Sábado, 21 de mayo de 2022

Religión en Libertad

Tras 10 años viviendo como Jake, esta «detransitioner» ha narrado su escalofriante relato

Laura, trans arrepentida que cayó «en las manos del demonio»: «Nadie me dijo que sería tan horrible»

Laura Perry detransitioner.
Tras vivir durante 10 años como "Jake" y realizar el cambio de género, Laura Perry ha abrazado su identidad femenina y la fe y lucha contra las mentiras de los activistas trans (Portada: Chris Landsberger/World).

José María Carrera

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A los 8 años,  Laura Perry sufrió abusos sexuales por conocidos en varias ocasiones, lo que vivió en secreto porque su madre "nunca tenía tiempo" para ella. Esto, unido a los cambios de la pubertad y la esterilidad  que padecía desde los 14 años, le llevó a una precoz obsesión por el sexo y a creer que "convertirse" en un hombre arreglaría su vida. Décadas más tarde, su historia es una voz de alarma para jóvenes y padres ante el dramático incremento de casos de niños trans.

Según relató la actual escritora y activista cristiana Laura Perry al portal World, una sucesión de traumas infantiles y preadolescentes culminaron con una depresión al saber que nunca podría tener hijos.

La culpa y vergüenza sufrida a consecuencia de los abusos sexuales y sentir que su feminidad "estaba rota" le llevaron a rebelarse contra Dios y, "al contrario que todo cristiano" haría, a buscar "pecar todo lo posible".

Adicta a la pornografía con 20 años y acostumbrada a las relaciones con hombres que le trataban "como basura", Laura creía encontrar en la noche y las relaciones sexuales el único momento en que tener algo parecido a la cercanía y el amor.

"Creía que eso me ayudaría, pero a más me entregaba a los hombres, mas infravalorada me sentía y me dejaban una y otra vez. Me sentía sin valor, sin identidad y desesperada", explica.

"En las manos del demonio"

Tras consultar en internet y redes sociales, no tardó en convencerse de que "si nada funcionaba bien era porque debía ser un hombre: No quería ni si quiera ser trans, solo borrar todo rastro de feminidad presente en mí". 

Engañada, como una más de las decenas de miles de jóvenes en todo el mundo, Laura comenzó el tratamiento hormonal y quirúrgico de "reasignación de género".  

Primero fueron las hormonas, gracias a las cuales vio como su voz se agravaba y el pelo comenzaba a poblar su rostro, cambió su nombre legal al de "Jake" y comenzó a vivir con un hombre trans 27 años mayor que ella que se presentaba como mujer, ante la promesa infundada de los "especialistas" de que era gay.

La cirugía no tardó en llegar, y pese a estar convencida de que los cambios "no serían reales", albergaba la posibilidad de que algún día "olvidase que una vez fue mujer".

Primero fue la mastectomía, después le extirparon sus órganos sexuales femeninos que fueron sustituidos por prótesis. Por último se sometió a una agresiva cirugía de tórax que le daría una mayor apariencia masculina.

Durante el proceso, Laura recuerda que le invadió el miedo a "haber caído en las manos del demonio" y antes de la operación rezó por primera vez en años diciéndole a Dios que "le necesitaba", pero la decisión estaba tomada.

Lo que no dicen del cambio de género

Despertó desolada. "Tras mi cirugía, aunque me gustaban los resultados, sabía que no era real. Nadie me dijo que sería tan horrible. Salí devastada", recuerda.

Sin embargo, recuerda sentir siempre la cercanía de Dios. "No me abandonó ni en los momentos más oscuros, y aunque yo no quería a Dios, Él me quería a mí, pero yo sabía que [en esa situación] iría directa al infierno. Estaba encerrada en esa situación, estaba atemorizada".

Pero tras la cirugía, Laura olvidó a Dios, pensando que dar marcha atrás no solo sería inasumible, sino también imposible. Mientras, con cada nueva operación o cada vez que la trataban de "Jake" le invadía la euforia, pero la depresión y la disforia no tardaban en reaparecer.

Recuerda su nueva situación como "un círculo vicioso", obsesionada "por el hecho de que nada de eso era real", cansada de las mentiras, las inyecciones de testosterona y las frecuentes infecciones por usar prótesis masculinas.

No tardó en darse cuenta de que por mucho que se operase, "nunca sería un hombre" y la disforia seguiría acompañándola. Como afirmó a World, nunca olvidará el momento en que, tras la operación, entró a probarse un vestido de mujer y vio reflejado en el espejo un pecho plano y su cuerpo lleno de pelo: "Estaba horrorizada por lo que me había hecho", relata.

"En el hoyo más oscuro y profundo"

En 2014, Laura recuerda su vida sumida "en el hoyo más oscuro y profundo". Entonces, retomar la relación con su madre y ayudarla en un grupo de formación cristiana supuso la única ruptura con su angustiosa existencia, mientras su curiosidad por el mensaje bíblico se incrementaba.

Cuando pensaba que no tenía a nadie más en su vida, sin hijos ni un hombre que la quisiese y sin posibilidad de volver atrás, un encuentro con el Señor le devolvió la esperanza.

"En este hoyo negro en el que estaba, le pedí al Señor que me quitarla la vida, pensaba que era la única salida. Hasta que tuve una visión, sentada en las rodillas de Jesús, dándome la mano para salir de ese hoyo. No tenía la fe, pero sabía que si seguía en ese camino Dios se apartaría de mí [y supe que tenía] que alejarme de todo lo que significa [la vida como trans].

En ese encuentro, recuerda que el Señor le mostró "que no había terminado" con ella: "Le entregué mi corazón, estaba emocionada de que me quisiese aún con esta vida rota y me transformé. Dios tenía otro plan para mí, pero pensaba que no había vuelta atrás".

Laura Perry.

Laura Perry, antes (izquierda) y después (derecha) de terminar el proceso de "detransición". 

Redimida y amada por Dios

"¿Cómo me llamaría Dios? ¿Jake o Laura?": Aquella pregunta le hizo tomar una decisión: "Si Dios me creó como Laura, podría confiar en Él para definir mi condición sexual.

En 2016, visitó de nuevo la iglesia y encontró en internet que la ansiada "marcha atrás" no solo era posible, sino que cientos de personas habían revertido el proceso.

Para ella, implicaba dejar a su pareja trans tras 8 años de relación, su trabajo, su identidad e incluso su hogar: Laura abrazó "el diseño de Dios" como mujer y por primera vez en su vida, hizo nuevas amigas.

A sus 39 años, aún arrastra las dolorosas secuelas motivadas por el cambio de género: continua afeitándose, sabe que con más motivo ahora nunca podrá tener hijos y tiene pérdidas de memoria y problemas musculares y neurológicos asociados.

Sin embargo, se muestra convencida de que su plenitud no reside en ella misma o en su percepción, sino en su fe y en quienes la rodean. Hoy, prepara su boda con un hombre cristiano, ha escrito su historia de redención y superación para hacer frente a la ideología trans -Transgender to transformed- e imparte conferencias ayudando a mujeres y hombres con disforia de género.

Laura Perry con Perry Smalts.

Laura Perry espera casarse con su prometido, Perry Smalts, el próximo mes de mayo (Imagen: Chris Landsberger/World). 

“Mi historia no se trata de la ideología trans. Se trata del Evangelio. Ahora no solo he abrazo mi feminidad, sino que amo ser una mujer por primera vez en mi vida. Estoy agradecida al Señor que puede  restaurar lo que el enemigo ha robado en mi vida. Dios me ha redimido”, concluye.

"Transgender to transformed", la historia de superación y abrazo de la identidad sexual de una transgénero arrepentida.

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