«Los domingos» propone preguntas fundamentales

Los domingos (2025), film de Alauda Ruiz de Azúa
Una película que abre la pregunta sobre Dios
Los domingos (2025), film de Alauda Ruiz de Azúa, puede admirarse como una de las propuestas cinematográficas más serias del cine español reciente sobre un tema religioso al retratar la incipiente vocación a la vida contemplativa de Ainara, una chica de 17 años. Ahí aparece la reacción de su familia, también cómo se expresan las personas que la dirigen en este discernimiento, y, desde luego, las reacciones de sus amigos que la atraen hacia una vida juvenil muy previsible. Este es el eje: cómo son las reacciones, los diálogos, las rencillas, la presentación de todos los personajes en juego en su mirada sobre los pasos que da Ainara. Y ahí destaca esta película: en la medida en que se atreve a colocar en el centro una pregunta decisiva —en último término la pregunta sobre Dios— sin caricaturas, sin cinismo y sin respuestas prefabricadas donde muchos espectadores pueden sentirse implicados.
La película plantea un diálogo entre la creencia y la increencia, pero lo hace de un modo inhabitual: no enfrenta tópicos, sino que presenta personas existencialmente reales; no contrapone ideologías difíciles de encarnar, sino experiencias humanas concretas. Por eso el espectador no sale de la sala con una consigna, sino con una inquietud. O con una duda. En cualquier caso, no sale indemne. Ese es uno de los mayores logros del film: interpelar al espectador profundamente sin maniobrar con tópicos manidos.
El respeto como novedad cultural
Una de las novedades más llamativas de Los domingos es el respeto con que trata el hecho cristiano. En un contexto cultural en el que con frecuencia la fe ha sido representada en el cine español mediante la caricatura, la ironía o el desprecio tácito, esta película se sitúa en otro registro completamente diferente.
Aquí no hay burla del creyente, ni sospecha automática sobre la vocación religiosa, ni un reduccionismo que achata la experiencia espiritual. Pero tampoco hay idealización ingenua. La película no canoniza a sus personajes, pero tampoco convierte la vida religiosa en un refugio sentimental para almas rotas. Lo que hace es algo mucho más difícil: deja que la pregunta sobre la vocación cristiana comparezca con dignidad ante los personajes que dudan de ella y también ante los que se puedan adherir.

Ainara con el cura joven de su colegio que es su director espiritual en Los Domingos
Ese gesto es culturalmente importante. Porque significa reconocer que la fe -desde el mundo del cine español- puede ser contemplada como una posibilidad humana razonable. No necesariamente aceptada por todos, pero sí merecedora de ser pensada sin prejuicios. Y eso, hoy, ya es mucho.
Un verdadero diálogo entre posturas existenciales
La película es, en el fondo, una gran conversación dramática entre posturas distintas ante el misterio. Porque creo que se hace evidente que el no-creyente no puede despejar el misterio de la existencia sin más. En ella todos tienen su lugar: el creyente, el indiferente, el distante, el escéptico, el ateo que defiende su postura y, de pronto, se ve interiormente descolocado por la vocación inesperada de una joven de su propia familia. Quizá este personaje, la tía de Ainara, saca sus tripas al final para defender su postura con vehemencia. Creo, no lo dice la película que es muy prudente y evita crear estereotipos, que este personaje ha sido tocado y reacciona con una fuerza inusitada al final del film porque el suelo de su vida se tambalea.
Ese desplazamiento interior del no creyente es uno de los puntos más logrados del film. Porque tampoco aquí hay parodia. El ateo, la tía de Ainara, no es presentado como un personaje grotesco ni como un enemigo de la verdad; aparece como alguien que piensa, que sufre, que se resiste, que se pregunta. Y precisamente por eso su desconcierto ante la vocación de su sobrina adquiere densidad humana.
La película muestra de ese modo algo muy verdadero: que la cuestión de Dios no afecta sólo al creyente. También afecta al no creyente, aunque sea en forma de irritación, de asombro, de extrañeza o de herida. La fe activa de un pariente muy cercano, la tía de Ainara, puede convertirse para uno mismo, para los espectadores, en un problema ineludible que llama a la puerta inusitadamente.
La vocación como escándalo y como interrogación
El núcleo dramático del film no es sólo la religión en abstracto, sino la vocación concreta de una joven que quiere ser monja. Y esa vocación no aparece tratada ni con extravagancia ni como simple heroísmo trasnochado ante los ojos del espectador. Aparece como un hecho que desordena el equilibrio de todos acentuado con esa entrada de la cámara en el convento y ante la voz de los personajes que allí habitan.
Eso es lo que hace que la película tenga tanta fuerza: la vocación no se contempla desde fuera como una idea, sino como un acontecimiento vivo que obliga a cada personaje a reaccionar, a tomar una postura. Cada uno muestra su propia posición ante la libertad, ante el sentido de la vida, ante la entrega, ante Dios.
El espectador debe discernir
Otro de los grandes méritos de Los domingos es que no conduce al espectador hacia una respuesta cerrada. No es una película que explique al público lo que debe pensar. Es, más bien, una película expositiva en el mejor sentido de la palabra: pone delante una realidad compleja y obliga a deliberar interiormente.
No hay cierre ideológico. No hay moraleja. No hay una última escena que ridiculice al creyente, como tantas veces ha sucedido en el cine contemporáneo, ni tampoco una clausura edificante que disuelva el conflicto. Todo queda lo bastante abierto como para que el trabajo tenga que hacerlo el espectador.
Y ahí reside su grandeza. Porque quien contempla la película con sinceridad debe hacer un ejercicio interior fuerte: discernir qué piensa de la fe, qué piensa de una vocación a la vida religiosa, qué piensa de la libertad, qué piensa de Dios. El film no sustituye ese trabajo: lo provoca.
Por eso puede decirse que Los domingos no se termina cuando acaba la proyección. Sigue dentro. Se queda en el corazón del espectador para ser madurada.
El Atrio de los Gentiles de Benedicto XVI
En este punto resulta muy iluminador comparar la película con la propuesta del “Atrio de los Gentiles”, promovida por Benedicto XVI entre los años 2011 y 2013. Con esa expresión, el Papa aludía a un espacio de encuentro y diálogo entre creyentes y no creyentes, un lugar donde la pregunta por Dios pudiera plantearse públicamente con respeto, sin exclusiones y sin simplificaciones.
El Atrio de los Gentiles no fue concebido como un mecanismo de divulgación religiosa en una sola dirección, sino como una invitación a no sofocar la cuestión de Dios en la cultura contemporánea. Era, en el fondo, una defensa de la posibilidad del diálogo serio entre fe e increencia, entre quienes creen y quienes, aun no creyendo, no han renunciado del todo a interrogarse por el misterio último de la existencia.
Esa intuición de Benedicto XVI encuentra en Los domingos una traducción cinematográfica particularmente lograda. La película funciona como un auténtico atrio narrativo: un espacio donde comparecen distintas posiciones sin ser anuladas, un lugar donde la fe no se impone, pero tampoco se bate en retirada, un ámbito en el que el no-creyente no es expulsado y el creyente no es humillado.
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Un “atrio” cinematográfico
Puede decirse, por tanto, que Los domingos realiza en clave cinematográfica lo que el Atrio de los Gentiles proponía en clave cultural y espiritual. La película abre un espacio de hospitalidad para la pregunta religiosa.
Esa hospitalidad es su rasgo más valioso. No obliga a nadie a creer. No hay coacción. No convierte la fe en conclusión inevitable. Pero tampoco permite desactivar la cuestión mediante el sarcasmo o la superioridad cultural o moral de los que no creen. Devuelve legitimidad a la pregunta sobre Dios desde el caso concreto de una vocación.
Y eso tiene una enorme fuerza. Porque una cultura no se empobrece sólo cuando pierde la fe; también se empobrece cuando pierde la capacidad de tomarse en serio la posibilidad de la fe. Los domingos actúa precisamente contra ese empobrecimiento. Restituye espesor humano, intelectual y dramático a la experiencia religiosa.
En este sentido, la película no es sólo una historia sobre una vocación. Es también una defensa implícita del derecho de Dios a volver a ser una pregunta en el discurso público.
Una gran obra de arte para cinefórum
Pocas películas recientes ofrecen tantas posibilidades para un cinefórum serio y prolongado. Precisamente porque no simplifica a sus personajes, Los domingos puede analizarse por fragmentos, por escenas, por vínculos familiares, por reacciones, por silencios e incluso por formas distintas de mirar.
Cada personaje encarna una posición ante la fe y ante la libertad. Cada uno representa también un modo de amar, de resistirse, de comprender o de no comprender. Por eso la película puede dar lugar a muchas sesiones distintas: la figura de la joven con vocación, la reacción de la tía atea, la lógica familiar, el padre dubitativo, la abuela al albur de lo que diga su hija, el recuerdo de la fe de la madre de Ainara que ha fallecido, el duelo y sus consecuencias, el papel de la indiferencia, el desconcierto ante lo sagrado, la experiencia del espectador como juez involuntario.
No es una película para un debate superficial. Es una película para ser cortada en trozos y pensada despacio. Y precisamente por eso es valiosa. Porque exige tiempo interior. Exige escucha. Exige maduración. Incluso deberes y un manejo literal de las palabras exactas del excelente guion de la directora del film.
Honestidad, sobriedad y ausencia de demagogia
Quizá la mejor manera de definir Los domingos sea llamarla una película honesta. Honesta en su mirada, honesta en su tempo, honesta en su forma de exponer el conflicto. No busca manipular emocionalmente al espectador. No hace concesiones a la galería. No se entrega al sentimentalismo ni es un panfleto.
Su seriedad está también en su sobriedad. Es una película lenta y profunda, pero no por una decisión únicamente estética, sino porque entiende que ciertas preguntas sólo pueden formularse con paciencia. La prisa trivializa; la lentitud, aquí, subraya la entidad del tema.
Por eso no resulta tan llamativo que haya logrado a la vez el reconocimiento crítico del mundo del cine español, entre muchos otros los premios Goya, y la conexión con el numeroso público que ha ido a verla. Su éxito indica que existe todavía un deseo de obras exigentes, bellas y reflexivas cuando están hechas con autenticidad.
Una película que despierta conciencias
Los domingos es una película que despierta conciencias. Esa formulación, aunque pueda parecer enfática, es exacta. Es un film que obliga a pensar. Tampoco resuelve el enigma de Dios, pero impide neutralizarlo. Y desde luego no porque tome partido de modo cerrado, sino porque deja al espectador a solas con una pregunta.
Ahí aparece el parentesco más profundo entre esta película y el Atrio de los Gentiles de Benedicto XVI. Ambos parten de una convicción decisiva: que la cuestión de Dios merece ser tratada con seriedad pública, con libertad interior y con respeto mutuo. Ambas iniciativas confían en que el hombre, cuando es puesto de verdad ante el misterio, no permanece con el corazón impasible.
Por eso Los domingos no deja indiferente. Tanto el creyente como el no creyente, incluso el indiferente, reciben en esas dos horas un baño de realidad que exige respuesta. La película no les acaba de dar esa respuesta completa. Pero sí les deja la pregunta en pie. Y a veces eso es lo más importante: respetar la libertad de las conciencias. En ese sentido la declaración conciliar Dignitatis humanae (1965) ilustra muy bien este asunto, aunque este ya sea otro tema aunque relacionado con el del film que hemos intentado desentrañar.