Con esta maravillosa Piedad del gran escultor de la madera, el lucense-vallisoletano Gregorio Fernández, me gustaría desear a Vd. una feliz Semana Santa.

 

 

           Repare Vd. en las proporciones de las figuras, admire el dramatismo de la imagen, su descarnado e hiriente realismo: cómo un hombre inerte y exánime desborda el regazo de su llorosa madre, a duras penas capaz de sostenerle el torso, pero incapaz del todo de evitar que se desparrame por tierra el resto de su torturado cuerpo.

             La imagen de Fernández, probablemente, le haya hecho pensar en la Piedad por antonomasia, la del gran escultor de la piedra, Michelangelo Buonarotti.

 

             Mucho se ha hablado de la gran mentira de la Piedad de Miguel Angel, presentando a una madre, la Virgen, -una muchachita que a duras penas pasa de los veinte-, bastante más joven que su hijo, Jesucristo.

             Sin embargo, esconde Miguel Angel en el mármol otra mentira aún más chocante y mucho más trascendente, aunque casi imperceptible al espectador gracias al genio del artista: la que voy a intentar desvelarle ahora.

             Trate Vd., pues, de imaginar a la bella muchacha esculpida por Miguel Angel, de pie. Imagine ahora de pie al hombre que sostiene en su regazo. ¿A que aquélla le saca a éste dos cabezas? De envergadura ni hablamos.

             Mire ahora de nuevo la imagen de Fernández. ¿A que no le queda otro remedio que aceptar que la madre que retrata Buonarotti es bastante más grande que su hijo?

             Ahora bien, nada en Miguel Ángel es producto de un error. O mejor dicho, de la casualidad. Todo tiene un porqué. Se trató, sin duda alguna, de un efecto buscado: cómo trastocar la realidad engañando al ojo para poder presentar a una Virgen con su Hijo en el regazo extendido como si de un niño se tratara.

             ¿Para qué? Se abren aquí múltiples posibilidades. En mi opinión, para convertir la escena terrorífica de una crucifixión, en la más tierna y bella escena del amor maternal. Con sólo alterar unas dimensiones sin que el espectador, además, ni se percate.

             Genial Fernández en su dramatismo y realismo. Genial Buonarotti en su ternura y su mensaje. Ni mejor uno, ni peor el otro. Enfoques diferentes del mismo fecho.

             Que haga Vd. mucho bien y que no reciba menos.

  

            ©L.A.

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