La clarisa ahora vive en L'Aquila, destruido en el terrible terremoto de 2016
Hermana Marzia, de construir puentes a monja de clausura: «Somos para Dios; nuestra única riqueza»

"Mi camino de autodescubrimiento comenzó a los 20 años: me imaginaba con muchos hijos", confiesa.
La Iglesia celebra este viernes 21 de noviembre el Día Pro Orantibus, dedicado a las comunidades de vida contemplativa. Una fiesta instituida por el Papa Pío XII en 1953 para recordar y apoyar a las monjas y monjes de clausura, quienes diariamente ofrecen sus oraciones por el mundo y por la Iglesia.
Según los datos más recientes, existen aproximadamente 34.000 monjas de clausura en todo el mundo, repartidas en más de 3.500 monasterios. A pesar del descenso general de las vocaciones religiosas, la opción contemplativa se mantiene estable y está creciendo en algunos países, especialmente en África y Asia.
El sueño de ser madre
Una de estas monjas es la hermana Marzia Francesca Comito. Que, a lo largo de su vida, y como ingeniera civil, ha entregado su tiempo a los demás, desde Milán hasta Camerino, pasando por las misiones en Camerún e India, su voluntariado en el oratorio de la parroquia de San Bernabé y en una ambulancia del servicio de emergencias o su labor en la animación juvenil del PIME (Instituto Pontificio para las Misiones Extranjeras).
La vida de la Hermana Marzia Francesca Comito, de 36 años, está repleta de decisiones, actividades e impulsos que la llevaron el pasado 4 de octubre —festividad de San Francisco de Asís— a profesar los votos temporales de pobreza, castidad y obediencia, en el monasterio de Santa Clara, en L'Aquila, adonde llegó hace poco más de cuatro años tras una peregrinación. El portal Avvenire cuenta su historia.
"Mi camino de autodescubrimiento comenzó a los 20 años: me preguntaba qué quería realmente, me imaginaba con muchos hijos, pero nunca había pensado en una vida de consagración, y mucho menos en ser una contemplativa", comenta.

La hermana Marzia en el servicio de ambulancias de emergencia.
"Pero Jesús me quería más cerca y empecé a huir. Recuerdo con cariño las veces que escapaba de Su voz, no me veía como monja… Hice muchas cosas, pero todo cobró sentido cuando me detenía a rezar", dice la joven clarisa, que vive con otras cuatro monjas en una estructura de madera construida tras el terremoto de 2016: los temblores provocaron el derrumbe de parte de la iglesia y el monasterio en la provincia de Macerata.
"Junto a un grupo de jóvenes, conocí a quienes ahora son mis hermanas. Me impresionó la forma en que se relacionaban y respondían a las preguntas, sin reprimir sus emociones ni sentimientos; en resumen, la humanidad con la que vivían su consagración", explica.
«Recuerdo con cariño las veces que escapaba de Su voz, no me veía como monja…»
"Así, poco a poco, comprendí que podía explorar el tema de la vocación sin temor. Sentí el impulso de acercarme a ellas y comenzar un camino de discernimiento, que culminó con mi ingreso al postulantado hace tres años", recuerda la hermana Marzia Francesca, quien, tras terminar el bachillerato, se graduó en la Politécnica y trabajó en diversas obras de construcción.
"No conocía la espiritualidad clarisa; más tarde supe que había un monasterio en Milán. El Señor me condujo, a través de este camino de vida, a comprender mejor el Evangelio para encarnarlo plenamente. Un camino de conformidad que Santa Clara nos invita a emprender reflejándonos en Él", añade.
Oración, meditación, estudio, trabajo, compartir entre hermanos: así transcurren los días en el claustro, que para Marzia Francesca representa "un medio para la vida contemplativa. Vivimos de forma más recluida para preservar y alimentar una relación que es el centro de nuestras vidas. Estamos aquí para la gente, a la que escuchamos con atención. Clara y Francisco nunca se sintieron lejos de la gente".
Así, "el profundo deseo de intimidad con el Señor" se combina con "la posibilidad de encontrar a muchos y ser un punto de referencia constante en la zona, un lugar de acogida. Hoy en día casi nadie tiene tiempo para escuchar", comenta.
"Por supuesto, la vida en el claustro sigue siendo un misterio. La nuestra es una vida sencilla que puede parecer poco atractiva, inútil y un desperdicio si nos aferramos a lo que importa en el mundo actual: el rendimiento, el éxito, la visibilidad. Pero, nuestro valor no reside en lo que hacemos, ni en lo que otros piensan o creen de nosotros. Existimos ante la mirada del Señor, la única riqueza verdadera", concluye.