Domingo, 20 de junio de 2021

Religión en Libertad

Por qué el asalto cultural a la feminidad natural impide la plenitud de la mujer

Mujer u hombre se tapa los ojos.
En el largo camino hacia la androginia, el feminismo ha dado un primer paso convenciendo a las mujeres de abandonar lo que las diferencia realmente del hombre para asimilarse a él. Foto (contextual): Sharon McCutcheon / Unsplash.

por Carrie Gress

Opinión

Imagina que tienes la constitución de Michael Phelps, con un pecho poderoso y brazos y piernas que cortan el agua. Desde que eres pequeño, sin embargo, todos los que te rodean insisten en que seas jockey. La natación ya no está de moda, y todas las personas sensatas coinciden en que debes dedicarte a las carreras de caballos.

Y ahí estás tú, con tu cuerpo totalmente inadaptado para las carreras de caballos, camino del hipódromo como jinete. Durante años haces cuanto puedes para ser el mejor, pero no obtienes más que un fracaso tras otro porque no hay montura que pueda volar como el viento llevándote a los lomos.

Quienes tengan la constitución de Michael Phelps saben perfectamente que nunca se les debería animar a ser jinete de carreras. Empeñarse en ello frustra la naturaleza humana -también la del caballo- y jamás acabará bien. La física y la mecánica nos dicen al instante que ese cuerpo y esa profesión no encajan.

Sin embargo, aunque la mayoría tenemos ojos para ver en el deporte esa distorsión de la naturaleza humana, ¿somos capaces de apreciar la naturaleza humana -su física, su mecánica, sus objetivos- en el hombre y en la mujer? Las feministas llevan más de cincuenta años diciéndoles a las mujeres que es mejor ser hombre.

Hemos despreciado la feminidad y todas sus realidades concernientes, como tener hijos y educarlos. Entretanto, hemos animado a las mujeres a ser tan masculinas que ya no somos capaces de decir cuál es la diferencia. Y en caso de que lo seamos, se supone que no debemos decirlo en voz alta. Apenas sabemos ya en qué consisten la feminidad y la masculinidad verdaderas.

Carrie Gress propone este vídeo como ejemplo: el 8 de marzo de 2020, Joseph Backholm acudió a la marcha feminista de Washington, D.C. a preguntar a los asistentes qué es una mujer.

El lado más triste de esta larga marcha hacia la androginia es que las opciones que tienen las mujeres sobre la mesa las apartan de las cosas que pueden conducirlas a su esplendor y su felicidad. El auténtico esplendor de algo exige que ese algo actúe conforme a su naturaleza. Pero, como al jockey con complexión de Michael Phelps, a las mujeres se les ha contado una mentira: que su felicidad consiste en ser un hombre, no una mujer.

¿Qué significa entonces ser una mujer? Los pensadores antiguos (y no tan antiguos) han reconocido que las mujeres sostienen las cosas. En las lenguas romances, las palabras que expresan acogida son femeninas, como la nave, la mar o incluso la Iglesia. Encontramos esa aptitud para acoger en nuestras caderas, en nuestros brazos -preparados para sostener a un niño- y en nuestro vientre.

También alimentamos a otros. Nuestro cuerpo nutre al niño no nacido y nuestros pechos dan luego de comer al niño nacido. En todas las células de nuestro ser hay pistas de ello. Sostener y alimentar no es algo propio solamente de las madres biológicas, sino de todas las mujeres. Todas las mujeres están llamadas a sostener a los demás con su mente, con su corazón, con su oración y a menudo también con sus brazos, y a alimentarlos o, de alguna forma, darles algo que les falta.

Una forma profundamente femenina de sostener y alimentar es dar la vida a otros y mejorar la vida de otros. Por supuesto, no todas las mujeres lo hacen, pero está en el núcleo de lo que significa ser mujer.

Las pistas biológicas también desvelan profundas verdades espirituales. Las mujeres son capaces de acoger, sostener, alimentar y dar vida a grandes ideas y elevados proyectos espirituales. Pensemos en la Madre Teresa, que sembró la minúscula semilla de la idea de servir a los más pobres entre los pobres de la India, y vio cómo esa planta crecía hasta la madurez y cobraba vida propia, continuando incluso después de su muerte. O pensemos en la Madre Angélica, que no tenía experiencia televisiva pero logró dar a luz la mayor cadena católica de televisión del mundo.

No es casualidad que a ambas se las denomine “madres”, porque encarnan esa idea de sostener, de enriquecer, de alimentar, tanto en sus congregaciones religiosas como en sus vocaciones particulares. Su virginidad fue fructífera. Aunque el mundo ve su estilo de vida célibe como una limitación o algo antinatural, en el plano espiritual es una llamada única y hermosa a estar radicalmente abierto a las obras que Dios puede sembrar en un alma.

Pocas cosas hay en la cultura actual más menospreciadas que la virginidad o la maternidad (especialmente si eres madre de muchos hijos). Esto es consecuencia del feminismo marxista radical que prendió en los años 60. Fue entonces cuando se sembró la idea de que la naturaleza humana puede cambiarse, de que la felicidad y el esplendor pueden hallarse donde queramos, y de que la virginidad y la maternidad no están de moda.

Década tras década, pese a las bellas promesas feministas, prosigue el triste declive de la salud y de la felicidad entre las mujeres. Un informe de 2020 del Pew Research Center revela que más del 50% de las mujeres progresistas de raza blanca menores de treinta años tienen algún tipo de problema de salud mental. Estas cifras no harán sino aumentar con la destrucción física, a través de las hormonas y la cirugía, de las mujeres que quieren ser más masculinas. Antes había que sanar emocional y físicamente de las heridas de la revolución sexual, pero este nuevo avance lleva a las mujeres (incluso chicas jóvenes) a un punto en el que fisiológicamente no hay vuelta atrás.

La obvia frustración de un Michael Phelps intentándolo continuamente en el deporte equivocado es mucho menos trágica que la frustración de generaciones de mujeres que se niegan a sí mismas. Las mujeres seguimos persiguiendo hasta el fin del mundo cualquier moda que nos prometa felicidad, y sin embargo continuamos rechazando las cosas para las que verdaderamente estamos hechas.

Una se pregunta cuándo nos daremos cuenta colectivamente de que quizá nuestra gran esperanza en las tendencias populares no está dando resultado y de que las cosas que más hemos pasado por alto podrían servirnos de orientación. Tenemos las respuestas delante de los ojos.

Publicado en The Federalist.

Carrie Gress es madre de cuatro hijos a quienes educa en "homeschooling", profesora universitaria de Filosofía, creadora de opinión a través de un blog muy seguido y autora de varios libros sobre la mujer y el feminismo.

Traducción de Carmelo López-Arias.

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