Lunes, 26 de octubre de 2020

Religión en Libertad

Nuestros custodios, más presentes en nuestra vida de lo que creemos

Las dos veces que el ángel de la guarda veló ostensiblemente por la hermana del padre Longenecker

ReL

El padre Dwight Longenecker creció en una familia evangélica de Pensilvania, se graduó en una universidad protestante fundamentalista y estudió teología en Oxford. En Inglaterra fue ordenado sacerdote anglicano y sirvió como capellán de escuela en Cambridge. En 1995 él y su esposa e hijos se hicieron católicos. Y desde 2006, por una dispensa especial, es sacerdote católico en Estados Unidos, actualmente párroco de Nuestra Señora del Rosario en Greenville (Carolina del Sur). 

Es, además, un importante creador de opinión a través de su blog, muy seguido, y donde publicó este viernes, con motivo de la festividad de los Ángeles Custodios (de cuya devoción es un firme defensor), la historia de su hermana Denise.

El padre Longenecker, durante una entrevista en EWTN.

El ángel de la guarda y mi hermana pequeña

Mi familia asistía a un partido de fútbol del instituto, sentada en lo alto de las gradas. Mi hermana pequeña, Denise -una cosita delgadita-, tenía siete años. Cuando nuestro equipo consiguió un touchdown, todo el mundo se puso de pie para aplaudir. Ella también, y al hacerlo resbaló por el hueco entre el asiento de la grada y el reposapiés. Mi madre la vio deslizarse, mirando sin poder hacer nada cómo su hija caía hacia el suelo desde una altura de varios metros.

Contempló además, casi en cámara lenta, cómo el pequeño cuerpo de mi hermana se dirigía a la gran base de hormigón que sostenía las gradas. En el último momento, justo antes de que su cabeza golpease contra el cemento, dice mi madre que fue como si alguien simplemente empujase a la pequeña hacia un lado, y mi hermana aterrizó, sin daño alguno, sobre la hierba al lado del cemento.

Algunos se preguntan por qué Dios no impide todas las cosas malas que pasan. Pero un día cualquiera los ángeles custodios evitan innumerables cosas malas. Pienso en todos los accidentes de avión o de coche, peligrosas caídas y crímenes horribles que son impedidos. Pero nunca lo sabremos aquí y ahora... porque, claro, nunca sucedieron.

Es misma pequeña hermanita creció, se graduó en la universidad, se convirtió en escritora con tres libros publicados en su haber, se casó y tuvo dos hijos. Luego, recién entrada en la cincuentena, la fulminó un cáncer horrible e incurable. Pasó por todo el doloroso y apabullante tratamiento, pero no pudieron hacer nada más.

“¿Dónde estaba entonces su ángel de la guardia?”, podría muy bien preguntar alguien.

Es una buena pregunta, pero la historia completa siempre incluye cosas que el ojo no ve.

Denise afrontó su tratamiento con gran valor e inspiró a muchos con su fe digna y confiada en la bondad de Dios.

El Jueves Santo de aquel año acudió al aeropuerto a recoger a nuestra madre y a nuestra hermana mayor, Donna, que venían para acompañarla.

Aunque Denise era anglicana, había hecho planes para ir a Lourdes con Donna durante la semana de Pascua. “He aprendido a amar a la Virgen María”, decía.

Aquella semana tuvo muy poco dolor, y el sábado estaba en pie preparando la comida para una casa llena de invitados.

Esa noche se fue a la cama temprano. No se sentía muy bien. Bien entrada aquella noche, recibió la extremaunción y murió llena de paz el Domingo de Resurrección.

Justo antes de morir contempló a todos sus seres queridos a su alrededor, llorando, y dijo: “No lloréis. Cantad himnos de Pascua”.

¿Que dónde estaba su ángel de la guarda?

Justo al lado de su cama, velando por ella, como siempre, y llevándola dulcemente a casa.

Traducción de Carmelo López-Arias.

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