Lunes, 04 de julio de 2022

Religión en Libertad

Este sacerdote valenciano habla de su misión y del nuevo santo universal

Jesús llegó al Sáhara siguiendo los pasos de Foucauld y hoy es el custodio de la tumba del santo

Jesús Cervera (segundo por la derecha) frente a la tumba de san Charles de Foucauld. A su lado, el Obispo de la diócesis argelina a la que pertenece El Menia.
Jesús Cervera (segundo por la derecha) frente a la tumba de san Charles de Foucauld. A su lado, el Obispo de la diócesis argelina a la que pertenece El Menia.

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Charles de Foucauld ya es santo. El pasado 15 de mayo fue canonizado junto a nueve beatos más en Roma, en la primera gran celebración de este tipo tras la pandemia. A más de 2500 kilómetros de allí se encuentran los restos del “hermano Carlos”, que reposan en una sencilla tumba, como no podía ser de otro modo.

Y como custodio de su tumba en el desierto argelino aparece el sacerdote español Jesús Cervera, misionero fidei donum valenciano responsable de la parroquia que está al lado de los restos de este santo universal que tanto fruto dio tras su muerte.

El 1 de diciembre de 1916 San Charles de Foucauld fue asesinado por rebeldes touareg. Su cuerpo fue enterrado allí mismo, en Tamanrasset, y en 1929 trasladado al desierto argelino, concretamente al único cementerio cristiano más cercano, aunque a 1.000 kilómetros de donde vivía en El Menia.

¿Qué hace este misionero en mitad del desierto?

Esta pregunta se la habrán realizado en numerosas ocasiones a Jesús Cervera, que siguiendo la espiritualidad de Foucauld quiso ser enviado allí. Y en El Menia hace lo mismo que el ahora santo, estar presente, mostrar el amor de Dios con su mera presencia, pues ni hay fieles locales allí ni está permitido evangelizar.

Tal y como cuenta al Arzobispado de Valencia, Cervera está al frente de la parroquia situada junto a este cementerio. En ella –relata- “no hay fieles cristianos de allí, puesto que es una zona cien por cien musulmana, y los únicos que hay son extranjeros”. Junto a él se encuentran otros sacerdotes de diferentes nacionalidades y las hermanas de Nuestra Señora de la Salette.

Jesús Cervera, misionero en el Sáhara argelino

Jesús Cervera llegó como misionero al Sáhara argelino en septiembre de 2019.

Su misión allí, donde está prohibido predicar ni hacer cualquier manifestación religiosa de forma pública, es la misma que vivió el hermano Carlos de Jesús, que él llamó vida de Nazaret. “Aquí no somos nadie y nuestra misión es ser testigos de las cosas buenas que hace Dios, del Evangelio de la amistad”, apunta Jesús Cervera.

Según explica el sacerdote valenciano, “cuando vivía entre los tuaregs el hermano Carlos escribió: ‘mi vida transcurre rezando al buen Dios y recibiendo a los vecinos que vienen a mi puerta’ y ésta es nuestra misión,  vivir el evangelio de la amistad”.

Cervera cuenta desde Argelia: “la puerta de mi casa siempre está abierta, y no de una forma metafórica, además hago muchas visitas a las personas con las que he entablado amistad y relación”, también a los enfermos.

De hecho, afirma que en este tiempo ha estrechado lazos de amistad grandes con algunos musulmanes, le han invitado a las bodas, además de acudir él a sus entierros, o socorrer con alimentos a las familias más necesitadas.

Otra de las labores que hace el sacerdote es visitar a los presos, puesto que en esta zona se encuentran detenidos un gran número de cristianos africanos, de otros países del continente, que han llegado allí huyendo de guerras, hambre y muerte. También colabora con las hermanas en la atención a los discapacitados.

A esta zona, el Golea, en donde se encuentra enterrado el nuevo santo, suelen acudir familias y grupos de peregrinos, aunque, como detalla el sacerdote valenciano, “en estos años, por la pandemia, han sido muy pocos”.

La espiritualidad de San Charles de Foucauld

Humanamente hablando Foucauld no sería considerado un personaje de éxito. En vida se fue a vivir al desierto, y allí aparentemente los frutos no fueron fecundos. Pero de su espiritualidad y de sus escritos ha brotado durante todo el siglo XX y XXI una multitud de grupos y comunidades ansiosas de "desierto con Dios" en medio del ajetreo banal de la época moderna y postmoderna.

Charles de Foucauld

Este antiguo militar francés que se convirtió tras una juventud de vanidades y pendencias, se hizo sacerdote ermitaño en el desierto del Sáhara, fue asesinado en Tamanrasset (Argelia) en 1916, en un rincón aparentemente olvidado del mundo. Y un siglo después es un santo realmente universal. Esta es la fe, esta es la Iglesia y esta es la visión de Dios que muchos no pueden entender.

Una espiritualidad que se ha extendido en el siglo XX y XXI

En 1955 la Association Famille Spirituelle Charles de Foucauld contaba con 8 grupos o fraternidades (hermanitos, hermanitas, fraternidad secular, sacerdotes, etc...), pero hoy son más de 20 sus grupos o movimientos asociados en diversos países, con más de 13.000 miembros.

Su espiritualidad de abandono, confianza y sencillez, que casa bien con la de otros santos modernos como Teresita de Lisieux o el Hermano Rafael, influyó además en muchas comunidades renovadas y de estilo semimonástico y devoción eucarística en los países francófonos a partir de los años 50 y 60.

Juventud difícil y conversión a los 28 años

Charles de Foucauld nació en 1858 en Estrasburgo. Su adolescencia fue difícil por la muerte de sus padres, y su carrera en el ejército fue conflictiva y pendenciera. En Marruecos, siendo militar, se enamoró del Sáhara y sus paisajes. De vuelta a París, inquieto y agotado, lleno de interrogantes vitales, conoció al padre Henri Huvelin, un intelectual brillante. A los 28 años y tras mucho pensar, Foucauld se convierte a la fe católica y entiende que Dios no es "una cosa más", sino que debe entregarle toda su vida.

Probó a servir a Dios como trapense, fue a Tierra Santa, se hizo sacerdote... pero le costó encontrar su lugar, que al final fue evangelizar en el Sáhara, tierra musulmana. Construyó dos pequeñas chozas dos pueblos perdidos del desierto, rodeado de tuaregs.

Allí sirvió a los más pobres de entre los pobres, evangelizando con su ejemplo de amor y servicio pobre. Vivía una espiritualidad de amor austero ante Cristo Sacramentado.

Unos forajidos lo asesinaron en 1916 cuando tenía 58 años.

A un primer vistazo, su opción de desierto fue poco fértil: casi sin conversos, lugares sin gente, fruto poco visible... pero pasados cien años de su muerte, es asombrosa la cantidad de almas y comunidades a las que ha alimentado con sus escritos y su ejemplo. Su fertilidad en la Iglesia del siglo XX es hoy indudable.

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