Si tuvieron ocasión de ir Vds. a misa el pasado miércoles, el Evangelio que se leyó fue Lucas, y más concretamente, el episodio de la aparición a los discípulos de Emaús. Un episodio que muchos años va en domingo, pero que este año, en ese espíritu de rotación que inspira la elección de las lecturas, quedó relegado al miércoles.
 
            San Lucas es de los cuatro evangelistas el único que no concede el honor de la . En su lugar hace un extraño relato que sólo él realiza en el que nos presenta a Jesús apareciéndose por primera vez a dos desconocidos personajes a los que sólo se hace una referencia muy tangencial en el Evangelio de Marcos (Mc. 16, 912 “Después de esto, [Jesús] se apareció, bajo otra figura, a dos de ellos cuando iban de camino a una aldea”) pero en ninguno otro. El relato de Lucas es un relato minucioso, probablemente el más minucioso de todos los realizados en los evangelios sobre las apariciones de Jesús, que reza como sigue:
 
            “
Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que dista sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó a ellos y caminó a su lado; pero sus ojos estaban como incapacitados para reconocerle. Él les dijo: «¿De qué discutís por el camino?» Ellos se pararon con aire entristecido.
            Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que han pasado allí éstos días?» Él les dijo: «¿Qué cosas?» Ellos le dijeron: «Lo de Jesús el Nazoreo, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles que decían que él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a él no le vieron.»
            Él les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso para entrar así en su gloria?» Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras.
            Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le rogaron insistentemente: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado.» Entró, pues, y se quedó con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su vista. Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?»” (Lc. 24, 13-32).
 
            Como ve el lector, San Lucas nos dice quien era uno de ellos, al que llama Cleofás: en el Evangelio de Juan (ver Jn. 19, 25) se habla de un Clopás del que sería esposa la María que acompaña a Jesús en su camino al Calvario, aunque no parece probable que se trate del mismo personaje y ello por dos razones. Primera, porque de hecho, el nombre no es el mismo: el personaje joanesco es Clopás, el personaje lucano es Cleofás. Segunda, porque de haber sido el mismo personaje, parece lo lógico que Lucas lo hubiera presentado de manera algo más cercana a los hechos, y no camuflado bajo un genérico y lejano “dos de ellos” (Lc. 24, 13) como de hecho hace.
 
            Del otro personaje, en cambio, en un extraño giro, inesperado para el lector, no dice el nombre, siendo así que Lucas parece conocer muy bien el episodio que narra con tanto detalle y que lo que está esperando el lector después de que uno de los protagonistas del relato ya ha sido presentado es, precisamente, que también lo sea el otro. La pregunta es: ¿por qué no lo hace entonces? La respuesta que propongo a tal interrogante es la siguiente: ¿y si el personaje al que San Lucas no presenta fuera el propio Lucas?
 
            Firmar la propia obra de una manera que por lo menos formalmente tienda hacia la humildad es un recurso utilizado por los tres evangelistas que no son Lucas, cada uno de los cuales deja su firma en algún episodio de su obra.
 
            Así lo hace v.gr. Mateo, que apenas dedica dos renglones, un único versículo, a relatar la llamada que Jesús le realiza a él mismo:
 
            “Cuando se iba de allí, al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: «Sígueme.» Él se levantó y le siguió” (Mt. 9, 9).
 
            Así lo hace Marcos cuando, según muchos creen, se retrata a sí mismo en un episodio que sólo él relata en los cuatro evangelios cual es el del muchacho que seguía a Jesús en su camino hacia el sanedrín y que sorprendido por el populacho, ha de salir huyendo y la carrera es tan precipitada que hasta pierde la túnica que le cubría, con este desdibujado resultado:
 
            “Un joven le seguía cubierto sólo de un lienzo; y le detienen. Pero él, dejando el lienzo, se escapó desnudo” (Mc. 14, 51-52)
 
            Así lo hace finalmente, el gran maestro del recurso en cuestión que no es otro que Juan, quien de una manera mucho menos disimulada, se esconde tras “el discípulo que Jesús amaba”, expresión que utiliza para referirse vanidosamente a sí mismo en nada menos que cinco ocasiones (Jn. 13, 23; Jn. 19, 26; Jn. 20, 2; Jn. 21, 7; Jn. 21, 20), amén de otras tantas en que se refiere a sí mismo simplemente como “el discípulo” u “otro discípulo” (Jn. 18, 15; Jn. 19, 27; Jn. 20, 4; Jn. 21, 23; Jn. 21, 24).
 
            Pero es que además, Juan utiliza exactamente el mismo recurso que le queremos atribuir a Lucas, es decir, el de presentar a uno de los dos protagonistas de la escena y no al otro, en por lo menos tres ocasiones en su Evangelio. La primera cuando relata quienes son los primeros elegidos por el Señor:
 
            “Al día siguiente, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos. Fijándose en Jesús que pasaba, dice: «He ahí el Cordero de Dios». Los dos discípulos le oyeron hablar así y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que le seguían, les dice: «¿Qué buscáis?» Ellos le respondieron: «Rabbí -que quiere decir `Maestro´- ¿dónde vives?» Les respondió: «Venid y lo veréis.» Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día. Era más o menos la hora décima. Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús [el otro no es presentado] (Jn. 1, 35-40).
 
            La segunda cuando relata que consigue entrar en casa de Anás para presenciar el interrogatorio de Jesús y no sólo eso, sino que consigue también que dejen entrar a Pedro:
 
            “Seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el atrio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedaba fuera, junto a la puerta. Entonces salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera e hizo pasar a Pedro” (Jn. 18, 1516)
 
            Y la tercera cuando refiere quienes son los primeros discípulos que descubren el sepulcro vacío de Jesús:
 
            “Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro” (Jn. 20, 3-4).
 
            Siendo así que en las tres está muy claro quién es el protagonista de la escena, es decir, el presumido Juan.
 
            El recurso no es sólo evangelista, sino que lo han utilizado
los creadores artísticos o literarios de todos los siglos. Por hablar de un caso bien alejado de los hechos que nos ocupan, así lo hace El Greco cuando en su obra más importante,  “El entierro del Conde Orgaz”, se autorretrata como uno más de los espectadores del mismo. De igual manera parece que lo hizo Rembrandt en “La ronda nocturna”.

            Así lo hacía también Alfred Hitchcock en todas y cada una de sus películas, apareciendo en alguna escena insignificante de la misma. Así lo hacen la gran mayoría de los nobles y adinerados burgueses que se hacen retratar en pequeñito escondidos en una figura que hasta nombre tiene en el género, el oferente, al lado de las figuras que centran la obra, una Virgen, un Jesucristo, al lado del cual se hacen retratar en chiquitito.
 
            Existen muchos otras razones que permiten sostener que Lucas puede ser ese discípulo de Emaús que no tiene nombre. Si bien, creo que por hoy ya les he aburrido bastante, por lo que, según estimo, será mejor que dejemos las restantes para mejor ocasión.
 
 
            ©L.A.
           
 
 
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