Domingo, 08 de diciembre de 2019

Religión en Libertad

Christopher se convirtió al ver que su padre alcohólico y maltratador cambió gracias a Dios

De traficante y extorsionador a sacerdote entre musulmanes: la conversión de su padre le trastocó

Christopher, de 33 años, será ordenado diácono en menos de un año en Karachi (Pakistán).
Christopher, de 33 años, será ordenado diácono en menos de un año en Karachi (Pakistán).

Christopher Anbania es un joven seminarista de Filipinas, de 33 años, que será pronto ordenado diácono. Él relata su testimonio de fe con una sonrisa permanente. La alegría que encuentra al confirmar día a día su vocación es ya de por si extraordinaria. Pero el hecho es más aún sorprendente porque se prepara para servir como sacerdote en un lugar muy alejado de su hogar natal. Será un futuro sacerdote de Pakistán, al servicio de una Iglesia mártir, pero que vive con alegría y esperanza su fe en Jesucristo, dando muestras palpables de que la fe cambia la vida. Christopher también da testimonio de ello.

“Realmente durante mi adolescencia y juventud estuve muy alejado de Dios. Crecí en un ambiente lleno de violencia, especialmente he sufrido violencia por parte de mi padre, que era un hombre alcohólico y destruido. Yo vengo de la ciudad de Mati, en la provincia de Davao Oriental, al sur de Filipinas, una región en la que hay guerrillas antigubernamentales. Soy de una familia pobre, cuando era pequeño vivíamos en una choza de paja, mis padres, mis cinco hermanos y yo. Debido a la violencia de mi padre, creció desde pequeño en mi el odio hace todo lo que vivía y veía a mi alrededor. Este odio me llevó a desear matar a mi padre, para mí la familia era un infierno, y por eso también buscaba fuera de mi hogar un grupo de amigos con el que construir un mundo apartado de mi familia. Por supuesto, aunque mi madre sí que iba a la iglesia, yo no creía ni en Dios ni en la Iglesia”.

Extorsión, armas, tráfico de drogas...

En estas circunstancias, cuando Christopher era adolescente, empezó a formar parte de una banda callejera. Se dedicaba a vender droga en la calle y extorsionar a algunas personas, precisamente haciendo uso de la violencia, pues en su banda llevaban armas de fuego. Después de unos años así, le propusieron formar parte de algo más grande, y estuvo a punto de formar parte de una de las guerrillas antigubernamentales presentes en la isla de Mindanao. “Sigo sin entender como estuvo a punto de terminar así, y más aún, de cómo he podido salir de ahí y estar ahora contando esto”, comenta el joven seminarista.

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“Todo cambió, inesperadamente, a través de mi padre. Dios le utilizó para intervenir en mi vida y mostrarme otro camino posible. Y fue que un día mi padre dejó de beber, estaba muy destruido por el alcohol. Yo además le noté distinto, porque ya no reaccionaba contra mí pegándome o castigándome físicamente. Entonces, recuerdo que un día pregunté a mi madre qué le estaba pasando a mi padre. Ella me contó que le había invitado a unas catequesis para adultos en la iglesia de nuestro barrio, cerca de nuestra casa. Mi madre ya había empezado a ir y más tarde mi padre hizo estas catequesis invitado por ella y entonces empezaron a ir juntos a la iglesia", cuenta.

El sorprendente cambio de su violento padre

Ante esta situación, prosigue en su relato, “estaba sorprendido por este cambio tan radical de mi padre. Él incluso encontró un trabajo y empezó a llevar una vida normal, porque antes nunca había trabajado. Mandaba a mi madre al mercado a vender flores. Recuerdo que yo me preguntaba: 'Cómo puede ser que un hombre cambie así. Cómo puede ser que una persona que no podía vivir sin beber, de repente lo deje'. Era un hombre destruido y ahora era una persona normal. Yo estaba también destruido, vendía drogas, llevaba armas, era un pandillero. Estaba harto de ello, pero no encontraba una salida. No tenía dirección en la vida. Entonces un día tuve el valor de decirle a mi padre: '¿Qué has hecho para ahora tener un trabajo y dejar la bebida? ¿Quiero lo mismo que tú?'. Él me habló entonces de ese grupo del que formaba ahora parte en la parroquia, se llamaba Camino Neocatecumenal. Y me invitó a escuchar unas catequesis. Entonces pensé que no tenía mucho que perder, y fui.”

Este joven explica que “la comunidad para mí fue una ayuda para acercarme a Dios y ver a lo que el Señor me llamaba. Eran un grupo de gente de distintas edades, algunos jóvenes como yo. Eso me hizo ver de otra manera a la Iglesia, porque yo pensaba que estas cosas eran solo para los curas. La dinámica de este grupo era la celebración de la Eucaristía en comunidad, la celebración litúrgica de la Palabras y las convivencias mensuales con los hermanos. Y así, poco a poco, Dios me fue apartando de mi banda y me ayudó a abandonar estas cosas que me hacían daño. Encontré un trabajo, en una oficina de tráfico, donde me encargaba de los trámites para renovar los permisos de conducir.”

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La peregrinación que le mostró su vocación

Después de varios años en esta comunidad, Christopher recuerda perfectamente el momento en el que Dios le hizo ver que le llamaba al sacerdocio: “Fue en una peregrinación que hicimos con mi comunidad a un santuario de la Virgen María. Yo entonces tenía novia, pero durante aquel viaje, en los momentos de oración tuve un pensamiento profundo de que quizá Dios me había elegido para ser sacerdote y servir a otras personas que buscan a Dios como yo lo buscaba. Sentí que Dios me llamaba a otra cosa, a anunciar su amor, como presbítero".

Esta idea hacía surgir en mi un sentimiento de agradecimiento, de repasar mi vida, ver de dónde yo había salido, y comprobar cómo Dios nunca me había abandonado. Así que hablé con mis catequistas, que son quienes nos acompañan a todas las personas que formamos una misma comunidad. Les conté que veía que Dios me llamaba a ser presbítero y ellos me invitaron a acudir a un encuentro vocacional. De ahí, acudí a una convivencia que realiza el Camino Neocatecumenal en Porto San Giorgio, en Italia, para candidatos al seminario. Y entonces al final de la convivencia se hizo un sorteo para ser enviado a cualquier seminario Redemptoris Mater que hay por el mundo", comenta.

En el sorteo le tocó el Seminario en Pakistán

De este modo, Christopher recuerda "cuando de una bolsa saqué un papel en el que aparecía el nombre de Karachi, Pakistán. En seguida pensé que no, que yo no iba a ir a Pakistán. Irme tan lejos de casa era muy difícil para mí, ya estaba siendo duro haber dejado mi trabajo, a mi novia, mi familia, para marcharme al seminario. Así que bueno, para que veas cómo Dios se sirve de las personas y de los acontecimientos de la vida. Cuando regresé a Filipinas, después de aquella convivencia en Italia, el rector del Seminario Redemptoris Mater de Manila me dijo: 'No te puedes ir a tu casa – como vivía muy lejos de la capital, al sur, en la isla de Mindanao- sin antes solicitar tu visado, un visado simple de turista. Porque tienes que coger un vuelo de vuelta a tu ciudad, gastarte más dinero. Es mejor que hagas el papeleo ahora'. Yo estaba decidido a decir que no a ir a Pakistán, porque me daba miedo. Las noticias que tenía de este país era de grupos talibanes, ataques a iglesias, y encima atentados contra cristianos. Pero de nuevo Dios me trastocó mis planes.”

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El seminario está situado a la parroquia de Nuestra Señora de Fátima y está muy vinculada a ella

La señal de Dios

Christopher narra cómo hizo caso al rector y se quedó en Manila para solicitar el visado. Fue a la embajada de Pakistán, hizo el trámite y explicó que quería ir para visitar a la Iglesia en Pakistán y el seminario de Karachi. “Entonces, cuando me avisaron de que mi visado estaba listo, al cabo de unos pocos días, fui de nuevo a la embajada y me llevé la sorpresa de que me habían concedido no un visado de turista, sino un visado de visita para un mes, que es casi el doble de días que un visado de turista. Entonces vi una señal de Dios, que me quería aquí, porque incluso conseguir un visado de turista para Pakistán a veces es muy difícil. Es más, una vez llegué a Karachi, al cabo del mes de mi permiso, solicité un visado más extenso y me concedieron, algo todavía más increíble, un visado de misionero para 5 años: algo completamente imposible para muchos misioneros que llevan años viviendo aquí en Pakistán. Además, yo no había pedido una visa de misionero, sino de turista, y los papeles que había entregado eran solo para una visa normal de turista. Esto fue sin duda una intervención totalmente de Dios, no se trata de un algo que yo hubiera planeado.”

Por último, Christopher comenta que al llegar a Karachi, no fue nada fácil adaptarse a una cultura totalmente distinta y en una ciudad muy grande, llena de contaminación y basura. “Pero lo que yo he experimentado en estos años de seminario aquí, lo que me ha hecho ver que Dios me quiere aquí, es ver cómo la gente está tan necesitada de una palabra de esperanza, están necesitados del amor de Dios. Y otro punto clave ha sido descubrir la belleza de la Evangelización. Eso me sostiene, porque he tenido crisis en estos años. Pero lo que anima aquí es la catequización en las parroquias, anunciar a Jesús, aunque sea pobremente. También me sostiene mi comunidad, mi comunidad en Filipinas y mi comunidad aquí en Pakistán".

El rector de Karachi, un español de Córdoba

El seminario Redemptoris Mater de Karachi comenzó en el año 2006, a petición del entonces arzobispo Evarist Pinto. Está ubicado junto a la parroquia Nuestra Señora de Fátima. Realmente se trata de la casa parroquial que ha sido habilitada como zona de formación y residencia para los 12 seminaristas que viven allí actualmente. El rector es el sacerdote cordobés Luis Esquinas, que además es párroco Ntra. Sra. de Fátima. “Doy las gracias a Ayuda a la Iglesia Necesitad por el apoyo a la Iglesia en Pakistán. Esperamos que podáis también ayudarnos a mejorar este seminario. Es importante transmitir que los cristianos en Pakistán y este país, siguen necesitados de una palabra de esperanza, de un verdadero encuentro que Cristo que se da a través del anuncio del Evangelio, por parte de toda la Iglesia universal.”, se despide Christopher Anbania. 

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El cardenal Coutts es en este momento el arzobispo de Karachi

La Iglesia católica en Pakistán es una institución que atiende a las necesidades pastorales de una comunidad muy pequeña en el país. Los cristianos de Pakistán son apenas el 4% de la población, siendo los católicos cerca de la mitad, con casi 4 millones de fieles repartidos por todo el país. La creciente presión del integrismo islámico, los casos de atentados en templos, secuestros y asesinatos, o las conocidas como leyes de la blasfemia, que atentan contra la libertad de expresión y religión, son las fuertes barreras que se encuentran los cristianos paquistaníes día a día. A esto se suma la marginación social, debido a la discriminación religiosa, que hace que los cristianos ocupen trabajos de servidumbre, como la fabricación de ladrillos. Pese a todo, se trata de una Iglesia joven, que está abierta al mundo, y que recibe misioneros como Christopher cuyas vidas hablan de la universalidad auténtica de la Iglesia católica.

La importante labor de la minoría católica

Además, la Iglesia católica también desarrolla una gran labor caritativa y social, a través de la educación y la sanidad, muy importantes para toda la sociedad. Esto es algo apreciado incluso por las familias musulmanas, de todos los niveles sociales, que llevan a sus hijos a colegios católicos, pues valoran la calidad de la educación y el respeto por las creencias de todos. La fundación pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada lleva apoyando a la Iglesia católica en Pakistán desde hace décadas. En el año 2018 envió ayuda pastoral por un total de 1,6 millones de euros para proyectos de formación del clero, construcción de templos, estipendios de misa, sostenimiento de religiosas, material catequético o vehículos para la misión.

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