de agosto, Villanueva siempre recordará con horror el final de la historia. Aunque intentó escapar, le fue imposible. Esperó que amaneciera. Santiago escucha que alguien se acerca: «El sepulturero se acerca. Crece la confianza en el pecho de Santiago, se ensancha su fe y su corazón late con más ansiedad, y exclama:

-¡Piedad, buen hombre, piedad!

La respuesta de los labios es mejor silenciarla. Los testigos declaran que el sepulturero le obligó a nuevamente a blasfemar contra Dios y María. Santiago le dijo que eso no lo podía hacer, pues era pecado contra Dios; el sepulturero le dijo que si no blasfemaba, lo mataría y Santiago le dijo:

-Prefiero morir antes que ofender a Dios.

El cruel asesino tomó un pico y de un golpe acabó con su vida.

Según cuentan los diferentes testigos, tras la guerra su cuerpo, que no se sabía dónde lo habían enterrado, fue hallado casi milagrosamente... tenía su rosario en la mano izquierda y su rostro reflejaba la serenidad del encuentro con Dios».