Martes, 22 de septiembre de 2020

Religión en Libertad

Creo en la comunión de los santos

ReL

                                           Creo en la comunión de los santos

146 ¿Qué significa la «comunión de los santos»?

De la «comunión de los santos» forman parte todas las personas que han puesto su esperanza en Cristo y le pertenecen por el bautismo, hayan muerto ya o vivan todavía. Puesto que somos un cuerpo en Cristo, vivimos en una comunión que abarca el cielo y la tierra.

La Iglesia es más grande y está más viva de lo que pensamos. A ella pertenecen los vivos y los muertos, ya se encuentren en un proceso de purificación o estén en la gloria de Dios. Conocidos y desconocidos, grandes santos y personas insignificantes. Nos podemos ayudar mutuamente sin que la muerte lo impida. Podemos invocar a nuestros santos patronos y a nuestros santos favoritos, pero también a nuestros parientes difuntos, de quienes pensamos que ya están junto a Dios. Y al contrario, podemos socorrer a nuestros difuntos que se encuentran aún en un proceso de purificación, mediante nuestras oraciones. Todo lo que cada uno hace o sufre en y para Cristo, beneficia a todos. La conclusión inversa supone, desgraciadamente, que cada pecado daña la comunión.

CONSEJOS EVANGÉLICOS Pobreza, castidad y obediencia son consejos dados en el evangelio para el seguimiento de Cristo.

Seguirá Cristo implica siempre el valor de ir contra corriente. BENEDICTO XVI, 17.05.2008

Jesús se lo quedó mirando, lo amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres [...] y luego ven y sigúeme». Mc 10,21]

Si un miembro sufre, todos sufren con él; si un miembro es honrado, todos se alegran con él. 1 Cor 12,26

Tenemos una madre en el cielo. Al estar en Dios y con Dios, María está cerca de cada uno de nosotros, conoce nuestro corazón, puede escuchar nuestras oraciones, puede ayudarnos con su bondad materna. Nos ha sido dada como «madre» —así lo dijo el Señor—, a la que podemos dirigirnos en cada momento. BENEDICTO XVI, 15.08.2005

¿A quién debo yo Llamar vida mía sino a ti, Virgen María?/Todos te deben servir, virgen y madre de Dios,/ que siempre ruegas por nos y tú nos haces vivir. JUAN DEL ENZINA (1468-1529, poeta y músico español)

Faltó el vino, y la madre de Jesús le dice: «No tienen vino». Jesús le dice: «Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo? Todavía no ha llegado mi hora». Su madre dice a los sirvientes: «Haced lo que él os diga». Jn 2,3-5

147 ¿Por qué ocupa María un lugar tan destacado en la comunión de los santos?

María es la Madre de Dios. Estuvo unida a Jesús en su vida terrena como ninguna otra persona, una cercanía que no se interrumpe tampoco en el cielo. María es la Reina del cielo y está muy cercana a nosotros en su sentimiento maternal.

 Porque ella se confió en cuerpo y alma y asumiendo el riesgo ante una empresa peligrosa, aunque fuera divina, María fue acogida en el cielo también en cuerpo y alma. Quien vive y cree como María, llega al cielo.

148 ¿Puede María ayudarnos realmente?

Sí. Que María ayuda es una experiencia desde el comienzo de la Iglesia. Millones de cristianos lo testifican.

Como Madre de Jesús, María es también nuestra Madre. Las buenas madres interceden siempre por sus hijos. Y esta Madre con más motivo. Ya sobre la tierra abogó ante Jesús por otros: por ejemplo cuando libró de una situación embarazosa a una pareja de novios en Cana. En la sala de Pentecostés oró en medio de los discípulos. Puesto que su amor por nosotros no cesa nunca, podemos estar seguros de que intercede por nosotros en los dos momentos más importantes de nuestra vida: «ahora y en la hora de nuestra muerte».

149 ¿Se puede adorar a María?

No. Sólo se debe adorar a Dios. Pero podemos venerar a María como Madre de nuestro Señor.

Entendemos por adoración el reconocimiento humilde e incondicional de la absoluta sublimidad de Dios por encima de todas las criaturas. María es una criatura como nosotros. En la fe es nuestra Madre. Y debemos honrar a los padres. Y esto se ajusta a la Biblia, porque María misma dice: «Me felicitarán todas las generaciones» Por eso la Iglesia tiene santuarios marianos de peregrinación, fiestas, canciones y oraciones marianas, como por ejemplo el ROSARIO, que es un resumen de los evangelios.

                                            Creo en el perdón de los pecados

150 ¿Puede realmente la Iglesia perdonar los pecados?

Sí. Jesús no sólo perdonó él mismo los pecados, también confió a la Iglesia La misión y el poder de librar a los hombres de sus pecados.

Mediante el ministerio del sacerdote se concede al pecador el perdón de Dios y la culpa queda borrada tan completamente como si nunca hubiera existido. Esto lo puede realizar un PRESBÍTERO sólo porque Jesús le hace partícipe de su propio poder divino de perdonar pecados.

151 ¿Qué posibilidades hay en la Iglesia para el perdón de los pecados?

El perdón de los pecados se da fundamentalmente en el SACRAMENTO del Bautismo. Después es necesario el sacramento de la Reconciliación (Penitencia, Confesión) para el perdón de los pecados graves. Para los pecados veniales se recomienda también la Confesión. La lectura de la Sagrada Escritura, la oración, el ayuno y la realización de buenas obras tienen también un efecto expiatorio.

A quienes les perdonéis Los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos. Jn 20,23

Los sacerdotes han recibido un poder que Dios no ha dado ni a los ángeles ni a los arcángeles... Dios sanciona allá arriba todo lo que los sacerdotes hagan aquí abajo. SAN JUAN CRISÓSTOMO

Obra es de Dios levantaros después de haber pecado. [...] Mirad la grandeza de Dios, ¿visteis tal cosa? Hombre injuriado, ése sea el que vaya a rogar al que lo injurió, que sea su amigo y convidarle con el perdón. Bien parece quién eres tú, Señor; a ti huele este incienso de bondad y largueza. SAN JUAN DE ÁVILA (1500-1569, sacerdote y escritor ascético)

                                      Creo en la resurrección de los muertos

152 ¿Por qué creemos en la resurrección de los muertos?

Creemos en la resurrección de los muertos porque Cristo ha resucitado de entre los muertos, vive para siempre y nos hace partícipes de esta vida eterna.  

Cuando un hombre muere, su cuerpo es enterrado o incinerado. A pesar de ello creemos que hay una vida después de la muerte para esa persona. Jesús se ha mostrado en su Resurrección como Señor de la muerte; su palabra es digna de fe: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá» (Jn 11,25b).

¿Cómo dicen algunos de entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Pues bien: si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo ha resucitado. Pero si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe [...]. Si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo sólo en esta vida, somos los más desgraciados de toda la humanidad. Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto. 1 Cor 15,12-14.19.20

Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Jn 1,14a

153 ¿Por qué creemos en la resurrección de la «carne»?

El término bíblico «carne» designa al hombre en su condición de debilidad y de mortalidad. Pero Dios no contempla la carne humana como algo de escaso valor. En Jesús él mismo tomó «carne» (ENCARNACIÓN), para salvar al hombre. Dios no sólo salva el espíritu del hombre, salva al hombre todo entero, en cuerpo y alma.

Dios nos ha creado con cuerpo (carne) y alma. Al final del mundo él no abandonará la «carne», ni a su creación como si fuera un juguete viejo. En el «último día» nos resucitará en la carne. Esto quiere decir que seremos transformados, pero que nos encontraremos, no obstante, en nuestro elemento. Tampoco para Jesucristo fue un mero episodio el estar en la carne. Cuando el Resucitado se apareció, los discípulos contemplaron sus heridas corporales.

También para el cuerpo hay espacio en Dios. BENEDICTO XVI, 15.08.05

Alguno preguntará: ¿Y cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán? Insensato, lo que tú siembras no recibe vida si antes no muere. Y al sembrar, no siembras el cuerpo que llegará a ser, sino un simple grano, de trigo, por ejemplo, o de cualquier otra planta. 1 Cor 15,35-37

154 ¿Qué pasa con nosotros cuando morimos?

En la muerte se separan el cuerpo y el alma. El cuerpo se descompone, mientras que el alma sale al encuentro de Dios y espera a reunirse en el último día con su cuerpo resucitado.

El cómo de la resurrección de nuestro cuerpo es un misterio. Una imagen nos puede ayudar a asumirlo: cuando vemos un bulbo de tulipán no podemos saber qué hermosa flor se desarrollará en la oscuridad de la tierra. Igualmente no sabemos nada de la apariencia futura de nuestro nuevo cuerpo. Sin embargo, san Pablo está seguro: «Se siembra un cuerpo sin gloria, resucita glorioso» (1 Cor 15,43a).

155 ¿Cómo nos ayuda Cristo en la muerte, si confiamos en él?

Cristo nos sale al encuentro y nos conduce a la vida eterna. «No me recogerá la muerte, sino Dios» (santa Teresa del Niño Jesús)

Contemplando la pasión y la muerte de Jesús incluso la muerte puede ser más llevadera. En un acto de confianza y de amor al Padre podemos decir «sí», como hizo Jesús en el Huerto de los Olivos. Esta actitud se denomina «sacrificio espiritual». El que muere se une con el sacrificio de Cristo en la cruz. Quien muere así, confiando en Dios y en paz con los hombres, es decir, sin pecado grave, está en el camino de la comunión con Cristo resucitado. Cuando morimos, no caemos más que hasta las manos de Dios. Quien muere no viaja a la nada, sino que regresa al hogar del amor del Dios que le ha creado.

Tan alta vida espero, que muero porque no muero. SANTA TERESA DE JESÚS

El tiempo de buscar a Dios es esta vida. El tiempo de encontrar a Dios es la muerte. El tiempo de poseerá Dios es la eternidad. SAN FRANCISCO DE SALES

                                        Creo en la vida eterna

 156 ¿Qué es la vida eterna?

La vida eterna comienza con el Bautismo. Va más allá de la muerte y no tendrá fin.

Cuando estamos enamorados no queremos que este estado acabe nunca. «Dios es amor», dice la primera carta de san Juan (1 Jn 4,16). «El amor», dice la primera carta a los Corintios, «no pasa nunca» (1 Cor 13,8). Dios es eterno, porque es amor; y el amor es eterno porque es divino. Cuando estamos en el amor entramos en la presencia infinita de Dios.  

157 ¿Seremos llevados a juicio después de la muerte?

El llamado juicio especial o particular tiene lugar en el momento de la muerte de cada individuo. El juicio universal, que también se llama final, tendrá lugar en el último día, es decir, al final de los tiempos, en la venida del Señor.

Al morir, cada hombre llega al momento de la verdad. Ya nada puede ser eliminado o escondido, nada puede ser cambiado. Dios nos ve como somos. Llegamos ante su juicio, que todo lo hace «justo», porque, si hemos de estar en la cercanía santa de Dios, sólo podemos ser «justos» (tan justos como Dios nos quiso cuando nos creó). Quizá debamos pasar aún por un proceso de purificación, quizá podamos gozar inmediatamente del abrazo de Dios. Pero quizá estemos tan llenos de maldad y odio, de tanto «no» a todo, que apartemos para siempre nuestro rostro del amor de Dios. Y una vida sin amor no es otra cosa que el infierno.

Yo no muero, entro en la vida. SANTA TERESA DEL NIÑO JESÚS (1873-1897, mística, carmelita y Doctora de la Iglesia)

Mas no olvidéis una cosa, queridos míos, que para el Señor un día es como mil años y mil años como un día. 2 Pe 3,8

A la tarde (de la vida) te examinarán en el amor. SAN JUAN DE LA CRUZ

JUICIO

El llamado juicio especial o particular tiene lugar en la muerte de cada individuo. El juicio universal o final, tendrá lugar en el último día, es decir, al final de los tiempos, en la segunda venida del Señor.

Ahora vemos como en un espejo, confusamente; entonces veremos cara a cara. Mi conocer es ahora limitado; entonces conoceré como he sido conocido por Dios. 1 Cor 13,12

158 ¿En qué consiste el cielo?

El cielo es el momento sin fin del amor. Nada nos separa ya de Dios, a quien ama nuestra alma y ha buscado durante toda una vida. Junto con todos los ángeles y santos podemos alegrarnos por siempre en y con Dios.

Quien contempla a una pareja que se mira tiernamente; quien contempla a un bebé que busca mientras mama los ojos de su madre, como si quisiera almacenar para siempre su sonrisa, percibe una lejana intuición del cielo. Poder mirar a Dios cara a cara es como un único y eterno momento de amor.

Un hombre puede perder sus bienes temporales contra su voluntad, pero nunca pierde los bienes eternos, a no ser por su voluntad. SAN AGUSTÍN

 159 ¿Qué es el purgatorio?

El purgatorio, a menudo imaginado como un lugar, es más bien un estado. Quien muere en gracia de Dios (por tanto, en paz con Dios y los hombres), pero necesita aún purificación antes de poder ver a Dios cara a cara, ése está en el purgatorio.

Cuando Pedro traicionó a Jesús, el Señor se volvió y miró a Pedro: «Y Pedro salió fuera y lloró amargamente». Éste es un sentimiento como el del purgatorio. Y un purgatorio así nos espera probablemente a la mayoría de nosotros en el momento de nuestra muerte: el Señor nos mira lleno de amor, y nosotros experimentamos una vergüenza ardiente y un arrepentimiento doloroso por nuestro comportamiento malvado o quizás «sólo» carente de amor. Sólo después de este dolor purificador seremos capaces de contemplar su mirada amorosa en la alegría celestial perfecta. 

160 ¿Podemos ayudar a los difuntos que se encuentran en el estado del purgatorio?

Sí. Puesto que todos los bautizados forman una comunión y están unidos entre sí, los vivos pueden ayudar a las almas de los difuntos que están en el purgatorio.

Una vez que el hombre ha muerto, ya no puede hacer nada para sí mismo. El tiempo de la prueba activa se ha terminado. Pero nosotros podemos hacer algo por los difuntos que están en el purgatorio. Nuestro amor alcanza el más allá. Por medio de nuestros ayunos, oraciones y buenas obras, y especialmente por la celebración de la Sagrada EUCARISTÍA, podemos pedir gracia para los difuntos.

Por oso, encargó Judas Macabeo un sacrificio de expiación por los muertos, para que fueran liberados del pecado.

161 ¿Qué es el infierno?

El infierno es el estado de la separación eterna de Dios, la ausencia absoluta de amor.

Quien muere conscientemente y por propia voluntad en pecado mortal, sin arrepentimiento y rechazando para siempre el amor misericordioso y lleno de perdón, se excluye a sí mismo de la comunión con Dios y con los bienaventurados. Si hay alguien que en el momento de la muerte pueda de hecho mirar al amor absoluto a la cara y seguir diciendo no, no lo sabemos. Pero nuestra libertad hace posible esta decisión. Jesús nos alerta constantemente del riesgo de separarnos definitivamente de él, cuando nos cerramos a la necesidad de sus hermanos y hermanas: “Apartaos de mí, malditos (…) lo que no hicisteis con uno de éstos, los más pequeños, tampoco lo hicisteis conmigo”  (Mat. 25, 41,45)

162 ¿Pero si Dios es amor, ¿cómo puede existir el infierno?

No es Dios quien condena a los hombres. Es el mismo hombre quien rechaza el amor misericordioso de Dios y renuncia voluntariamente a la vida (eterna), excluyéndose de la comunión con Dios.

Dios desea la comunión incluso con el último de los pecadores; quiere que todos se conviertan y se salven. Pero Dios ha hecho al hombre libre y respeta sus decisiones. Ni siquiera Dios puede obligar a amar. Como amante es «impotente» ante alguien que elige el infierno en lugar del cielo.

El que no ama permanece en la muerte. El que odia a su hermano es un homicida. Y sabéis que ningún homicida lleva permanentemente en sí vida eterna.  1Jn 3,14b-15

Yo me pregunto: ¿Qué significa el infierno? Y sostengo: la incapacidad de amar. FIODORM. DOSTOIEVSKI (1821-1881, escritor ruso)

E Señor no retrasa su promesa, como piensan algunos, sino que tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie se pierda sino que todos accedan a la conversión. 2 Pe 3,9

En su bondad infinita jamás abandona Dios a aquellos que no le quieren abandonar a él. SAN FRANCISCO DE SALES

Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. [...] Y éstos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna.  Mt. 25,31ss

163 ¿Qué es el Juicio Final?

El JUICIO FINAL se celebrará al final de los tiempos, cuando vuelva Cristo. «Los que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida; los que hayan hecho el mal, a una resurrección de juicio» (Jn 5,29).

Cuando Cristo venga en su gloria, toda su Luz caerá sobre nosotros. La verdad saldrá abiertamente a la Luz: nuestros pensamientos, nuestras obras, nuestra relación con Dios y los hombres: nada quedará oculto. Conoceremos el sentido último de la Creación, comprenderemos los maravillosos caminos de Dios para nuestra salvación y por fin recibiremos la respuesta a la pregunta de por qué el mal puede ser tan poderoso, cuando es Dios en realidad el único que tiene poder. El Juicio Final es también una fecha de juicio para nosotros. Aquí se decide si somos despertados para la vida eterna o si somos separados para siempre de Dios. Aquellos que hayan elegido la vida vivirán para siempre en la gloria de Dios y le alabarán en cuerpo y alma.

164 ¿Cómo se acabará el mundo?

Al final de los tiempos Dios dispondrá un cielo nuevo y una tierra nueva. El mal ya no tendrá poder ni atractivo. Los redimidos estarán cara a cara ante Dios, como sus amigos. Sus deseos de paz y justicia se verán cumplidos. Contemplar a Dios será su felicidad. El Dios trino habitará entre ellos y enjugará toda lágrima de sus ojos: ya no habrá muerte, ni luto, ni lamentos, ni fatiga.

165 ¿Por qué decimos «Amén» al confesar nuestra fe?

Decimos Amén —es decir, sí— al confesar nuestra fe porque Dios nos llama como testigos de la fe. Quien dice Amén, asiente con alegría y libremente a la acción de Dios en la Creación y en la Salvación.

La palabra hebrea «Amén» procede de una familia de palabras que significan tanto «fe» como «solidez, fiabilidad, fidelidad». «Quien dice Amén pone su firma» (san Agustín). Este sí incondicional lo podemos pronunciar únicamente porque Jesús se ha revelado para nosotros en su Muerte y Resurrección como fiel y digno de confianza. Él mismo es el «Amén» humano a todas las promesas de Dios, así como el «Amén» definitivo de Dios para nosotros.

 Y enjugara toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor, porque lo primero ha desaparecido. Y dijo el que está sentado en el trono: «Mira, hago nuevas todas las cosas». Y dijo: «Escribe: estas palabras son fieles y verdaderas». Ap 21,4-5b

AMÉN

La palabra Amén (del hebreo Aman = estable, ser fiable) se usa en el Antiguo Testamento principalmente con el significado de «así sea», para reforzar el deseo de la acción de Dios

o para entrar en la alabanza de Dios. En el Nuevo Testamento es a menudo la palabra final que remata una oración. Pero quien la usa con más frecuencia es Jesús mismo como una introducción, por lo demás infrecuente, de su discurso. Subraya la autoridad de sus palabras.

Pues todas las promesas de Dios han alcanzado su sien él. Así, por medio de él decimos nuestro «Amén» a Dios para gloria suya a través de nosotros. 2 Cor 1,20

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