Religión en Libertad

La asimilación del Islam, «un imposible» que buscó Isabel la Católica desde un 6 de enero en Granada

Desde enero de 1492 hasta la expulsión de los moriscos en 1609 se sucedieron un sinfín de políticas fallidas de asimilación

Fotograma de la serie

Fotograma de la serie "Isabel" de TVE, homenajeando un cuadro clásico, en la que Boabdil entrega Granada a los Reyes Católicos; Jean Dumont lo considera “un final con honor para todos”.

José María Carrera Hurtado

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El 2 de enero de 1492 es recordado en los manuales de historia como el día en que los Reyes Católicos culminaron la Reconquista iniciada ocho siglos antes por Pelayo en Covadonga. Se conmemora así un nuevo aniversario de la entrega de la plaza por Boabdil, en un gesto marcado, según el hispanista Jean Dumont, como “un final con honor para todos”. Sin embargo, es menos conocido que fue 4 días después, el 6 de enero, en plena Epifanía del Señor, cuando los Reyes hicieron su entrada triunfal en Granada.

El fin de la Reconquista no solo fue el inicio de la paz para una España que veía cada vez más próxima su unidad global: también era el comienzo de una intensa actividad evangelizadora sobre los moriscos de Granada. Evangelización que, aunque se describe en buena parte infructuosa por el rechazo de los moriscos de la conversión, marcaría buena parte de las pautas y estrategias que se aplicarían más tarde en la gesta de la evangelización de América.

Pero, ¿qué encontraron Isabel y Fernando a su entrada en Granada? Lo cierto es que ya había sido incorporada alguna simbología y elementos sacros de la fe católica. Algunas horas después de la formalización de la entrega por Boabdil el 2 de enero, un destacamento de Gutierre de Cárdenas tomó posesión, entró ceremoniosamente en la ciudad, ordenó izar la cruz y el pendón de la orden de Santiago sobre la ciudad y posteriormente tres obispos españoles entonaron un Te Deum como ocurrió, entre otros casos, tras la victoria cristiana de las Navas de Tolosa.

Más tarde, como recoge la doctora Tamara Pérez Fernández, se pronunció un discurso seguido de una salva de cañonazos, a lo que siguió la liberación de 700 esclavos cristianos desde Granada hacia Santa Fe, el enclave militar edificado por Isabel durante el asedio, donde el rey Fernando les proporcionó asilo, ropa y comida.

Solo después el conde de Tendilla, Íñigo López de Mendoza y Quiñones, recibiría las llaves de la Alhambra, a lo que seguiría la entrada de los Reyes en la ciudad por primera vez, acompañados según las fuentes por unos 60.000 soldados, según las fuentes.

"La incomparable Isabel la Católica", de Jean Dumont.

Sin embargo, los Reyes apenas dedicaban tiempo a la celebración: en el año que comenzaba con la entrega y toma de Granada se darían, con pocos meses -o semanas- de diferencia episodios tan notables y trascendentales como la publicación de la Gramática de Nebrija -primera gramática del castellano y en imprimirse en lengua vulgar en toda la Cristiandad-, el descubrimiento de América en octubre y la firma del decreto de expulsión de los judíos, conocido como el Edicto de Granada, el 31 de marzo. Y a todo ello le seguiría lo que fue el motor de los Católicos, especialmente de Isabel, en todo su reinado: el logro de la unidad católica de España y la evangelización de sus súbditos y habitantes, lo que ahora incluía a los moriscos del reino de Granada.

En La incomparable Isabel la Católica, Jean Dumont anticipa que el resultado de la evangelización no sería positivo, lo que no duda en extrapolar al presente al afirmar que “nadie ha conseguido nunca, ni probablemente lo conseguirá jamás, en toda la historia, convertir a los musulmanes al cristianismo o asimilar el islam a una civilización cristiana”. Una afirmación que historiadores como el mismo Dumont, Carlos De Meer o más actualmente Marcelo Gullo en Lepanto, suscriben con multitud de argumentos y evidencias.

Sin embargo, muy lejos de las acusaciones que el wokeismo despierta cada 2 de enero, no hay duda entre los académicos de que España lo intentó “realmente todo” para intentar conseguir dicha asimilación del islam al cristianismo, desde intentos pacíficos y amigables a otros más persuasivos. El “esfuerzo increíble” que llevaron a cabo Isabel y Fernando y sus sucesores a partir de la toma de Granada terminaría, según el hispanista francés, “siempre en fracaso”.

Predicaciones, catecismos y oración

En esta primera fase, la evangelización impulsada por los Reyes Católicos se limitó, siguiendo siempre a Dumont, “medios puramente evangélicos”, los que perseguían la conversión a través de la predicación y sin ninguna coacción social, haciendo uso de abundantes muestras de virtud, acogida, respeto y caridad. Las mismas Capitulaciones de Granada que sentenciaban la rendición nazarí y las ventajosas condiciones para los derrotados son el vivo ejemplo de esa primera tolerancia. Predicaciones, catecismos, oraciones e incluso la celebración de misas en árabe serían algunos de los métodos evangelizadores de esta primera etapa.

El rostro más visible de la misma, el arzobispo de Granada Hernando de Talavera, no vería frutos de su labor, llegando a asegurar los historiadores que bastarían los dedos de algunas manos para contar a los conversos ocho años después de la Reconquista.

Bautizos y rebeliones entre los moriscos

Los casi inexistentes resultados llevarían a implantar un segundo modelo, en este caso protagonizado por Jiménez de Cisneros, confesor de la reina, que ofrecería beneficios a los escasos conversos e intensificaría la predicación, evitando la coacción directa en prácticamente todos los casos.

La decisión de mayor éxito en la evangelización y nuevos bautismos fue la de los bautismos de los hijos de cristianos renegados, para los que no era necesario el acuerdo de los padres. Un sistema con rápidos y amplios frutos como fue el bautizo de 50.000 moriscos, pero al que siguieron inmediatas y cruentas rebeliones moriscas, que tomaron las armas previamente escondidas y masacraron a sacerdotes y cristianos.

Hacia la aceptación del modus vivendi cristiano

La tercera política adoptada por Isabel en Granada, sin ser forzosa, se veía obligada a incorporar medidas más directas: con la rebelión, que se extendió a Guéjar, Alpujarras y Ronda, los moriscos perdieron muchos de los beneficios que les concedían las Capitulaciones de Granada.

En esta nueva etapa se comenzó a advertir a los moriscos de que, de no incorporarse al orden cristiano, deberían escoger entre el exilio -o retorno- a tierras islámicas. Los que no se hubiesen acogido previamente al exilio, debían llevar a cabo simplemente lo que los historiadores llaman un “modus vivendi”: “La conversión que se les pedía no era una asimilación completa a las costumbres cristianas, podían conservar sus costumbres, vestido, el uso del árabe… La conversión derivaba a un simple modus vivendi entre el cristianismo de principio e islam de hecho”.

Aquella política evangelizadora comenzó a dar resultados, las masas se convertían y quedaba plasmado que, al igual que no se podía hablar de expulsión, tampoco se dieron otros excesos que se difunden por la leyenda negra: hablando del caso de las quemas de libros, estas tenían lugar solo sobre los hadith o sentencias de Mahoma, que no sobre los tratados de medicina o filosofía.

Sin embargo, el éxito fue relativo. Los exmusulmanes, dice Dumont, “siguieron siendo musulmanes de hecho”, lo que daría lugar a la cuarta política, el llamado fin del modus vivendi.

Cuarta política: del modus vivendi a la asimilación

Historiadores como Messeguer Fernández o Sánchez-Blanco, especializados en Inquisición y política religiosa, aseguran que, aunque en el plano legal pudiese haber “una serie de disposiciones represivas” respecto del islam, estas “no se aplicaban con firmeza” e incluso, en la práctica, “seguían vigentes las tradiciones culturales moriscas”.

El rostro visible de esta cuarta etapa sería Tomás de Villanueva, y destacaría por buscar que ese modus vivendi y conversión aparente fuese sincera, definitiva y formal. El éxito era casi nulo, y mientras la demografía, “siempre presente tras la presión islámica”, hacía la contraparte. Mientras el morisco no tenía célibes y no iban a la guerra, los cristianos no podían hacer frente a las bajas de las guerras en la Cristiandad o al “desnivel” que suponían los abundantes consagrados del momento.

La presión del turco llevaría a Felipe II a poner fin al “modus vivendi”, prohibiendo lengua, vestido, costumbres e incluso nombres árabes, exigiendo que los moriscos aprendiesen español en el plazo de tres años.

A más se intentaba asimilar a los moriscos a la vivencia cristiana, más violentamente reaccionaban: es 1568, cuando turcos y berberiscos iniciaron una sublevación de dos años de duración y que solo pudo ser sofocada en 1570 por Juan de Austria. De nuevo, dice Dumont, “sacerdotes, religiosos y cristianos debieron pagar un duro tributo de sangre”.

En busca de la asimilación voluntaria

Arzobispos como Pedro de Castro no se resignaban a luchar por una asimilación voluntaria de la fe y vida cristianas por parte de los moriscos, dando paso a la etapa del “sincretismo islámico-cristiano”, surgiendo incluso vestigios de láminas que llegaban a mezclar fórmulas cristianas e islámicas.

En esta etapa, buscando lo imposible por el acercamiento islámico, se llegó a “dejar hacer” por parte de autoridades e Inquisición e incluso una comisión de teólogos llegó a declarar como “sobrenatural y revelada” el sincretismo de los llamados “Libros plúmbeos”, una de las principales falsificaciones que intentaron aproximar la tradición islámica a la cristiana. Enviados a Roma para su análisis, el papa Inocencio XI condenó su contenido por sus "ideas mahometanas, puras ficciones humanas fabricadas para ruina de la fe católica".

Esta nueva política fracasó, de nuevo, en la ansiada asimilación entre culturas: “Los moriscos siguieron refractarios a esta llamada, permaneciendo tan musulmanes como hasta entonces, aunque con menos apariencias debido a la asimilación externa”.

Sexta política: la expulsión, la única alternativa

En 1492, el cardenal Mendoza ya había recomendado a Isabel la expulsión de los moriscos, lo que ella declinó. Ahora, cien años después, era un santo el que la recomendaba e impulsaba, el obispo de Badajoz, arzobispo de Valencia y virrey de Valencia, San Juan de Ribera.

El arzobispo, santo y virrey intentó por todos los medios seguir el ejemplo de la convivencia de sus predecesores: pasó por la evangelización directa, envío de misioneros especializados, apertura de escuelas cristianas para moriscos… Tras décadas de intento evangelizador, el resultado fue nulo y la administración se había quedado sin opciones.

“Comprendiendo que la imposibilidad de asimilar a los musulmanes era absoluta y que constituían un grave peligro para la nación cristiana, pidió a Felipe III en 1602 su expulsión decorosa y humana, pero sin debilidad”, se lee en La incomparable Isabel la Católica. Se llegó a armar una nueva comisión, se preguntó al primado de España, y la conclusión era siempre unánime, “que los moriscos seguían siendo tan verdaderos mahometanos como los de Argel”. Algo a lo que los intentos de alianza por los moriscos con berberiscos y Enrique IV de Francia para una nueva rebelión no beneficiaba a la imagen morisca.

“Después de un esfuerzo sostenido durante más de un siglo, sin omitir ninguna política posible, España renunciaba. Devolvía al islam el regalo envenenado que le había hecho la grandeza del alma de Isabel”, concluye Dumont. 

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