Sábado, 07 de diciembre de 2019

Religión en Libertad

Específicamente prohibido por el Juramento Hipocrático

Cuatro razones por las que un médico no debería prestar su colaboración a un suicidio asistido

Involucrar a los médicos en acciones que  matan en vez de curar aleja a esta vocación de sus objetivos milenarios y de la elevada dignidad y eticidad del Juramento Hipocrático.
Involucrar a los médicos en acciones que matan en vez de curar aleja a esta vocación de sus objetivos milenarios y de la elevada dignidad y eticidad del Juramento Hipocrático.

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Los intentos de legalizar, allí donde no se ha conseguido aún, la eutanasia y el suicidio asistido, comprometen la naturaleza de la vocación y la profesión médicas, cuyas bases morales estaban codificadas desde tiempos de Hipócrates (460-370 a.C.). Thomas Anthony Cavanaugh, profesor de Ética Médica en la Universidad de San Francisco y autor de un estudio en profundidad sobre el Juramento Hipocrático publicado por Oxford University Press, argumenta contundentemente en The Public Discourse contra estas prácticas desde el punto de vista de la racionalidad médica:


Por qué el juramento hipocrático prohíbe el suicidio médicamente asistido

"En cuanto pueda y sepa, usaré las reglas dietéticas en provecho de los enfermos y apartaré de ellos todo daño e injusticia. Jamás daré a nadie medicamento mortal, por mucho que me soliciten, ni tomaré iniciativa alguna de este tipo; tampoco administraré abortivo a mujer alguna. Por el contrario, viviré y practicaré mi arte de forma santa y pura". Este es el Juramento Hipocrático que hace un médico en formación. El nuevo médico jura sin rodeos emplear los tratamientos benéficos por el bien de los enfermos y reniega de los que dañan a los pacientes. Jura de manera específica no administrar dos tipos de tratamiento perjudiciales: los medicamentos letales y los abortivos. Estos no benefician a los vulnerables, sino que los dañan y los perjudican. En términos contemporáneos, la prohibición del juramento contra los medicamentos mortales impide la práctica del suicidio médicamente asistido y la eutanasia, porque cada uno de ellos, a su modo, comete el daño y la injusticia de proporcionar un medicamento letal al paciente.

Al prohibir el suicidio médicamente asistido, el juramento no está proporcionando argumentos para una posición, y nadie esperaría razonablemente que lo hiciera. Después de todo, las promesas matrimoniales comprometen a la fidelidad, pero no demuestran la congruencia de la monogamia. En cambio, el juramento respalda las conclusiones basadas en las verdades que son fundamentales para la práctica médica; conclusiones a las que se llegó después de una larga práctica terapéutica. Obsérvese que en el rechazo a las peticiones de medicamentos letales, el juramento indica la razón principal que muchos dan cuando proporcionan esos medicamentos: lo leemos en la expresión explicativa, puesta entre comillas: "Por mucho que me soliciten". Algunos aducirán que se deben proporcionar esos medicamentos si un paciente los pide, porque el paciente, un agente autónomo que presumiblemente siente que el final de la vida es oneroso, los quiere. Ante esta petición, y porque la sociedad contemporánea da el control exclusivo sobre dichas sustancias a los médicos, ¿por qué no debería un médico proporcionar ese medicamento mortal?

Mortalidad falsamente medicalizada y el hecho de poner en peligro a otros pacientes vulnerables

Primero, al colaborar en el suicidio médicamente asistido de un paciente terminal que quiere decidir cuándo morir y cómo morir, el médico esta medicalizando, de manera poco adecuada, la muerte en sí misma. En palabras del poeta Gerard Manley Hopkins, esto es para "lo que nació el hombre desgraciado", que hace que lamentemos incluso la caída de las hojas, porque en ello vemos nuestra propia evanescencia. El objeto de los tratamientos médicos y de la experiencia de los médicos es fisiológico, no filosófico. El médico parece responder a la pregunta de Hamlet afirmando: "Es más digno oponer los brazos a este torrente de calamidades" [del monólogo "Ser o no ser", de Hamlet]. Sin embargo, si bien atañe de manera perenne a la condición humana, "¿Ser o no ser?" no es una pregunta médica. Los médicos no deben suponer que la pregunta sobre la bondad de la vida tiene una respuesta médica obvia.

Segundo, al responder así a una petición de suicidio médicamente asistido, el médico pone en peligro a otros pacientes vulnerables, porque hace que también sean susceptibles de suicidio. Consideremos dos casos: primero, un paciente en una condición médica similar a la del paciente que requiere el suicidio asistido; segundo, una persona sana que contempla la idea de suicidarse.

Imaginemos a la Dra. Jones. Tiene dos pacientes en una situación médica similar, Al y Mary, y ambos conocen el estado médico del otro. Al opta por el suicidio médicamente asistido; Mary no. La Dra. Jones ayuda a Al en su suicidio. ¿Cómo considerará Mary la cuestión de seguir su terapia sabiendo que Al -su compañero enfermo- pidió la muerte y que la Dra. Jones (su médico) le ayudó? Dada la trascendencia que tiene ayudar a morir a alguien, la Dra. Jones no puede afirmar que lo hizo simplemente porque era lo que Al quería. La Dra. Jones debe haber pensado que ayudar a Al estaba justificado en parte por la enfermedad; la Dra. Jones debe haber pensado que era razonable que Al pidiera el suicidio médicamente asistido. Es decir, que ella apoyaba su visión de la vida y su elección del suicidio y, sobre esta base, le dio el medicamento mortal. Además, debería ser razonable que otros pensaran que ella debía apoyar la decisión de Al. Participando en el suicidio médicamente asistido de Al, la Dra. Jones expresa su parecer de que tener la enfermedad de Al en ese estadio es una buena razón para solicitarlo. Así, desde el punto de vista de la Dra. Jones, si la enfermedad de Mary progresa del mismo modo que la de Al, entonces Mary tiene buenas razones para pedir el suicidio asistido. Este juicio -que se puede deducir de manera razonable por las acciones de la Dra. Jones- incrementa la carga que Mary ya lleva sobre sus hombros.

Si vamos un poco más allá, consideremos a quienes, entre el público general, están contemplando la idea del suicidio. Sabemos que la conciencia pública del suicidio -sobre todo cuando es descrito con detalle y sin dar información para prevenirlo-, tiende a fomentar el suicidio. Es lo que se llama "suicidio por imitación", "suicidio por contagio" o el "efecto Werther", nombre derivado de Las penas del joven Werther, la novela de Goethe de 1774, en la que el suicidio del protagonista causó otros suicidios. Entre los once factores de riesgo principales que llevan al suicidio, el National Institute for Menthal Health de EE.UU. incluye "estar expuesto al comportamiento suicida de los demás, como podría ser un miembro de la familia, un coetáneo o una figura pública".

El amor no correspondido de Werther por Carlota le conduce al suicidio. Una oleada de casos similares se produjeron a raíz de la publicación de la obra de Goethe.

Dado que conocer el suicidio de otra persona aumenta el riesgo de suicidio de uno mismo, la legalización del suicidio médicamente asistido podría aumentar el riesgo de suicidio en el público en general. Claro está que si el público en general no es consciente de los casos actuales de suicidio médicamente asistido (una política que recuerda la ocurrencia: "Todo va bien, pero no se lo digas a nadie"), o si los medios de publicación descubren formas de describir el suicidio médicamente asistido de manera inocua, tal vez se produzcan pocos suicidios no médicamente como consecuencia de la legalización. Es algo que queda por ver. Sin embargo, nuestra aceptación del aumento del riesgo de suicidio de otros que ya están corriendo dicho riesgo es, en sí, inquietante. Impulsar su legalización demuestra lo poco que nos preocupa el efecto que pueda tener en aquellas personas que, entre el público general, están contemplado el suicidio. Esta falta de preocupación es consecuencia en última instancia, aunque de manera inconsciente, del sentimiento simplón, sin imaginación, pesimista que motiva recurrir al suicidio médicamente asistido: que la muerte es la solución a los complejos problemas humanos.

Por suerte, existe el sentido común. Hace poco caminaba por la hermosa bahía de San Francisco. A medida que me acercaba al magnífico puente Golden Gate, observé que había unidades de rescate con barcos, helicópteros y esquís acuáticos buscando a una persona (requiescat in pace) que acababa de saltar del puente, un hecho triste que ocurre unas cuarenta veces al año. Para prevenir estas pérdidas innecesarias de vida, el Distrito del Golden Gate Bridge ha empezado a instalar una red para prevenir los suicidios que costará unos 200 millones de dólares. Y vale la pena hacerlo.

Esta red reducirá dramáticamente, e incluso eliminará, los suicidios en el puente. Lo más notable, que conocemos por otras experiencias en las que se han instalados medios para impedir el suicidio, la gente a la que se le impida cometer suicidio en el Golden Gate es muy improbable que intenten cometerlo de nuevo en otros lugares. Cuando a las personas se les impide suicidarse en un lugar donde es fácil hacerlo, no suelen hacerlo en ningún otro sitio, o por otros medios. Lo que sucede más bien es que cuando una sociedad se ocupa de poner obstáculos al suicidio, quienes contemplan matarse oyen el mensaje básico que necesitamos oír cuando tenemos tendencias suicidas: "Nos preocupamos por ti. Por favor, no te mates. Eres importante para nosotros". Legalizar el suicidio médicamente asistido va directamente en contra de este mensaje altruista y vital, que salva vidas y previene el suicidio.

Impedir el progreso médico y llevar adelante el asesinato de manera más general

Si se necesita aún una tercera razón para oponerse al suicidio médicamente asistido, consideremos su posible efecto en la innovación médica, ya que su legalización tendería a impedir los avances médicos en el desarrollo de terapias y en la gestión de los síntomas en esas enfermedades que pueden llevar a los pacientes a buscar el suicidio médicamente asistido. Cuando los defensores de su legalización lo proponen como una terapia adecuada, están reduciendo la demanda de terapias alternativas. Si su opinión prevalece, entonces el suicidio médicamente asistido, al ser uno de los tratamientos alternativos más baratos, se convertirá en la respuesta terapéutica a esas enfermedades.

Cuarta y última razón: cuando un médico ayuda en un asesinato que se hace pasar como terapia, está socavando la habilidad de la profesión médica de resistir al soborno de matar de manera más general. Si un medicamento mortal puede ser prescrito como terapia para un enfermo terminal, ¿por qué no ofrecerlo también en otras condiciones médicas difíciles? Si se puede prescribir un medicamento mortal a un paciente terminal que puede tomárselo sin ayuda de nadie, ¿entonces por qué no hacerlo con un paciente en una situación similar pero que sí necesita ayuda para tomárselo? Si se permite el suicidio médicamente asistido, ¿por qué no la eutanasia? Actualmente, en muchas zonas de Estados Unidos, estas preguntas son retóricas. Sin embargo, ¿quién que esté familiarizado con la dinámica de la sociedad contemporánea puede pensar que sólo se permitirá el suicidio médicamente asistido para los enfermos terminales, si esta práctica se convierte en algo aceptado y común?

El constante intento de la sociedad de convertir a los médicos en asesinos

Es más. Si los médicos participan en el suicidio médicamente asistido, es necesario considerar las ramificaciones que esto tendría, puesto que acabarían matando en ámbitos fuera del alcance normal de la medicina. Como observó la antropóloga Margaret Mead, uno de los logros más importantes del Juramento Hipocrático fue separar los roles sociales de quien cura y de quien mata: "La sociedad siempre intenta convertir al médico en asesino: matar al niño defectuoso al nacer, dejar las pastillas para dormir cerca de la cama del paciente con cáncer... Es deber de la sociedad proteger al médico de estas peticiones".

Cosa rara, la pena capital ilustra el enfoque de Mead. Joseph-Ignace Guillotin -el hombre que promovió el uso de la guillotina para las ejecuciones oficiales durante la Revolución francesa- era médico. Su colega Antoine Louis -que tuvo un papel más importante que el de Guillotin en el desarrollo de este instrumento letal- era cirujano. Motivados por el igualitarismo y un deseo de reducir el dolor, utilizaron su formación médica para conseguir un modo de matar eficiente, rápido y prácticamente indoloro. Parece ser que cuando Guillotin propuso su "máquina de matar" ante la Asamblea francesa, todos se rieron. Presumiblemente esto fue debido a que la audiencia encontró que la entusiasta defensa del médico de "matar en un abrir y cerrar de ojos" era algo incongruente. Los médicos curan; los verdugos matan. Un médico que esté deseando matar es divertido a la manera de [los humoristas] Abbott y Costello, porque los opuestos se unen. En un caso, un hombre alto y delgado es emparejado con uno bajo y gordo: en el otro, un médico actúa como verdugo.

No hace falta decir que la guillotina no fue tema de risa. Sin embargo, el sentimiento oscuro que hay detrás de ella permanece en nosotros. En 2009, el Tribunal Supremo de Carolina del Norte sentenció que el Colegio de Médicos de dicho Estado, que es el que concede las licencias a los médicos, no puede prohibir a los médicos administrar la pena capital, y amenaza con revocar su acreditación. Más bien al contrario, la legislación de ese Estado ordena (N.C.G.S. §§ 15-190) que durante la ejecución con inyección letal, un médico debe "monitorizar las funciones vitales básicas del prisionero condenado a muerte y notificar al alcaide inmediatamente cualquier signo que vea de dolor o sufrimiento excesivo".

Al reclutar a los médicos para reducir el dolor y el sufrimiento de un condenado a muerte, el Estado parece humano. Sin embargo, la observación de Mead penetra en esta aparentemente benigna fachada porque lo que el Estado está haciendo es convertir a quien cura en un funcionario de la pena capital. No importa lo indoloro que sea, la pena implica básicamente infligir daño y dolor. Este papel no es coherente con la (a menudo) devoción exclusiva del médico a sanar, recuperar, reavivar y siempre cuidar. Atender y cuidar excluyen el matar, porque cuidar da apoyo, mientras que matar elimina al sujeto que hay que cuidar. Consciente de esta verdad primaria, el Juramente Hipocrático marca una línea muy clara que el médico no debe cruzar, y menos para convertirse en los verdugos más técnicamente competentes de la sociedad: "Jamás dar a nadie medicamento mortal".

Al respetar estos venerables límites, los médicos pueden resistir a la tendencia crónica de la sociedad de mezclar el papel del que sana con el del que mata. Además, al rechazar el suicidio médicamente asistido, los médicos se aseguran de que la muerte no se convertirá en una terapia para enfermedades difíciles más generales, y de que el suicidio médicamente asistido de hoy no se convertirá en la eutanasia de mañana. Este honorable "no" a proporcionar medicamentos letales permite muchos "síes" al avance terapéutico y protege a todos los que son vulnerables. Por último,  los médicos harían bien en evitar la tentación de medicalizar la mortalidad cuando responden a preguntas que no están en sus competencias; desde luego, preguntas cuyas respuestas vinculan el conocimiento humano sobre aquel país desconocido de cuyos límites ningún caminante torna [del monólogo "Ser o no ser", de Hamlet]  y cuestiones similares de "mayor importancia".

La bendición al final del Juramento

Hacia el final del Juramento Hipocrático, el nuevo médico reza: "Si el juramento cumpliere íntegro, viva yo feliz y recoja los frutos de mi arte y sea honrado por todos los hombres y por la más remota posterioridad". Al no haber arrebatado ninguna vida con su arte, como sabe que podría hacer, espera vivir feliz y recoger los frutos de su arte y ser honrado por todos los hombres en la posteridad. Ciertamente, en los tiempos de Hipócrates y en los nuestros, una vida dedicada a sanar que excluye matar tiene las mejores razones de su parte y merece admiración y alabanza perennes.

Traducido por Elena Faccia Serrano.

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