Martes, 18 de junio de 2024

Religión en Libertad

El maestro en el centro, según un santo pedagogo

Francisco de Goya, 'La última comunión de San José de Calasanz'. Museo del Prado.
Francisco de Goya, 'La última comunión de San José de Calasanz'. Museo del Prado.

por Rodrigo Gómez Salinas

Opinión

Le damos la prioridad al producto antes que al productor, y se entiende en términos de ganancia para su dueño, pero no para el que trabaja la materia prima, en donde tiene sentido todo el proceso. Hemos puesto al alumno en el centro (según la moral en turno), sacrificando al maestro en orden a la dictadura del Estado y sus intereses ideológicos.

Lo que no se entiende es que la gran mayoría nos hemos callado ante tanto atropello sistemático y evidente fracaso histórico de bajas y retrocesos en la educación, justificando una civilización más avanzada con tecnologismos y pedagogismos: una nueva era “donde puedas ser lo que quieras ser” (rezaría el eslogan de Barbie), con las nuevas corrientes de pensamiento desencarnadas de la realidad (postverdad) en la que nos digan cómo se debe vivir en un mundo posthumanista.

Y para entender y dar una respuesta concreta, solo nos basta recurrir al orden natural de las cosas, y una de ellas es la familia. Cuando en la familia (dígase desde la “tradición cristiana católica”) la hija le pregunta al papá "¿A quién quieres más, a mí o a mamá?", la respuesta tiende a quedar en un dilema. Pero si el papá es honesto y quiere que su hija crezca con una afectividad sólida, tendrá que decir: "A tú mamá, por supuesto, porque gracias al amor que nos tenemos tú puedes estar aquí hoy, donde te enseñaremos a prepararte para la vida, y cuando tengas que irte sepas formar un nuevo y mejor hogar desde la vocación cristiana a la que todos estamos llamados según el proyecto de Dios". No desde cero, sino encarnando los valores que recibió y maduró en el núcleo de la sociedad: la familia. Ésta será la única manera para que los futuros hijos puedan desarrollarse como verdaderos hijos de Dios y ciudadanos del cielo.

Soy docente escolapio. San José de Calasanz, el primer santo educador, nos dejó el testamento que escribe en el verano de 1621 y va dirigido al cardenal Miguel Ángel Tonti, delegado del Papa Paulo V, para defender con todas sus fuerzas la dignidad, la utilidad y la belleza de la tarea de educar. Nunca antes nadie se había puesto del lado de los educadores y los alumnos de este modo tan rotundo y potente: “Ministerio en verdad muy digno, muy noble, muy meritorio, muy beneficioso, muy útil, muy necesario, muy enraizado en nuestra naturaleza, muy conforme a razón, muy de agradecer, muy agradable y muy glorioso".

Solo me basaré en los dos primeros:

-“Muy digno, por girar en torno a la salvación, conjuntamente, del alma y del cuerpo";

-"Muy noble, por ser menester angélico y divino, realizado por los ángeles custodios, de los cuales los hombres se constituyen en esto cooperadores” (“cooperadores de la verdad”, antes de que el Papa Benedicto XVI lo asumiera proféticamente).

El santo vislumbra la enorme vocación y misión del educador, pero también quiere rescatar lo inseparable entre uno y otro. La educación y el educador no se comprenden sin el fin último de su ser y quehacer: “Muy digno, por girar en torno a la salvación, conjuntamente, del alma y del cuerpo”.

La propuesta es volver a entender la educación como proceso de crecimiento y maduración, en el que todo es un cuerpo, una familia, una unidad y nadie queda en segundo término. Sería necio esperar frutos buenos en un árbol malo. Anteriormente sacábamos el ejemplo de la familia: los maestros sabemos que si el niño, en sus primeras etapas, muestra conductas o estados de un completo desinterés en el aula, la razón debemos buscarla en su entorno familiar; lo sabemos de sobra los que aun queremos educar personas, los que criamos hijos y los que conociendo esta cultura relativista y mediocre hacemos todo por ser sal y luz de esta generación.

¿Cómo podemos rescatar el papel del educador en la vida familiar y social para que el llamado a evangelizar educando no se convierta en tedio y hastío, volviéndonos en proletarios de la enseñanza? Sabemos que “educar es un riesgo”. Es por eso que el “ministerio... consiste en la buena educación de los muchachos, en cuanto que de ella depende todo el resto del buen o mal vivir del hombre futuro, según juzgaron acertadamente, iluminados por Dios, los Concilios Calcedonense y Tridentino y los Santos Basilio y Jerónimo, Benito e Ignacio”.

Siempre habrá alguien atrás del educador: los padres de familia, el director, el jefe, la institución, la iglesia, etc… pero no se entenderá su misión sin alguien delante: “He encontrado en Roma la manera de servir a Dios, haciendo el bien a los pequeños, y no los dejaré por nada de este mundo”. Moción que le inspiro el Maestro Interior (Espíritu Santo), como le decía el santo, que buscaba por medio de ello la trasformación de la sociedad.

Pretendo con esto proponer, en un sistema convulso y confuso, la centralidad del docente. Entiéndase la centralidad como parte del todo, donde “lo único que lo rige como en un cuerpo es la cabeza: Cristo”. Nunca en otra época se le había exigido tanto el maestro a la vez que es menospreciado. Es hora de que tengamos el valor de enfrentarnos, como lo hizo Calasanz, a la dictadura del relativismo y a la inquisición cultural woke, para rescatar lo mejor de esta época.

Cada escuela necesita un Calasanz, un Job del Nuevo Testamento, como lo proclamaría el Papa Benedicto XIV en 1748, que sabe lo que se experimenta en el gozo de la abundancia. Y aún más: el estar agradecido y permanecer fiel en las tragedias que la voluntad de Dios te permite pasar…

Termino con una frase lapidaria del ilustre santo pedagogo, que refleja muy bien nuestra vocación y misión de evangelizar educando: “Para gloria de Dios omnipotente y utilidad del prójimo”.

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