Estamos celebrando estos días lo que genéricamente denominamos “navidades” en torno a ese 25 de diciembre en el que los cristianos conmemoramos la natividad de Jesús de Nazaret. Muchos lo haremos ante el nacimiento, y en ninguno de los que pongamos faltará, indiscutiblemente, la imagen tan imprescindible en un nacimiento, de ese buey y esa mula que con su aliento, daban calor a un niño nacido en tan precarias circunstancias como las que señala Lucas en su Evangelio.
 
            Y bien, ¿qué es lo que realmente sabemos de ese buey y esa mula que con tanta parsimonia y fidelidad calientan la fría noche en la que, según la pía tradición cristiana, nació Jesús? Pues bien, quien sólo leyera los evangelios, nada, absolutamente nada. Porque del buey y de la mula en cuestión, como sobre el número de magos que visitaron a Jesús, nada dice ninguno de los evangelistas. Ni siquiera los dos que por referirse en ellos al nacimiento de Jesús, Mateo y Lucas, podrían haberlo hecho. Buey y mula sencillamente, en los evangelios, no existen. Prueben Vds. a encontrarlos.
 
            La primera noticia sobre la presencia de un buey y una mula en el portal de Belén, hemos de hallarla en un texto apócrifo, el llamado Pseudo-Mateo, texto que el gran recopilador de apócrifos Aurelio de Santos, autor de la obra Los evangelios apócrifos editada por la BAC, data de mediados del s. VI, y que pertenece a un género apócrifo, el de los evangelios genéricamente llamados de la infancia, muy bienquisto a la tradición cristiana, y que, por tanto, nadie que pretenda vivir en la más perfecta ortodoxia católica, apostólica y romana tiene porqué mirar con recelo de ningún tipo, porque de este tipo de apócrifos se nutre en buena medida la iconografía y la devoción de los cristianos actuales.
 
            Pues bien, dice el Pseudo-Mateo en cuestión lo siguiente:
 
            “Tres días después de nacer el señor, salió María de la gruta y se aposentó en un establo. Allí reclinó al niño en un pesebre y el buey y el asno le adoraron. Entonces se cumplió lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: “El buey conoció a su amo y el asno el pesebre de su señor”. Y hasta los mismos animales entre los que se encontraba le adoraban sin cesar. En lo cual tuvo cumplimiento lo que había predicho el profeta: “Te darás a conocer en medio de dos animales”. En este mismo lugar permanecieron José y María con el niño durante tres días” (Ps.Mt. 14).
 
            La tradición se asienta de manera tan sólida, que ya hemos tenido ocasión de ver como cuando San Francisco de Asís, en lo que erróneamente, a mi entender, se menciona como el primer belén de la historia, pretende recrear las condiciones en las que se produjo el nacimiento de Jesús, al no poder incluir en la gruta que levantó a los efectos figuras humanas, se conformó con instalar en ella un buey y una mula.
 
            Es curiosa, en cualquier caso, esta asociación existente en los textos sagrados, notablemente en el Antiguo Testamento, entre ambos animales, a los que encontramos juntos en, al menos, dos escenas. La primera, en la redacción de los diez mandamientos según el Exodo y también en el Deuteronomio, al referirse concretamente al décimo de ellos:
 
“No codiciarás la casa de tu prójimo, ni codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo ni su sierva, ni su buey ni su asno; nada que sea de tu prójimo.” (Ex. 20, 317, casi idéntico en Dt. 5, 6-22).
 
            Y la segunda en el Libro de Isaías, el gran teórico del mesianismo, tan cercana a la realidad que describen los evangelios tanto sobre el nacimiento de Jesús como sobre lo que luego será su ministerio, y a la que como pueden ver Vds. arriba, hace referencia el propio Pseudo-Mateo:
 
            “Oíd, cielos; escucha, tierra, que habla Yahvé: «Hijos crié y saqué adelante, y ellos se rebelaron contra mí. Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo. Pero Israel no conoce, mi pueblo no discierne.»” (Is. 1, 2-3).
 
            Así que si tienen Vds. en su nacimiento a un bueyecito y a una mulita tumbados a cada lado de la cuna de Jesús, no dejen de dedicarles un cariñoso recuerdo. Y es que, no en balde, son muchos años ya los que vienen acompañando al niño desvalido en tan particular circunstancia como la que estamos conmemorando estos días.
 
 
 
 
 
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