Lunes, 19 de agosto de 2019

Religión en Libertad

Un analista judío coincide con el obispo Chaput en ir más allá del debate sobre las armas

Tiroteos masivos: «Monstruos siempre ha habido entre nosotros. Pero ahora los estamos cultivando»

Escenario del crimen cometido el 4 de agosto en Dayton (Ohio).
Escenario del crimen cometido el 4 de agosto en Dayton (Ohio).

C.L. / ReL

Las matanzas de El Paso (Texas, 3 de agosto, 22 muertos) y Dayton (Ohio, 4 de agosto, 10 muertos) han dado lugar a un debate ya habitual sobre la facilidad de acceso a armas automáticas en Estados Unidos. El arzobispo de Filadelfia, Charles Chaput, afirmó en un artículo este mismo lunes que hay que ir un poco más allá: "Solo un insensato puede creer que el 'control de armas' resolverá el problema de la violencia de masas. Las personas que utilizan [cursiva en el texto original] las armas en estos hechos abominables son agentes morales con corazones retorcidos. Retorcidos por la cultura de la anarquía sexual, los excesos personales, el odio político, la deshonestidad intelectual y las libertades pervertidas que hemos creado sistemáticamente durante el último medio siglo". 

Monseñor Chaput: la cultura del último medio siglo fabrica "corazones retorcidos".

Y recordaba cómo hace justo veinte años, cuando era arzobispo de Denver y tuvo lugar allí la matanza de Columbine (12 estudiantes asesinados en un instituto), señaló exactamente lo mismo: "En las últimas cuatro décadas hemos creado una cultura que vende violencia en docenas de formas distintas, siete días a la semana. Forma parte de nuestro tejido social". Y  ponía un ejemplo muy concreto: "Cuando el lugar más peligroso del país es el vientre de la madre y el niño no nacido puede ver aplastada su cabeza en un aborto... el lenguaje corporal de ese mensaje es que la vida no es sagrada y tal vez no valga mucho".

Estas reflexiones eran compartidas muy poco después desde orillas muy distintas. David P. Goldman, un influyente columnista de origen judío que firma como Spengler en el influyente Asia Times de Hong Kong, titulaba así este miércoles en PJ Media su análisis de los acontecimientos: "Ninguna vida importa. Por eso hay matanzas masivas".

David P. Goldman explica que los dogmas culturales imperantes, al rompen todo vínculo, fabrican almas solitarias y atomizadas susceptibles al odio que las transforma en asesinas.

Goldman viene alertando del fin de nuestra civilización desde hace décadas. De ahí su pseudónimo, que evoca la obra La decadencia de Occidente (1918) de Oswald Spengler. Es un analista económico de prestigio, habitual durante años en las páginas de The Wall Street Journal o Forbes, y un respetado asesor internacional de fondos de inversión y sociedades de capital. Pero, tras superar su ateísmo juvenil y de la primera madurez, Goldman defiende la importancia de la religión, el patriotismo y los valores compartidos como fuente de cohesión social, y cifra en su pérdida la disolución del mundo tal como lo hemos conocido.

De ahí los tintes dramáticos de su juicio sobre este tipo de crímenes. El asesino de El Paso (con motivaciones en apariencia racistas) y el de Dayton (cuyos vínculos "antifascistas" no han sido tan aireados por los medios anti-Trump como los de su par) "son indidivuos aislados de la sociedad, desestabilizados por el cambio y desesperados de su lugar en el mundo. Monstruos así siempre ha habido entre nosotros. Pero ahora estamos cultivando esos monstruos destruyendo los vínculos que nos unen unos a otros, y con nuestro pasado y nuestro futuro".

Los buenos viejos tiempos

“Antes todos importábamos", evoca Goldman: "Ahora ya nadie importa, no al menos en la distopía postmoderna de la identidad inventada.

»En los buenos viejos tiempos importábamos porque cada uno de nosotros era radicalmente único. Éramos únicos como miembros de una comunidad religiosa atenta al Dios que nos había creado, únicos como padres atentos a los hijos que habíamos traído al mundo. Sabíamos que cada uno de nosotros tenía un propósito específico, en primer lugar porque Dios no hace nada en vano. Esperábamos que la generación anterior se sintiese orgullosa de nosotros, y que la generación siguiente fuese digna de sus predecesores. Cada uno de nosotros teníamos una misión que solo nosotros podíamos cumplir, y esa misión era educar hijos que fueran únicamente nuestros, y con quienes teníamos una relación única a través de los vínculos de la intimidad, que ningún doctorado en Psicología podía sustituir.

»Cada cual sabía quién era. No nos comprábamos una identidad en la sopa de letras de la sexualidad postmoderna, sino que asumíamos la identidad heredada. Honrábamos a los ancianos y educábamos a los jóvenes. La vida era trágica pero jubilosa. Éramos débiles y moríamos, pero nuestros hijos, nuestra comunidad y sobre todo nuestra patria tomaban algo de nuestra existencia mortal y hacía que formase parte de un futuro sin final. Nuestro breve paso por la tierra tenía una finalidad. Entre tantas lágrimas podíamos esperar un mínimo de alegría".

La pesadilla

"Eso se acabó", lamenta Goldman: "El consenso progresista nos dice ahora que somos libres para inventar nuestras propias identidades. Más bien se nos obliga a ello so pena de ser escarnecidos públicamente, porque todo el pasado está contaminado por el racismo, el colonialismo, la misoginia, la islamofobia… Se supone que nuestro pasado es un Museo de los Horrores de abusos del patriarca blanco, y en nuestro empeño por arrasarlo no debe quedar piedra sobre piedra”.

A esta pérdida de vínculos entre generaciones y con nuestra propia historia se suma la creencia materialista en nuestra propia irrelevancia: “Se nos dice que somos irrelevantes manchas de carbono dando vueltas en torno a una estrella igual a miles de millones de otras estrellas en la galaxia, una galaxia entre millones de otras galaxias en un universo al que no le importa lo más mínimo el leve parpadeo de nuestra existencia. Nuestro cerebro es una máquina cuyas funciones pronto serán imitadas por la inteligencia artificial. Los neurocientíficos y los biólogos evolucionistas nos dicen que nuestra libertad es una ilusión. Nuestras vidas no importan, porque nada de lo que podamos hacer importa. Solo tenemos una ilusión de libertad dirigida a conseguir caprichos arbitrarios”.

“El dogma progre imperante nos dice”, continúa, “que el pasado fue un continuo espectáculo de opresión contra negros, mujeres y otras víctimas. Somos la primera generación que ha ‘despertado’, y debemos abominar de todo cuanto nos ha precedido”.

Pero, si hemos de abominar de nuestros antepasados, “¿por qué engendrar niños que inventarán sus propias identidades y abominarán las nuestras? Nada quedará de nuestra existencia mortal cuando muramos, y lo que es peor: mucho antes de eso nos habremos hecho viejos e irrelevantes, sin nada que hacer en la absoluta soledad de la ancianidad salvo esperar la muerte”.

La ideología de género y la finalidad

Goldman señala el impacto de la ideología de género reforzando esta decadente visión del mundo y de la vida: “Si nuestra identidad es una elección arbitraria, entonces la vida no tiene significado. Un ‘significado’ escogido al azar no implica ‘significado’ alguno. ‘Significar’ supone que el ‘significado’ es único. Si podemos elegir una letra cualquiera del espectro LGBTTTQQIAAPAGPGB (no es un invento mío), o cualquier intersección de combinaciones étnicas y de género, entonces nuestra vida no tiene un significado especial, y estamos condenados a una existencia fantasma en un perpetuo presente sin pasado ni futuro”.

En esas condiciones, “ni nuestra vida importa, ni importa la vida de nadie más. No es sorprendente que un lunático solitario, alimentado por una identidad política de izquierdas o de derechas, decida escapar de su miseria llevándose con él otras vidas sin sentido”.

“Nuestra Revolución Cultural tiene este mismo efecto”, explica Goldman: “Hemos vaciado la vida de todo ese sentido de finalidad que antes nos sostenía y hemos convertido a una buena parte de nuestra población en un conjunto de almas perdidas y atomizadas. No es de extrañar que sujetos con graves problemas psicológicos pierdan toda barrera y se conviertan en asesinos”.

“Considero especialmente detestable”, concluye, “que los ideólogos progresistas que han hecho todo lo posible para socavar la fidelidad familiar, la devoción de la religión comunitaria y la lealtad patriótica clamen ahora sobre el problema de las armas”.

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